Génesis de Insida

Laura Espinosa /@etilirica

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Estaba en frente del televisor cuando pasaban “Friends”, la famosa serie televisiva  de los 90’s. Eran altas horas y yo pernoctando. Tenía los ojos hinchados y rojos. Todo era borroso. Sabía que veía la televisión, pero no el programa. Mi mirada estaba perdida en pensamientos. El silencio era de ultratumba, comenzaba a escuchar mis latidos, después los comencé a sentir. Repentinamente, caí en cuenta de que estaba sudando. La presión era mucha. “¡Yo no lo hice!”, escuchaba en mis pensamientos. Mi realidad caía de nuevo en frente de mi, como si alguien más lo hubiera hecho.

Había regresado del colegio fatigado. Un profesor se había burlado de mí. Incluso la ridiculización fatiga cuando su trascendencia es continua en la vida de un individuo. Sé que subí a mi habitación, sé que estuve aquí con alguien más. ¿Dónde estaba? Mi casa es pequeña y se encuentra en los suburbios de la gente que tiene prohibido sentir. Además solo estamos mi madre y yo, y solo yo cuando sale a trabajar. Tiene un trabajo de efímeras posiciones. —> no se entiende

Para estos momentos él ya debió haberse ido, siempre llega en los momentos inoportunos y yo solo me callo, viendo sus atrocidades. No quiero que regrese.

¡Yo no lo hice!, grité.

Fue un grito sordo pues mi madre bajó corriendo por la hora y, al verme con una respiración exaltada y nerviosa, me abrazó. Era mi creadora, después de todo. Llevaba ese vestido rojo que le encantaba y que con tantos esfuerzos se compró. Decía que le gustaba porque la hacía verse bonita. Ella se exaltó después y, con las energías que nunca antes le vi, fue por el teléfono de la cocina.Lllamando entre gritos y lagrimas, rápidamente colgó para desaparecer de mi escena.

Ahora estoy solo, puedo hablar contigo, le dije al bulto negro a lado de mi. La escasez  de luz me impedía verlo, pero no obtuve respuesta. Necesito consejo alguno, le dije.

Siempre pensé que los extraños eran un buenos confidentes de secretos. Después de todo, ¿a quién le va a interesar contar cosas de quien uno no conoce?; pero ¿contar secretos a extraños a quienes no les puedes ver la cara?. De igual manera comencé a relatar.

Entró a mi cuarto, ¿qué se supone que hiciera si las puertas cuidan tu privacidad? ¡Tu privacidad! Mi madre lo dejó entrar como si nada ¡Me acosaba! Algún día no lo toleraría más, yo lo sabía. ¡Tenía que deshacerme de él! Al charlar, mi presión se desvanecía, mi sudor se secaba, mi tranquilidad regresaba. Siempre fui reservado y centrado en mis estudios, jamás tuve más que solo un buen amigo. ¡Soy un maldito hijo ejemplar!

La atmósfera tenía una melancólica tensión y yo quería respuestas, sin embargo él seguía sin responder. Entre más confesaba, más liberado estaba. No duró mucho.

¡Carajo!, golpeé la mesa orate. Mi madre entro con un cigarrillo encendido, parecía ansiosa, dejó la puerta abierta, parecía que hablaba con alguien más. Pensé que me alzaría la voz por aquel mínimo acto de vandalismo. Siempre lo hacía.

Empecé a sentir frío, mis pies estaban helados. Decidí ir a la cama sin mirar más que a aquella persona se quedó en el mismo lugar, inmóvil; me olvidé de mi madre y sus negocios. Estando en la alcoba, me recosté en la cama, pero no podía dormir más. No podía sentir más y el espejo de pie, al frente, seguía roto. No recuerdo cómo se rompió, pero mi reflejo no estaba más en los vidrios rotos… ya no soportaba ser yo.

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