La muerte del peatón II: Dispersión urbana

Omar Téllez / @wlaseva

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Despiertas y la mirada cae sobre los muros de la casa; despiertas y en la cocina suena el llamado diario del hambre. Mueves los pies sobre el asfalto y los baches, la casa queda atrás llena de  luces matutinas y los restos de la mala noche. Mueves los pies sobre el asfalto y los baches, sabes que al mirar el mundo encontrarás los mismos techos derruidos; los mismos cerros llenos de losas precarias y escaleras precarias y gente precaria.  Sabes que al mirar el mundo pasarás por alto los nidos de cartón donde nadie vive. Ese mundo no existe; es un cuadro que cuelga en la burbuja de lo cotidiano.

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En la parada esperas la combi azul que recorre el Boulevard Colosio. En la parada abordas la combi (llena como siempre); volteas a la ventana por ver algo que no sea el insomnio de los pasajeros y lo insufriblemente familiar de su mirada indiferente. Ahora te toca transbordar; cruzas el puente peatonal para que la elite cruce la mañana cómodamente sobre sus cuatro ruedas y sus motores de combustible fósil.  En la combi volteas para no ver a los obreros que abordan en las paradas subsecuentes. Por la ventana miras una sucia sucesión de edificios supuestamente habitables donde residen los estandarizados que no viven según el estándar y pasas los ojos apenas sobre las casas a medio construir donde viven los segregados. De pronto en el recorrido aparecen los cuarteles del PRI y los barrios más estructurados de los privilegiados. No te sorprende el contraste y tampoco es como que te importe demasiado.

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Al llegar a tu destino miras alrededor y no te hallas entre esos edificios que se alzan insensiblemente sobre el paisaje urbano, piensas para convencerte, que los marginados son otros, que tu lugar debe estar ahí en alguna esquina pero en los edificios de gobierno no, en las plazas publicas menos y tampoco en el desértico horizonte de los aparcamientos.

Tú creciste en la periferia donde la norma es la irregularidad, las habitaciones toman sus propias formas y reclaman su espacio relegado en la ciudad, tienes la certeza de que hay algo perdido; algo de olvidado tienen esos productos de la necesidad, piensas que podrías estar peor; te convences de que a fin de cuentas no eres un marginado pura raza, sólo flotas en un limbo urbanístico, eres un problema cuantitativo y cualitativo para los proyectos urbanos del estado. Pero en el fondo sabes que a los urbanistas no les importas, a los arquitectos menos; ellos quieren ser como Gehry, como Koolhaas, echarse la onda Hadid,¡o sea las formas güey!, pero claro, el dinero no alcanza y lo único que hay es el capital en su máximo esplendor de desigualdad.

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