Anna

Laura Espinosa / @etilirica

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    Estoy en la habitación, sentada en la silla que está frente al tocador y me miro al espejo, veo los ojos castaños que contrastan mis rasgos caucásicos. Muchos podrían decir que soy una belleza, pero no, nunca me he considerado particularmente especial, si no fuera por que Dios me dio un par de prominentes pechos y pena para parecer ruborizada todo el tiempo, los hombres no tendrían razón para mirarme. El tiempo transcurre y yo no pudo dejar de ver a la persona que refleja el espejo, parece surreal; quisiera a veces poder cambiar la figura que aparece en frente, ser otra, y así tener otra vida, una que me guste.

    Tocan la puerta, así que me apresuro a ponerme mis adornos, estoy ansiosa, tengo un nudo en el estomago y mientras mis pasos me llevan más cerca de la puerta, siento una atracción inmensa por caer. Quisiera tener unos minutos más antes de caminar el corredor,

    Me pregunta “¿Estás bien?”, a juzgar por su expresión, creo que tenía cierta consternación por mi en ese instante. Acaso él sabría lo que yo pensaba o también estaría inseguro de mis decisiones. Él siempre habría de buscar lo mejor para mí, pero siempre odie que tomara decisiones por mí, no sé si fue mi naturaleza de no querer ser como ellos lo que siempre me llevó a la contrariedad o la necedad de la edad, y ahora que tomé mis propias elecciones me siento en medio de nada. No quiero ser madre, es más mi miedo frecuente el saber que sería pésima en ello, odiaría la vida si el me llegara a extrañar como yo extraño a la mía, si mi afán de auto realizarme lo decae, si quisiera enseñarle a vivir siendo que yo muero en vida. No quiero llevar la vida rústica en casa, no quiero que me confinen a un departamento o la tarea diaria de cocinar.

    Miro el lugar y no puedo evitar pensar en más preguntas comprometedoras al futuro. Quisiera ser lo suficientemente fuerte para poder ponerme de frente al porvenir y por más que me golpeara siguiera de pie, pero esa no soy yo. Finalmente entro a la arquitectura y tengo a mis pies la alfombra blanca, cierro los ojos y avanzo, cuando los abro me doy cuenta que estás a lado de mi, pero tú no pareces sentir lo mismo que yo.

    El tiempo que estoy de pie pienso en ti, eres castaño claro y tu corte enmarca bien tus rasgos, tus ojos son verdes y me recuerdan a una esmeralda; tu sonrisa, la razón de nuestra primera cita, eres más alto que yo y bien formado; conozco tus secretos pero no se si pueda cargar con ambos, ahora me pregunto por qué estás conmigo aquí.

    Termino de divagar y estoy celebrando, no luzco muy feliz pero nunca suelo sonreír, ¿por qué me puedo ver a mi misma? Me retiro a fumar un cigarrillo en las afueras del salón, siento que me estoy acabando, que miel se caerá en cualquier momento y mi corazón no ha dejado de latir tan estrepitosamente que quisiera arrancarlo en cualquier momento y ahí está él, en un traje extravagante color rojo, sentado en el piso. Me siento con él, y el solo me abraza, sé que me entiende pero yo lo siento cual desconocido, parpadeo y me besa, por más que me resista el no está dispuesto a soltarme. Lo miro a los ojos y le pregunto ¿qué pasará después?, no me responde, solo alza los hombros mientras que su mirada toma otra dirección. Nos vieron. Van corriendo a decirle el sacrilegio a mi ahora llamado esposo, pero no me importa, prefiero quedarme con éste desconocido de ya hace mucho. Cuando el intenta decirme algo yo… despierto.

“Anna, es tu gran día” me dice una dulce voz.

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