Un ser rutinario

Luis Raygadas | @Diarrea24_7

La disposición del texto ha sido respetada del original.

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Él se levantaba temprano todas las mañanas. El despertador sonaba a las 6:00 a.m. los lunes, a las 7:30 a.m. los martes, a las 6:00 a.m. los miércoles, a las 7:30 a.m. los jueves, a las 9:00 a.m. los viernes, a las 8:00 a.m. los sábados y a las 9:00 a.m. los domingos.

Los lunes, miércoles, viernes y domingos, el despertador sonaba con la canción “Mr. Sandman”, interpretada por Dickie Valentine; originalmente interpretada por “The Chordettes”. El resto de los días de la semana el despertador sonaba con la canción “Benton Harbor” original de “The Fiery Furnaces.” Él elegía esas canciones porque le parecían relajantes, lo levantaban todas las mañanas con una sonrisa en los labios y una buena actitud para empezar bien su día; eran un paso más en la rutina, y vaya que él disfrutaba de su rutinaDisfrutabaes una palabra clave en esa oración.

Después de levantarse él se encaminaba al baño, terminaba sus negocios con el inodoro y se metía a la regadera por 25 minutos; a pesar de no tener un reloj, un cronometro, y ni siquiera el interés de cumplir a tiempo su ducha, él terminaba en 25 minutos exactos. Eso es lo que pasa cuando uno entra en una rutina.

Él salía de la ducha, se vestía con sets de ropa que tenía separados y ordenados en su armario con el fin de no perder tiempo buscando la ropa; para él la eficiencia lo era todo. Sacaba un par de calcetines del cajón que creativamente había etiquetado con una estampa que decía “Calcetines.” Él se ponía el par de zapatos que iba  con el set de ropa que había elegido para el día en cuestión. Una vez terminado su ritual de vestimenta él bajaba a comer su desayuno: Un vaso de leche, dos huevos, y cuando terminaba, un vaso con agua.

Él siempre tomaba el transporte público al trabajo, siempre dejando 30 minutos de imprevistos; uno tiene que tomar en cuenta hasta lo que no se toma en cuenta, él pensaba. Es parte de la rutina. Bajaba siempre en la misma estación. “Uno en la plaza, por favor” le decía al conductor y “Gracias, tengan un buen día” les decía a los demás pasajeros. Hacía 10 minutos caminando desde la parada a su trabajo y una vez dentro del edificio hacía 3 minutos para llegar a su cubículo 7 minutos antes de la hora de inicio. Uno nunca sabe cuándo alguien llegará y te hará perder valioso tiempo, él pensaba.

Sin importar la hora de entrada, la cual dependía del día de la semana en el que se encontraba, él tenía una jornada de trabajo de 8 horas; con un descanso para comer en la hora cuatro. Él siempre comía en el mismo lugar, siempre el mismo platillo: Una baguette con jamón, queso manchego, lechuga, cebollas, jitomate, aceitunas negras, aderezo de mostaza dulce en pan de ajo tostado. Una vez que terminaba de comer él se lavaba los dientes en los baños de la oficina. Hay que ser muy meticulosos con la higiene personal, él pensaba; y no solo era meticuloso con la higiene personal, el limpiaba y acomodaba todo lo que tenía a su alcance. Es hermoso como todo se ve limpio y ordenado, todo tiene un significado; todo es parte de la rutina.

Nosotros sabíamos que él era un hombre de hábitos, un hombre que encuentra significado en el orden, un hombre que encuentra cordura en su obsesión; y por esas razones es por lo que lo seguíamos, por esas razones lo observábamos, tal vez; incluso esas eran las razones por la que lo odiábamos.

Lo observamos por varias semanas, a pesar de que determinar y predecir sus movimientos no era difícil. Solo tuvimos que aprender cada uno de los pasos de la rutina.

Al principio comenzamos con cambios sutiles en la rutina y en las cosas que la constituían. Irrumpíamos en su casa por las noches, mientras él dormía con el único propósito de esconder sus corbatas, cambiar sus tan apreciados y eficientes sets de orden y también un día muy temprano por la mañana cambiamos la clase de lechuga que se servía en el lugar donde él compraba su almuerzo. Ese tipo de cosas que una persona normal no notaría, pero él las notaba, vaya que las notaba. Las notaba y lo volvían loco. El creía que simplemente era su imaginación jugándole trucos, siempre había seguido la rutina y no existía una razón por la cual la rutina debía fallarle.

  Él se volvió más preciso más exacto, pensaba dos veces cada una de sus acciones antes de hacerlas.

Entonces decidimos jugar un poco más con él y con sus obsesiones. Hicimos cambios más notorios en su vida: Todos los días pares en el mes en curso adelantábamos sus alarmas 2 minutos con respecto a la hora en la que las tenía puestas, y cada día impar las atrasábamos 2 minutos con respecto al tiempo en la que las tenía puestas, aclaramos un tono en la escala de color todos los calcetines izquierdos que él tenía, cambiamos todos los huevos en su cartón por huevos de un color diferente, cambiamos el pan de ajo en su restaurante de preferencia por pan de parmesano y orégano. En este momento él estaba casi seguro de que había perdido la cordura. La rutina no falla, él estaba fallando. Se decía a si mismo mientras trataba de notar qué es lo que parecía raro con respecto a sus calcetines.

Después comenzamos a meternos con otras cosas: Alentamos el tempo de las canciones en su despertador, empezamos a combinar sus sets de ropa entre sí y cambiamos la etiqueta en el cajón de los calcetines por una que decía “Calcetas.” Un día le pagamos al conductor de uno de los autobuses que él solía tomar para que se tardara exactamente 31 minutos en llegar a su objetivo, 31 minutos, simplemente para frustrarlo; así haciendo que su querido “Tiempo de imprevistos” fuera inútil. El corrió para llegar a su oficina y cuando entró se dio cuenta de que no era el día de la semana que él creía que era; habíamos cambiado la canción y hora de despertar en ese día. Ese día él colapsó, se tiró al suelo y llorando se decía a sí mismo: “Al fin ha pasado, te has vuelto loco, no existe otra explicación, no la hay. No la hay. La rutina nunca me había fallado” Colocándose en posición fetal y rodando en el piso se repetía: “La rutina nunca falla, la rutina nunca falla.”

Trataba de tranquilizarse, nosotros solamente reíamos a lo lejos, reíamos yreíamos. Se había vuelto loco.

            Le dimos un tiempo de tranquilidad, revertimos todo a como era antes por unos cuantos días; pero el pobre hombre estaba tan dañado que ya no podía confiar ni en su propia sombra. Trataba de seguir la rutina, pero sentía que en cualquier momento algo iba a salir mal, estaba notoriamente nervioso, y nosotros podíamos percibirlo. Unos cuantos días después de que notamos que todo volvía a la normalidad con él, comenzamos de nuevo con los juegos.

            Le pagamos a un cirquero para que nos prestara uno de sus elefantes. Un día mientras él iba saliendo de su hogar pasamos todos nosotros, vestidos con túnicas coloridas y máscaras baratas, montados sobre el elefante. La mirada en su rostro fue invaluable, podíamos ver el terror, la angustia y el miedo; yo sentía que en cualquier momento la cabeza del pobre hombre explotaría. Podíamos notar que estaba al borde de las lágrimas, caminó hasta la parada del transporte público y juraría que solamente repetía “elefantes” en voz baja.

Nos dimos mucha libertad creativa en el transcurso de esos últimos días, cada día planeábamos un pequeño teatro surreal para el disfrute de nuestro camarada. Éramos como niños, teníamos tantas ideas tan absurdas y tan absurdamente buenas.

            Él caminaba por las calles y cuando menos se lo esperaba, uno de nosotros disfrazado de gitano le intentó vender unos relojes derretidos hechos de resina; cuando él rechazó la oferta, el falso gitano lo atacó con un pescado.

  Una mañana, mientras él dormía, dibujamos ojos en multitud de globos rellenos de helio, colocamos los globos en su cuarto, así que cuando despertó, había, tal vez, cientos de ojos flotantes viéndolo desde el techo de su cuarto.Otro día colocamos más globos con ojos en su patio, todos atados a una piedra, para que no se fueran volando, obviamente, y a cada globo le pusimos un sombrero de fiesta; de esos que tienen forma de cono.

            Él no pudo aguantar más, él se había vuelto loco, la rutina ya ni siquiera existía dentro de su mente. Después de más de una semana de juguetear con su realidad, él se levantó un lunes a las 7:30 a.m. al ritmo de “Mr. Sandman”, se encaminó al baño, se sentó en la ducha, se abrió las muñecas y murió desangrado.

            ¿Saben qué es curioso? Los forenses nos dijeron que tardó 25 minutos en desangrarse y morir, 25 minutos en la ducha; un ser rutinario después de todo.

 

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