Preludio y redacción del momento número 11

Martín Juárez | @mmmartin26

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Bostezó. Él estaba sentado al borde de la avenida en un segundo o tercer piso de un café que tenía dos o tres pisos. Había un piso de madera y no había una ventana significativa que bloqueara al viento endémico del lugar. En su mano izquierda se quemaba un cigarrillo sin filtro. Y miraba consternado, cómo se consumía con una mayor rapidez que la que él esperaba. “Los cigarrillos son medidas de tiempo; son negativos en un sentido, y positivos en otro”, recuerdo que él pensaba. Sus labios disfrutaban palpar el papel y sus dedos el ligero cariño del calor que pasaba hacia ellos. Sus pulmones se inflaban con un ritmo pausado, mientras miraba morir a los momentos, y los veía nacer de manera esporádica y sistemática. Uno por aquí, y otro por allá.

Un ave levantaba el vuelo, y cruzaba su rango de mirada; entendámoslo por momento número 1. Mientras número 1 corría,  se había aparecido alguna mujer de su interés y cruzaba la calle a unos treinta metros del café, justo a la mitad del vuelo de lo que ahora veía, era una paloma; momento número 2. Mientras 2 ocurría, se arremolinaba el pensamiento de si era moralmente correcto para él, el numerar y nombrar a los momentos, como si fueren personas, como si fueren medicamentos, vicios, cuchillos; número 3.

Mientras los tres ocurrían, se quemaba el cigarrillo y se acercaba más al fin de su existencia, que era el número 4. Y entonces, de manera subsecuente, su día, que se consumía como el cigarrillo podía ser el 5. Y la semana el 6. Y ese café, el séptimo, porque por supuesto, no tenía por qué existir una jerarquización de los momentos en cuanto a su duración orden o sincronía. El tabaco ardía con el frenesí de una palabra dicha con mala intención. Y él no quería que fuere así. El viento avivaba la ira del fuego. Se metía por la esquina derecha del café (porque es esencial, sin ninguna especie de simbolismo, que se señale la ubicación de los momentos) y se pasaba libre, alegre de no tener ventana hacia el interior del lugar. Enfriaba su café. Así era mejor. Pero era peor, porque mataba al cigarrillo. El viento, así, cadencioso y solemne se volvía iracundo, odiado y amado. Era comburente, era descontrol, cáncer, orden.

Pensaba sobre si el viento, entonces podía ser su momento número ocho. Siendoal fin que es un ente, es algo que existe, pero podría no existir, ejerce un verbo que dura. Y por incidir en la serie enorme de momentos trascendentales para algo que puede ser intrascendente (o no), el viento era un momento.

Pensar en si el viento es un momento era el momento número nueve. Pero tenía sueño, así que ya no quiso seguir más. Luego se puso a rayar una libreta que había construido para anotar a los momentos importantes. Se fue y lo que dejó, decía así:

Momento número 11

Mi momento 10 es en el que no entiendo ningún porqué de nada. No estipulo ni digo jamás, con el acto de existir que estoy aquí para dar un testimonio de algo que no soy. Lo único que es cierto eres tú que lees. Y lo demás es mentira. Puedes leer que el cielo azul, y es real en cuanto lo miras y ves y comprendes. El momento nace cuando es leído y escrito y guardado.

Sobre las voces narrativas anoto de antemano una apología de lo más profunda y dependerá de lo que se guste leer. No sé. Tengo sueño. Siempre tengo sueño. La historia es esta misma, cuya introducción está en este papel y que lees en lo que será mi por siempre mío, y ya tuyo, momento número 11. 

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