Dios salve a la Reina

Luis Raygadas  / @Diarrea24_7

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“Todos los días, al ritmo de los gritos de un amo injusto y tiránico,  los obreros hemos trabajado. Los obreros construimos los castillos de la reina, sus fortalezas, sus laberintos y las mismas mazmorras en las que seremos encerrados en caso de no obedecer las órdenes de la cruel y déspota matriarca. Hermandad, equidad y justicia eran cosas de las que nunca se habían escuchado hablar en este desolado reino, más que en susurros y vagas pesadillas. No hasta hoy, hoy me mantendré firme y espero que ustedes se mantengan firmes a mi lado, mis hermanos.

Todos los días, derechos y en fila los obreros vamos a conseguir los alimentos para los infantes, los zánganos burgueses y la grotesca y obesa reina que nos mantiene a raya. Todo está organizado, todo es una gigantesca línea de producción. Ni la más mínima falla es tolerada en este sistema perfecto, perfecto solo para los que están al tope de la pirámide, yo diría.

Desde el primer día de vida está marcado el destino de cada individuo que nace dentro de las murallas del castillo de esta sociedad decadente. En este lugar no existen los sueños, no existe el futuro y mucho menos el pasado. Se vive el ahora y ahora es esfuerzo, trabajo y dedicación. Cuando dejas de esforzarte, trabajar y dedicarte; ahí, ahí es cuando te hacen notar que simplemente eres un obrero de miles de millones y que eres descartable. Descartable.

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Algunos han roto la fila y tratado de llevar a sus hermanos y camaradas a la libertad; siempre han sido tratados como individuos defectuosos, fallidos de producción, fuera del molde, desconocidos. Indeseables. La fila simplemente se recorre un lugar y sigue avanzando, construyendo, recolectando. Hoy les suplico me escuchen y rompan con esta cadena de discriminaciones y silencios.

Los revolucionarios siempre han muerto al final, sus nombres son olvidados y su imagen solo es recordada por sus familias; suponiendo que sus familias no hayan sido los primeros en darles la espalda. Las nuevas filosofías siempre mueren en las tabernas en las que fueron concebidas. Los nuevos pensamientos, muy seguido, terminan salpicados en la pared después de las ejecuciones de los nuevos filósofos. Pero cuando una idea sobreviva y logre crecer más allá de los murmullos; esa idea se volverá una gran arma. Nuestra arma.

Los sirvientes de la reina, su policía, sus guardias y sus capataces, nunca se han dado cuenta de que son prácticamente de la misma calaña que aquellos a quienes oprimen. Olvidan que en algún momento muchos de ellos compartieron mesa, olvidan que alguna vez fueron jóvenes juntos y que todos nacimos hermanos. La ilusión de un poder y el miedo a la falla siempre ha guiado a todos los seres por el camino equivocado.

Yo narro para ustedes, hermanos. Narro una historia de la manera en que la veo y la conozco; aun así, aun así, no logró ver cómo es que el pueblo ha olvidado que el poder es de ellos y que el gobernante solo los representa.

En la unión yace la fuerza, esa es la misma razón por la que los que abandonan la fila siempre mueren. ¿Qué es una reina sin un pueblo a quién ordenar?  Nadie, nada. ¿Qué es un pueblo sin una reina? Un pueblo sin una reina sigue siendo un grupo, y la fuerza existe en el número.

Pocas cosas nos hacen diferentes a ellos, pocas virtudes los hacen ligeramente superiores, tal vez tuvieron una ‘mejor crianza’; pero ahí, ahí es de donde nace su debilidad. Ellos nunca han visto a sus hermanos morir a causa del frío azotador y las garras del invierno, nunca han presenciado la pérdida de un ser querido a manos de una fiera, nunca han arriesgado su vida en batalla en contra de enemigos más fuertes y mortales que uno, para ellos nunca han existido hambrunas que les hagan dudar de su cordura y la lealtad de su servicio.

El sufrimiento nos ha hecho fuertes, el sufrimiento que hemos pasado nos ayudará a abrir los ojos y abandonar la ceguera inducida por la tradición y el temor a las nuevas lecciones que nos enseña el día a día.

¿Qué es aquello que apreciamos tanto y que ellos nos han dado? ¿Acaso es protección? Nosotros enfrentamos a las hordas enemigas. ¿Acaso es ley? La ley que debería protegernos es ultrajada y usada a su conveniencia día a día. ¿Justicia? ¡No me hagan reír! Justicia, yo conozco a una meretriz con ese nombre; lástima que solamente atiende a jueces y acomodados. ¿Comida? Nosotros hacemos crecer la comida de sus manjares, la comida que apenas y vemos en nuestras mesas.

La comida. Hermanos, todos hemos sufrido hambre; sobre todo en el invierno. En lo que a mi concierne, estoy de acuerdo en alimentar prioritariamente a las crías, a los pequeños, al pobre, pobre futuro de esta, tan auto-proclamada, sociedad; pero no estoy de acuerdo en llenar primero las mesas de los asquerosos zánganos que se cuelgan bajo la protección de la reina. ¿No están hartos de que cada mísero gramo de la comida que cultivamos primero pase por ellos? Yo sí. Es hora de hacerle saber a esos buenos para nada que las cosechas pueden ser suyas, pero las semillas son nuestras.

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Es hora de unirnos hermanos, es hora de reclamar esta fortaleza como nuestra y mostrarles el crudo y cruel mundo real a esos asquerosos rufianes. ¡Dios salve a la reina, mis hermanos, que dios la salve! Porque a partir de hoy, claro como el cielo, nosotros ya no la salvaremos.”

Con estas palabras el filósofo se convirtió en líder y sus palabras resonaron como campanas en las cabezas de sus hermanos.

Todos los obreros entonces dejaron sus labores y retornaron enfurecidos a la fortaleza, utilizaron todas sus fuerzas para derrotar a los fisiológicamente superiores enemigos que servían fielmente a la reina cruel. Se adentraron a los laberintos, inundaron cada cuarto con el ruido de los gritos de seres sedientos de justicia: El discordante y perturbador himno de batalla y victoria. Los obreros llegaron hasta el fondo de la fortaleza y ahí encontraron a su reina.

La mísera reina suplicaba piedad, misericordia y compasión; una compasión que nunca tuvo ante sus propios hijos. Los obreros se veían cada vez más irritados a causa de la hipocresía de la reina, su madre. Poco a poco, mordida a mordida, despedazaron a la asquerosa y mórbida figura que alguna vez fue su grillete y la causa de su represión y miseria.

El futuro era suyo, y ahora podían vivir en una sociedad donde no existían soldados, obreros, ni reinas; una sociedad que puede llegar a ser amada.

Una sociedad nunca antes vista en un hormiguero.

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