La muerte del peatón

Omar Téllez/ @wlaseva

 im_3Desde la terminal de Schlesisches Tor hasta Warschauer Strasse, un mar de gente entre un mar de gente camina. Bajo los ladrillos, las lenguas y las torres del Oberbaumbrücke  el río cruza la noche; y los restos casi ya indiferentes de Lenin no son sino un elemento de ornato. Del lado derecho un arco ojival enmarca una luna vomitada sobre el Spree. Más allá sólo queda el este profundo. Yo no sé  que ahí corrió Lola para salvar a un tal Manni, o que Calatrava reformó el mismo punto donde estoy parado; tampoco me importa. No me importa porque la ciudad es una delicia en cada paso y todas las esquinas están llenas de historias y tengo la certeza de que con toda su sobrada porción de pasado y melancolía, Berlín sigue vibrando bajo mis pies.

 De este lado del charco (no específicamente en México) la ciudad es una bestia; es una puesta en escena de concreto, polvo y asfalto en que el individuo deja de ser persona para convertirse en usuario, cosa, objeto en movimiento. Uno ya no es uno; es función, circulación, dimensiones. Uno es parte de un ente colectivo, una brea caótica y mártir que se extiende sobre vialidades completamente desproporcionadas; vialidades completamente abandonadas de las historias, condenadas a la circulación perpetua, una insufrible sucesión de espacio basura.

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El arquitecto debe ser un hombre comprometido –dicen- ¿comprometido con qué? no lo sé. Será con el capital en todo caso, con el progreso, o es posible que se engañen haciendo un espacio “confortable” para el “usuario”. La modernidad y el principio de la forma sigue a la función (frase celebre de un tal Sullivan), acabaron con las ciudades de verdad, las ciudades caminables. Ni siquiera el afán de los arquitectos por ser “cool”; por  tensionar las formas y los espacios hasta el punto de la ridiculez, nos hace olvidar que dentro de esa inmensa bestia que es la ciudad no somos ya ni las pulgas.

 El movimiento moderno nos arrebató las ciudades en las que cualquier cosa era posible, las ciudades que aún se conservan precariamente en algunos centros históricos, pero que al volver a la periferia nos recuerda que no somos personas sino usuarios, que no tenemos permitido acumular historias sino desarrollar funciones dentro de “las maquinas de habitar” y nos vemos obligados a olvidar que la belleza más grande de la ciudad es ser parte de ella.

 Lo único que queda es aceptar que como peatones ya no tenemos lugar de este lado del mundo; que esto podría cambiar pero no es prioridad y que hay que seguir “progresando”.

 Soy arquitecto (o intento de) pero odio la arquitectura. También intento ser peatón aunque no siempre lo consigo.

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