El primer escalón de la vida estética

Martín Juárez / @mmmartin26

El soliloquio de los gatitos

Es de seres humanos, y si está bien no hablar de una naturaleza particular de nosotros hablar de casuística o tendencia de estar perdidos en un delirio, el estar enrollados en las cobijas de las acciones tal que fueren no complejas. Es casi natural entender a las cuestiones del mundo y depende de sus curiosas dependencias en tanto a un sistema económico inamovible, por estar convencidos de que de todos los males es el menos malo. A fin de cuentas, son estas cosas las que determinan a la sociedad y a nuestros comportamientos, que resultarían en otra manera, y en otra ciencia, y otras circunstancias herejes, acalladas e irracionales.

pensador

El punto final del párrafo pasado justifica a la existencia de los supuestos como punto de partida para poder determinar las consecuencias de lo que pasaría en tanto lo que se supone, fuere cierto. Es prácticamente nula aquella ciencia que no parta de principios ya supuestos y estén establecidos en la conjunción sucesiva (y que así tiene sentido como lógica) de las movidas y circunstancias determinadas que truncan y forman al sentido. Así, el fenómeno es algo que se vuelve posible de estudiar. El hombre cuya sustancia se determina es tan contingente, se vuelve predecible, tendencioso, y se refleja en la estadística, en un supuesto donde tiene información perfecta en un mundo donde se espera nunca se sacie.

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Vivimos lánguidos e intranquilos, siendo que cada fin de mes, semestre o según las circunstancias marquen, se pone todo en la línea y se espera aprobar, continuar, pagar, cumplir, valer. El marcaje pausado de las alegrías y alimañas determinado por una estabilidad económica es un monstruo que no entiendo. Entiendo el concepto de morir de hambre y la eterna pugna por evitarlo. Pero no entiendo la pérdida del sentido de comunidad, en tanto que fue hecha para que el hombre se encuentre a sí mismo.

A lo que voy con todo esto es que quizás no entienda muchas cosas acerca del mundo en el que vivimos, y por tanto no tenga yo las cualidades, la sabiduría o la inteligencia para hablar silenciosamente con alguna letra de sosiego. Tal vez se tenga razón en tanto a que se me nubla la vista de fenómenos más grandes e imágenes más llenas y coloridas en tanto al valor monetario de las cosas, que no hay cosa más hermosa que un futuro asegurado. Quizás sea que las firmas, créditos, hipotecas, modelos, supuestos, nóminas y prestaciones resulten en el producto de años y siglos de historia, y la cumbre del humano no sea el dominio de la sabiduría, el color, la filosofía o la música. Quizás sea mejor no trascender y vivir tranquilo que sufrir para ser recordado a lo largo de cientos de años de historia.

A lo que voy es que no tiene usted por qué tomar mi palabra por cierta, que es usted quien tiene el juicio final sobre toda conclusión posible que surja a partir de todo lo que lee. Pero quizás, y quizás exista en el relativismo y en las impresiones que llenen a los corazones que lean este documento, alguna idea de lo que podría ser, o podría ser a medias y así alcanzar a objetivar alguna palabra. Así, hago que escribirle cobre sentido por el puro hecho de que usted lea y así sucesivamente, en tanto que creamos a nuestro propio cosmos, usted y yo. Sin saber usted de mí ni yo de usted.

Wolstenholme Jonathan a literary joust

Había comenzado este papel hablando sobre mi falta de entendimiento del sistema económico y su profunda incidencia en el mundo, en nuestro mundo. En lo que usted y yo conocemos. Pero por el bien de la literatura y la calántica intención de lo que quiero decir, me fundamento en decir que todo en el mundo del poderoso caballero don dinero (y con esto hablo de las curvas de indiferencia de productores y consumidores, los multiplicadores, intereses y demás instituciones monetarias) está basado en una serie de supuestos para simplificar la concepción aletargada del mundo en el que vivimos.

Parto de que si la justificación para un mundo tan incidente en nuestra naturaleza y nuestro destino está basado en alguno que otro supuesto cochino y mal puesto, yo puedo suponerme de algunas cosas como base para poder simplificar mis argumentos que pueden estar sostenidos en los percheros más burdos (léase aquí la literatura intencional y de mi desligamiento riguroso de cualquier sistema de análisis filosófico) de los libros y la belleza de las letras. Concédame tales, y le prometo que su mente hará lo demás, será el corazón propio el que se extienda en función de sus alientos y la eternidad que yace en sus dedos.

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Se sobrentiende que de lo bello nacen muchas cosas. Es lo bello aquello que parece bello. Aquello proporcional e impávido. La filosofía estética, está en sí misma basada en la contemplación de lo honesto. El supuesto de que el hombre aprecia a lo bello es quizás tan fuerte como el de la no saciedad. Quizás sea mucho decir que el hombre vive por la belleza. Sería introducirnos en un universo de respuestas teleológicas quizás más complejas de lo que se pretende en la primera edición de esta columna que le agradeceré con el alma que se lea. No quisiera sostenerme en alguna particularidad de la especialidad o cualidades de la mente humana, ni en el relativismo (o absolutismo) de la moralidad subyacente a nuestros actos, sino en algo un poco más simple. En alguna cualidad que nace en nuestro estoicismo abnegado en la cultura, en las hojas de los árboles y en el viento que sople allá donde se encuentre.

Me temo que las particularidades del lenguaje en el que escribo me merman de utilizar alguna palabra que no conozco para escribir sobre alguna belleza que simplemente está y que no precisamente se encuentra en alguna cualidad racional del hombre. Usemos la palabra “algo”. Algo que se extiende por encima de lo ontológico y la negación o afirmación de la existencia de la sustancia humana. La idea e impavidez de la belleza existente. Lo que es bello. En definición y sensación, en sentimiento, en razón. En que llega como en barco de un mar profundo y  misterios y que no es absoluto, sino absolutamente relativo en las vidas de estos seres humanos perdidos y enfermos que no ven más allá de su soledad.

Usted y yo ahora podemos ver que existe algo que es bello. Y no es precisamente en función de alguna metafísica graciosa y malhablada en la que quiero jugar, porque no son mis aras de jugar y esconderme en alguna extraña ilusión irrisoria de usar términos ontológicos para aseverar alguna cualidad literaria o racional en mi trabajo. Decimos que hay algo bello. Y que será absolutamente diferente aquello que yo vea bello y aquello que usted vea bello. Pero estoy seguro de que habrá alguna particularidad en su vida en la que el corazón le haya bailado de alegría y usted se haya dejado llevar en el mar de emociones más grande y se haya podido ver perdido en su color favorito, en algún sonido o algo de alguna lista que todavía no comprendo bien.

Por supuesto que podemos hablar de que existe alguna posibilidad (y que me temo es demasiado grande) de que me equivoque, de que el precioso supuesto esté incorrecto. Y entonces, hablaré, sobre algún ideal que quizás se encuentre nada más en alguna pasión ilusoria mía. La casuística es un barco demasiado grande en el que zarpar resulta un naufragio seguro. Por eso hablo de supuestos y de ideas que podrían ser.

Podría ser que aquello bello que es, y que existe ya en sus ideas y en su vida, está nublado por alguna serie de tremendas e inefables dilemas que tienen que ver con ideas morales, y deberes monetarios que existen y que no pueden evitarse. Aceptarlo es una dosis de principio estoico y afirmar que el mundo en el que uno tiene que vivir está regido por supuesto más grandes y viejos que la vida propia. Sobrevivir es esencial. Sobrevivir es ser apto, estudiar, continuar. Pero de esas cosas yo no sé. Sé que si un par de ideas que están planteadas como supuestos bases para una ciencia tan volátil e insidiosa en nuestras vidas como es la economía, se puede conceder lo anterior y lo que sigue.

Esto no es sobre mí. Ni si quiera es sobre lo que yo pienso. Esto es sobre usted. Y sobre la duda que nace a partir del pensar. De la utilidad en sí misma de la vida. De alguna serie de cuestionamientos que quizás todavía ni siquiera pueda vislumbrar en mis horizontes. No puedo más que suponer desde este escritorio. No puedo más que asumir que el tiempo pasa y sus efectos se convierten en algún medicamento extraño que merma a la razón. Hábito, cobijo, muerte, fiebre, suerte, confusión, letargo, trabajo, dinero, personas, color, obscuridad, desesperación y sosiego.

Todo de algún supuesto.

La belleza está ahí, adquirible e ininteligible en tanto usted las tome y se vaya a volar a sus sueños más extraños. No existe una conclusión inmediata que funcione para decir que las cosas nunca tendrán la capacidad de corregirse. Pues es el hombre mismo en su padecimiento económico el que ha podido producir a las bellezas más inolvidables en su música, en su escritura.El mismo Schubert murió a los 23 en condiciones insalubres de frío y sífilis. El arte era algún opuesto del negocio, en tanto que el negocio viene siendo etimológicamente la negación del ocio, de la contemplación, y el cuestionamiento. La tecne era solitaria. El gran Miguel Ángel le llegó a escribir al papa solicitando que le pagaran porque moría de hambre. El arte no era sinónimo de riqueza, sino de pasión. No critico al comercio del arte de este siglo y el pasado, ni me levanto en contra de nada. Enuncio que hay alguna parte de nuestro corazón que quizás pueda vislumbrar menos a lo bello en tanto a que el mundo de este siglo fue acaparado por algún supuesto. Quién sabe qué habrá pasado.

Es la intranquilidad y la impaciencia las que le han traído el regalo más asequible de todos. Es usted, fruto y sal, agua y aire. Es en mera circunstancia, acción y materia que su idea existe, lo que innegablemente arriba a otros corazones, a otros puertos, a otras montañas y otros cielos.

 

 

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