Habitar: el poema

Omar Téllez / @wlaseva

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 “No son míos el tiempo ni el espacio

(ni mucho menos la materia).

Ellos entran y salen como pájaros

por las ventanas sin puertas de mi casa.

Alguien habla detrás de esta pared.

Si cruzara, sería en la otra estancia:

el que habla soy yo, pero no entiendo.”

 – CintioVitier –

 I.

Entre los blancos muros y la piedra volcánica se pierde el rugido ahogado de la ciudad; una luz ámbar satura el aire del pasillo y el mundo exterior y primitivo cuelga indiferente en una esquina.  Hay un momento de la tarde en que uno siente que la casa está por decir algo, o que la casa es una sucesión interminable de soledades o quizá también que la casa está soñando indefinidamente con una oración inconclusa, articulando sus pequeños versos de concreto y de madera.

 Afuera es siempre lo otro, la violencia, el ruido y el frenesí de las calles llenas de gente llenas de baches. La casa nos guarece del mundo –dicen-; la casa es el primer microcosmos de lo cotidiano, contiene todas las historias y todos los recuerdos que nos suceden y nos sucedieron. La casa nunca está en silencio, su discurso cruza más lento las horas, los años, las edades de las civilizaciones humanas. Uno se acerca a las paredes y aprende que el hombre tarda 1500 días en cuajarse y si uno fuera mas longevo podría escucharlas decir también que la muerte es un licor que sabe mejor si se añeja entre los ladrillos.

II.

 El poema que habita la casa concluye; y parado frente al espejo se sonríe mientras se peina los versos con una cuchara de plástico.

 III.

El espacio se contrae; la casa está tomando aliento, está tomando vuelo. Las puertas, las ventanas y las trabes suplican; gritan a una escala cada vez más diminuta. El poema corre por entre las grietas y los intersticios de las lozas derruidas hasta que el cielo cae con un ruido sordo. El poema repta entre los escombros del nido primero, y mientras sus manos tantean el silencio espeso piensa en que un tal Gaston  habló alguna vez de la miniatura.

IV.

Él se tienta el cuerpo, apenas perdió un par de silabas, sabe que el mundo no habrá de ser ya más un desierto de sal. Él se alza y asciende por entre la negrura, se le pega la soledad al cuerpo y al mirar el polvo y el huizache piensa: ‘no podre sostener este cuerpo’. Trae los labios sangrando alcohol y keroseno.

 

 

 

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