Imagen y semejanza

Luis Raygadas | @Diarrea24_7

Yo no recuerdo cuando comenzó, tampoco recuerdo como pasó y mucho menos sé el porqué. Un día la gran mayoría de la humanidad simplemente desapareció, se esfumó. Se fue. No sé si yo fui el único que quedó aquí abajo, y no hay una manera fácil de averiguarlo así que trabajaré bajo ese precepto.

Tal vez hay un destino y ese fue el que me orilló a estar solo, tal vez fue pura suerte la que me salvó de desparecer junto con el resto de la raza humana, tal vez hay una fuerza superior y esa fuerza tiene un interés especial en mí. A veces dudo la existencia de un Dios, me siento a pensar y miro las calles que ante eran transitadas por miles de personas; familias felices, pequeños, ancianos, jóvenes, enamorados. Es entonces cuando pienso: ¿Un Dios permitiría que toda la vida en la tierra desapareciera? ¿Un Dios permitiría el aparente secuestro de miles de hombres y mujeres? ¿Un Dios existe? Y si Dios existe; ¿Le importamos? Y la más importante de todas: Si existe un Dios que nos ha abandonado, no le importamos en absoluto y permitió la desaparición de la mayor parte de su creación ¿Vale la pena reverenciarlo?

Ahora, solo con mi mente y mi mismo, el concepto de un Dios me confunde de sobremanera. ¿Qué define a un Dios? ¿Acaso las estrellas que pintó en el cielo? ¿Las criaturas creadas a su imagen y semejanza? ¿La voluntad que le da a los hombres? ¿Los hermosos paisajes que puso en la tierra?

Yo no soy nadie para responder todas las preguntas que me planteo, pero a veces, en mis momentos de delirios con respecto a la existencia, llego a ciertas conclusiones. Conclusiones a veces sin sentido, conclusiones que probablemente no sean correctas, conclusiones que a momentos llegan a satisfacerme.

Yo pensaba: Dios tiene la capacidad de transformar, de modificar y de intervenir, estas habilidades son lo que lo hace grande, digno de temor, amor y de respeto. Dios es incomprensible para nosotros, provee de formas misteriosas y con eso se justifican las acciones cuestionables que él llega a permitir. Dios es más grande que nuestro intelecto, las capacidades intelectuales de entendimiento, comprensión, abstracción o cualquier otra que poseemos no se pueden comparar a aquellas que él posee. Dios trasciende las generaciones, en historias, en rituales y como arquetipo en el cerebro de un sujeto.

Un día decidí que debía hacer algo con respecto a mis dudas sobre lo que constituye a un ser divino.

Pasé años simplemente estudiando, estudiando el conocimiento de la humanidad. Nuestro último legado no sería olvidado; una vez que sentí que mis estudios eran suficientes como para llevar acabo mi plan, me aventuré a una sección distinta de la ciudad abandonada. Me adentré en multitudes de centros comerciales cuyos únicos visitantes eran perros desnutridos y enredaderas que, poco a poco, reclamaban las paredes como propias. Milagrosamente en uno de los centros abandonados encontré lo que buscaba: ratones, y no ratones cualquiera; ratones mascota. Se preguntarán porqué buscaba ratones en tiendas de mascotas cuando probablemente rondaban miles de ratones y ratas salvajes por las calles, la razón es porqué los ratones en las tiendas son domésticos, están vacunados, acostumbrados al contacto humano, y algunas de estas cualidades ahora residen en su material genético. Un ratón salvaje no se dejaría manipular por manos humanas sin soltar un mordisco, y ese mordisco probablemente podría transmitir una enfermedad: he ahí el porqué de los ratones mascota.

En fin. El lugar era gobernado por miles de ratones que se habían reproducido sin control desde que la humanidad se había ido y ya no podía limitarlos. Los ratones escaparon de sus jaulas y ahora deambulaban libremente por la antigua tienda, la ahora sede de lo que momentáneamente y en tono de broma nombré “Ratópolis”. La sociedad de ratones se alimentaba de los paquetes de comida que habían quedado abandonados en la tienda. Tomé un par de jaulas y todos los ratones que pude llevar en una de ellas, para después distribuirlos entre las dos jaulas, y me dirigí a mi hogar. Mi ahora laboratorio. El laboratorio en el que me convertiría en el Dios de los ratones.

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Hice una serie de pruebas para determinar las aptitudes de los ratones. A cada ratón lo hice pasar por diferentes clases de dificultades, obstáculos, y anoté como se desempeñaba cada uno de ellos. Cada ratón le di un nombre en el archivo, anoté sus cualidades, aptitudes y las diferencias en sus potenciales genéticos.

Tomé a los ratones que demostraron más habilidad en las pruebas pseudo-intelectuales, las cuales consistían en diferentes retos con herramientas simples como palancas y botones, y puse a esos ratones en la jaula que nombré “jaula A” Los ratones que tenían cualidades físicas más impresionantes, los que corrían más rápido y más tiempo, en la jaula que denominé “jaula B”.

Críe a los ratones con dietas específicas para aumentar sus cualidades: Para los ratones que requerían un desarrollo físico utilicé alimentos con altos contenidos grasos y proteínicos, mientras que para los ratones cuyas mentes quería desarrollar utilicé los alimentos que pretenden nutrir el cerebro humano. Decidí sus dietas de acuerdo a los esquemas humanos porqué alguna vez escuché que los ratones son similares fisiológicamente a los humanos y que por eso en ellos se prueban medicamentos dirigidos a humanos.

Desarrollé a los ratones en comunidades aisladas por generaciones, cortas generaciones de ratón obviamente, a cada uno le seleccioné a una pareja dentro de su respectiva jaula, dejé que cada pareja tuviera una camada y después de periodos de prueba en cada camada seleccionaba al mejor ratón; al cual hacía que se reprodujera con un ratón miembro de otra camada, con el fin de promover la diversidad genética.

Permití la reproducción de solo los mejores ratones más adelante, siempre criándolos con miembros de una camada distinta a aquella en la que ellos nacieron; mientras exista más diversidad genética en un organismo, este organismo puede desarrollar mejores cualidades, más fortalezas, más defensas.

Después de decenas de generaciones obtuve una camada por jaula con la que estuve satisfecho, más que satisfecho impresionado. Las modificaciones en las dietas, la crianza selectiva y el desarrollo especial que les había dado a mis ratones por años había dado frutos: En la jaula “A” tenía una pequeña camada de ratones que eran capaces de usar herramientas simples, y la habilidad manual que viene con ello había causado que se adaptaran para caminar sobre sus patas traseras, usando su cola como un balance; similar a los canguros. En la jaula “B” tenía una multitud de ratones poderosos, las crías de los ratones se desarrollaban más rápido y eran más independientes que los ratones nacidos en generaciones previas, los ratones eran más rápidos, más fuertes y más resistentes.

Entonces fue cuando comencé a criar los ratones de las diferentes jaulas entre sí; utilizando el mismo método que utilicé con anterioridad para permitir la diversidad genética.

Después de generaciones de refinamiento, criadas con cuidado y atención de mi parte, obtuve lo que buscaba: Una camada de ratones superiores, eran ratones fuertes, capaces del uso de herramientas, caminaban en dos patas, trabajaban en equipo y mostraban conductas sociales. Les enseñé a temerme, les enseñé a reverenciarme, les enseñé a ser fieles a mí. A veces les hablaba, a pesar de que estaba seguro de que no tenían la capacidad para entenderme

Un día los ratones decidieron escapar de sus jaulas, pero se mantuvieron cercanos a mí, siempre caminaban a mi lado y me seguían a donde quiera que fuera. Imitaban mis acciones torpemente, aprendían lento pero pensaba que la repetición y observación podía contribuir positivamente a su desarrollo.

Un día uno de mis ratones, parado en sus dos patas, majestuoso y poderoso, vio un ratón común, débil, pequeño, indefenso, caminando en sus cuatro patas. Mi ratón se acercó a él, trataba de comunicarse como lo hacía con sus camaradas ratones pero el ratón pequeño y salvaje no parecía entender; perplejo mi ratón me volteó a ver con sus ojitos húmedos, señalando al otro ratón y le dije: “No pude tomar a todos, solo tomé algunos. Tuve que dejar otros atrás, ellos no son como tú, ahora no lo son; ahora ellos son inferiores y, por ende, ustedes son superiores.”

Y viendo a mi ratón, confundido con sus grandes ojos húmedos, buscando en mí una respuesta, me di cuenta de que Dios no había abandonado a la humanidad. Dios me había abandonado a mí, el ratón inferior

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