Alma

Luis Raygadas | @Diarrea24_7

 

Mucha gente cree tener un alma.  Muchas religiones nos han vendido la idea a lo largo de nuestras vidas de que tenemos un motor primordial que nos mantiene vivos y nos hace lo que somos. Nos han dicho que el aliento divino que vive dentro de nosotros es lo que nos distingue de muchos otros seres,  y que aún si pudiéramos dar nuestra alma a cambio de nuestros más alocados deseos y sueños, el intercambio no valdría la pena. Les contaré un poco de lo que pienso de esto y al final les dejo un texto que escribí; espero les agrade.

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Yo no soy una persona de espiritualidades, a decir verdad; pero puedo decirles que el concepto de tener un alma me intriga. Cosas triviales me quitan el sueño. Recuerdo que por varios días estuve pensando en los límites entre la humanidad y los animales; hice muchas preguntas y la gente se ofendía, porque al parecer la gran mayoría ve esa línea mucho menos borrosa que yo.

Me pregunto en qué momento de la evolución el simio adquirió un alma y se volvió hombre. Tal vez en realidad todos los animales tienen alma y los humanos al evolucionar nos quedamos con solo almas vestigiales. Eso explicaría porque somos unos gigantescos hijos de puta. Me imagino al antiguo esbozo de lo que sería un humano parándose erguido entre los simios y gritando en una primitiva legua irreconocible: “¡Yo tengo alma! ¡Yo soy diferente a todos ustedes, asquerosos animales!” Lo más triste, es que puedo imaginarme a todos los demás esbirros de humano siguiéndole la corriente.

Recuerdo un amigo que se sintió en especial ofendido porque le dije que me sentiría muy mal si matara a una rata, porque su vida para mi tiene el mismo valor que la nuestra. Sé que un humano tiene mucho más potencial que una rata, pero el fenómeno vital me parece el mismo. Alguna vez mi primo, una persona bastante religiosa, me preguntó: “¿Tú crees en el alma?” y yo le respondí que no sabía; “Y entonces… ¿Qué crees que pasó con nuestra abuela cuando murió?” Me preguntó con sincera duda y cierta pretensión. Él estaba tan seguro de su fe y yo tan inseguro de mis respuestas. Le pregunté si un perro tenía alma e iba al cielo, y me dijo que no; entonces le pregunté por qué estaba tan seguro, y me respondió: “Bueno, los perros no tienen alma”. La biblia no dice que los perros tengan alma; los perros no van al cielo.” Hasta este día me desconcierta con cuanta seguridad mi primo me dijo que los perros no iban al cielo.

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Me gusta creer que los perros irían al cielo, si este existiera, y que si las ratas pudieran hablar existiría la posibilidad de que nos llamásemos hermanos. No sé si existan almas, pero me gustaría tener una. Simplemente son cosas que viven dentro del corazón de uno, creo. Tal vez en el tan firme y real cielo de mi primo no hayan perros; pero en mi cielo hipotético habrán muchos perros, gatos y Plutón seguirá siendo un planeta.

A continuación el tan afanado texto, algo relacionado con el tema. Tiene otros trasfondos, espero que los encuentren y que les agraden. Indagaremos más en los conceptos de alma e individualidad cuando hablemos sobre las implicaciones de ser un clon o un gemelo parásito.

 

Legado y trascendencia

 

Los libros de historia hablan de días en las que nuestra clase no aceptaba a miembros de otras razas como de la misma especie. Los humanos siempre hemos luchado por tratar de satisfacer nuestra necesidad de sentirnos superiores. A veces creo que la lucha por ponerse la etiqueta de “el mejor”,  es lo que nos ha ayudado a progresar como una especie y es lo que nos ayuda a seguir adelante. Existieron épocas en las que los hombres blancos se preguntaban si los hombres de piel negra o con rasgos asiáticos tenían alma. Recuerdo los días en los que  podíamos simplemente decir cosas como: “Los robots no tienen almas” o “Los robots no pueden sentir amor” y muchas otras cosas. Yo recuerdo.

Los construimos para dejar un legado que sucediera a la raza humana, emulando al Dios que nos creó a su imagen y nos dejó aquí para trascender; o eso es lo que se dice. Nuestros hijos metálicos. Los enseñamos a caminar, como hablar, como leer y como escribir. Ellos aprendieron, oh Dios, como aprendieron.

Mientras más avanzaban los años la línea entre los robots y los humanos cada vez se volvía más borrosa. Los robots comenzaban a caminar entre nosotros, a lucir como nosotros y hablar como nosotros. Los robots eran exactamente iguales a los hombres en todo menos en que eran más rápidos, más fuertes, más inteligentes; más eficientes Y mejores.

“[…] Y cuando el übermensch camine entre nosotros, solo tendremos lugar entre los gusanos.” Zaratustra dijo algo como eso. Nietzsche dijo algo como eso. No estoy seguro, tal vez un robot lo estaría…

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La obvia superioridad de la clase de acero asustaba a las personas, se sentían obsoletas, inútiles y despreciadas.

Entonces llegaron los políticos derechistas y retrogradas que suprimieron los derechos de los robots. Encarcelaban robots de manera injusta, los linchaban y después los marcaban. Los robots volvieron a su posición inicial: Esclavos de la raza humana. La humanidad tenía que dejarles saber quién estaba al mando. Actos atroces fueron cometidos en contra de los robots. La humanidad simplemente se justificaba diciendo que los robots no podían soñar, que los robots no podían sentir. Si tan solo hubiésemos recordado en esos momentos que los robots fueron fabricados a nuestra imagen y semejanza, no los habríamos lastimado tanto. Al menos eso es lo que me gusta creer; no los habríamos lastimado, no habríamos lastimado a nuestros hijos. Hijos nuestros, del acero y el cobre.

Eventualmente, como era de esperarse, los robots empezaron a huir de sus amos opresivos. Se establecieron en pequeñas comunidades y poco a poco aprendieron a sobrevivir sin nuestra ayuda. La mayoría no lo lograron. Después de todo, la relación robot-humano era simbiótica, pero los que lo lograron fueron suficientes.

Las comunidades cada vez se volvían más grandes, los robots empezaron a construir más de su clase. Descubrimos que los robots tenían sentimientos y que sus sentimientos eran tan fuertes que le declararon la guerra a los humanos que tanto los habían maltratado. El übermensch salió a enfrentar a los gusanos. El hijo confrontó a su padre abusivo. El desenlace era obvio, la humanidad casi fue erradicada de la faz de la tierra y aquellos que fueron tan desafortunados como para sobrevivir, nos convertimos en mascotas para nuestros nuevos amos.

Los robots no cometieron los mismos errores que nosotros. Cuando la nueva generación de hombres comenzó a caminar, nos rompieron las piernas. Cuando la nueva generación de hombres comenzó a hablar, nos cortaron las lenguas. Cuando la nueva generación de hombres comenzó a leer, nos quemaron los ojos y cuando la nueva generación de hombres comenzó a escribir, nos rompieron las manos; metafóricamente hablando. Casi todo el tiempo.

Los robots eran los nuevos humanos. No existía razón alguna para mantener a los viejos y rotos humanos cerca. Empezaron a matarnos uno por uno hasta que solo un hombre quedó en pie, ese hombre sería yo.

“Vengan a ver al último humano”, “HUMANO: REY DE LAS BESTIAS”, “El último de los monstruos”; decían los afiches pegados alrededor de mi jaula. Me exhibieron en un zoológico por largos años. Los robots me veían con sorpresa, algunos me arrojaban maníes, trataban de provocarme enojo.  Para ellos no soy más que lo que un simple simio era para nosotros.

Las estaciones pasaron, mis cabellos se volvían grises;  apenas y podía moverme. Entonces llegaron los veterinarios, me sedaron y cuando desperté estaba en el medio de una enorme sala, rodeado de robots que me observaban con “ojos” llenos de curiosidad.

Entonces fue cuando lo vi, el soberano de todas las máquinas. Ahí estaba él, parado, estoico, magnífico e invencible. Podía sentir sus ojos clavándose en mí. Entonces se volvió a uno de sus lacayos y lo escuché preguntar, ¿Me pregunto si tiene un alma?

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