Los libros de arena.

Martín Juárez | @mmmartin26

el libro de arena+wonalitxia©

Me gusta sentarme en el último escalón (el más alto de una escalera), porque es divertido imaginarme a las distancias entre las esquinas de los escalones. Quizá tenga que ver con mis aficiones a pensar o a desconectarme del mundo. Cuando estoy ahí, sé que estoy junto con todos ustedes, cobijado bajo un cielo y una particularidad que entenderemos más adelante. Esto sobre todo si me llueve sobre las escaleras, porque así pienso, y me fascino y me derrito en la idea de la piel sobre el agua y las aguas sobre la piel. Así me imagino, es como se puede llegar a plantear la idea general del ordenamiento remanente que surge de una fina contemplación, una adoración superflua, que surge del más trémulo y sincero de los temores. Me gusta por comodidad, y por serenidad, así por la maravilla y la necesidad lógica de esta. Distancia, aristas, irracionalidad, me gusta sentarme en las escaleras y pensar que la infinidad está ahí, siempre o casi siempre.

El enfoque otorgado a estas cuestiones puede variar muchísimo. Pero es un hecho que nos planteamos el que el hombre vive intransigente en una serie de digresiones que lo introducen a un torbellino de proposiciones a las que no puede dar la espalda. Por ejemplo, este espacio otorgado por varios entes (como Metascopios mismo) o este instante particular en el que me es posible estar redactando, resulta terminantemente atado a una idea aletargada e inconsciente, inconsistente en cuanto a lo que podría plantearse como una tendencia en mi humanidad;que comunica a una particularidad audible, legible, en un espectro de ondas visible para nuestros ojos, que reflejan un conocimiento sobre un sonido que puede ser escuchada dentro de un rango.

Las posibilidades aunque mínimas en tanto a la variedad completa de rangos existentes, tienden a cantidades infinitas. Si nos preguntáramos por ejemplo, cuántas combinaciones (ya no de palabras, sino de sonidos, porque hay muchos menos sonidos que palabras) existen en tanto a la composición de un ente comunicable para entre los seres humanos, nos enfrentamos a números que resultan al ojo de buen cubero, abrumadores.

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Juguemos con un ejemplo musical, porque considero que las combinaciones de colores, formas, palabras, movimientos y demás cuestiones son todavía más complicadas dado el mayor número de permutaciones posibles. Me excuso por las nociones de combinatoria tan sencillas que están planteadas aquí, con el hecho de que se busca una practicidad inmediata para llegar de manera directa a la idea particular de la infinidad de posibilidades para llegar a un algo determinado.

Imaginemos por ejemplo que tenemos una cantidad de diez sonidos totales, (nada más 10 para poder hacer los cálculos más sencillos y no los doce tradicionales de una escala cromática). Tomemos como una línea temporal en la que los sonidos podrían aparecer o no aparecer en un sistema de 3 octavas (porque el 3 me parece un número arbitrario suficiente para poder comenzar a divertirnos, pero sabemos que el oído humano cuenta con una cantidad mayor en su rango de percepción). Ahora imaginemos que esta línea temporal podría o no contener a un sonido particular o no. Pensemos en dos posibilidades, que el sonido esté o no esté en un instante dado. Entonces estaríamos hablando de una cantidad total de 230combinaciones diferentes de sonidos simultáneos en un instante particular en esta línea temporal. Este planteamiento está más orientado a la creación de la música en papel que en la ejecución, pues obviamente sería un poco complicado que un solo intérprete pudiera tocar 30 sonidos a la vez.

Juguemos un poco más. Imaginemos que esta línea temporal tiene, no sé, un total de 180 segundos que es lo que más o menos imagino, recuerdo y pienso que podría tener una canción promedio en este siglo. Ahora estaríamos hablando de un total de 230*180 combinaciones totales de canciones posibles interpretables para un instrumento musical particular. Ahora imaginemos que quiero usar cuatro instrumentos y multipliquemos este número por cuatro. Y ahora, agreguemos porque queremos y podemos, esos otros elementos y notas musicales que omito. Imaginemos que por un momento estuviéramos considerando las variables que competen a la textura, al volumen,  o a los espacios temporales en los que las notas duran más y menos que un segundo (porque es una proposición burda que todas las notas duraran un segundo, y este mundo sería fúnebre y horrendo). Rompamos esta combinatoria básica y encontremos este número que resulta ser más grande que lo que todas las personas que están leyendo en este artículo podrían contar juntas (una vida tras otra).

Ahora, imaginemos que la longitud particular del tiempo que dura la pieza que estamos tratando de crear no tiene una limitación de 3 minutos, sino de un par de horas, que sea una novena de Beethoven con orquesta completa y coro, una octava de Bruckner, o una de las más cortas óperas de Wagner. En el ámbito de las palabras, pensemos en un Quijote, o un Hamlet. Pensemos en todas las combinaciones y variables contingentes (químicas y espacio-temporales) que funcionaron para que se pintara una Gioconda, o una virgen de las rocas. En todas las combinaciones posibles, encontramos la creación y síntesis particular de un puñado de ellas que brincan a los umbrales de la trascendencia en la historia humana.

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El dato curioso que le alegrará recordar a todo aquel que esté maravillado ya por los números es que todas estas combinaciones están encuadradas en los decimales que derivan de un número irracional. Cualquier historia, cualquier imagen (traducida, por supuesto a un lenguaje numérico), cualquier composición musical, cualquier lenguaje, cualquier cielo, o cualquier respuesta está como una verdad hallable, en todas sus permutaciones en una abstracción tan particular como un número cuyos decimales nunca se terminan. Lo que a mí me parece curioso y que en realidad es el motivo de todos estos planteamientos es que vivamos esta realidad tan singular en la que tomamos un número dado (y lastimosamente finito y pequeño) de estas posibilidades presentadas y los tomamos para crear, percibir y vivir nada más una de estas realidades posibles presentadas.

De esta manera, y en el nimio planteamiento de un número aislado, podríamos toparnos con una respuesta determinista. En este número infinito se encuentra usted, ahora mismo, leyendo este documento y preguntándose las preguntas que sea que se esté o no preguntando en este instante particular de esta realidad (virtual o no), presentada, escrita, y ya vivida (con o sin final). Ahí está usted, como un todo, como un punto, como un destino, como un fin y como un medio, como toda posibilidad planteada. En este instante determinado, un escolástico determinaría que usted es potencia de una infinidad de actos distintos, y sin embargo, en este número, usted ya está escrito, como una y todas las demás potencialidades.

Me imagino (y me fascina esta pequeña hipótesis) que podríamos interpretar a los actos de varios seres humanos como una respuesta indirecta a la idea de la infinidad del universo, aplastando a la finitud del hombre. Pienso en un Bach, presentando todas las variaciones del contrapunto clásico para armonizar una melodía particular en el arte de la fuga. Podría ser no una lucha contra el infinito, pero sí una manera preciosa de tomar al toro por los cuernos (con o sin la consciencia de esta idea) y ahondar en lo más hondo, nadar más y más abajo dentro de un océano que no tiene fondo.

Recuerdo que muchas veces se me ha presentado (por profesores y demás lectores) a un Jean Paul Sartre como un maestro del engaño, que pudo concebir esta idea que raya en un nihilismo literario que orilla a los seres humanos a contenerse en una de las líneas más terribles y crudas que he alcanzado a leer a los pocos años que se me ha permitido vivir. Quizás el negar a las respuestas ontológicas cuando se afirma un somos nada para la nada, sea un seguro causante de desasosiego; pero es un hecho que podría serque exista la posibilidad de que la respuesta correcta sea el caos en sí mismo (cuya idea era completamente irreconocible para un hombre moderno o antiguo).En este caso, este hombre habría tenido toda la razón en ridiculizar al sentido humano de la vida en una obra de teatro, o en un libro que orillaría a muchísimos individuos al suicidio (consecuente de lo que podría ser interpretado como una gran mentira). Crear al existencialismo, no resulta finalmente en una noción del todo descabellada e infundada. Esto, por supuesto, asumiendo que la realidad es una, y que lo percibido es único, que somos una versión aislada e irrepetible, y demás suposiciones que en cierto modo, pueden trivializar todo lo leído y convertirlo en una idea inútil.

Cuando escuché por primera vez a la Grosse Fugue pensé en la profunda sensación de una falta de estética. Como si la armonía fuera una necesidad intangible, imposible, inexistente, un intento de luchar en contra de esta inmensidad de posibilidades extrapoladas en el contrapunto de Beethoven. Recuerdo imaginar a todos y cada uno de los tonos recorridos en un delirio, en una carrera contra el tiempo, de expresar sin una armonía tonal a cada una de las líneas musicales que pasaron por los últimos años del gran genio (si no es que todas, muchas). Parecía como si su modulación maravillosa en el cuarto movimiento de su novena se mezclara con los pasos marchantes de la heroica, y sentí como en su cuarteto de cuerdas, se llegaron a escapar semblanzas ligerísimas de la patética para dar fe de una cosa en particular. Quisiera dejar muy en claro que esta es una interpretación particular para referirnos a lo abrumador que es que algo tan vasto y fértil como la Grosse Fugue esté planteada como una mínima lucha de un hombre contra el infinito. Al final, quien decide quién gana es el espectador (me gustaría comentar que yo le doy la victoria al genio de Beethoven, pero este es definitivamente, otro tema).¿Qué será cuando ya no quede ninguno quien decida?

La idea de que nada de lo que escribimos, componemos (como humanidad), pintamos, y demás resulta ser original me parece bastante plausible. Todo lo que vivimos en este globo, en este siglo, en este segundo particular es el resultado de una de las infinitas posibilidades que pueden hallarse en un compendio completo de todas las historias del mundo, en un numerito. Me imagino a uno de estos pequeñines que caben expresados radicalmente en dos caracteres (por su expresión radical) como el libro de arena de Borges, que resguardaa los más terribles y hermosos secretos y que nunca tendrá una última página. Los veo como esta biblioteca infinita (imaginada en un paraíso literario Borgiano) con la diferencia de que no la sabemos leer, y que más bien tendremos que descubrir poco a poco. O vaya, podría también ser vista como la biblioteca enorme y sinfín de La noche de los tiempos de Lovecraft, que resulta inquietante, atemorizante y desesperanzadora.

Sin embargo, planteo una idea fascinante para los enemigos del determinismo: Todo pensamiento humano (pensado o por pensarse), idea, conclusión y acto, están contenidos en algo tan sencillo como un número. Y si podemos encontrar un planteamiento tal que,en un conjunto universal, no pueda existir ningún concepto que no esté contenido ahí (y que podamos interpretar una vez que ya hallamos conocido dicho concepto) en un numerito, ¿cómo podría negarse que podría existir, en algún albor escondido de este universo más vasto que contiene a las abstracciones completas de algo que es real, la respuesta a todas las preguntas escritas sobre cualquier concepción temporal sobre la existencia del destino (o de muchos, de manera que resulta que el que vivimos fuere una versión)?

Lo que es terrible y/ogracioso(si se toma al humor negro como estandarte y escudo) y/o que podría presentarse como un alivio (tal vez) es que jamás podremos saberlo.A fin de cuentas, lo único que es cierto de todo esto y que podría funcionar para terminar esto que tan pacientemente ha sido evaluado por usted (y que siempre agradezco con el alma entera), es una de mis frases preferidas que escuché de uno de mis profesores preferidos cuando al terminar una clase, espetó: Somos un destello de luz con una infinidad de obscuridad por detrás, y otra por delante. 

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