De la vivienda “social” y los alegres arquitectos

Omar Téllez / @wlaseva

    Ser el designio de unos trazos. Ser el usuario como un objeto más que irrumpe ajeno y extraño en el espacio.  Uno no elige los contornos que dibujan la casa, la casa lo define a uno, esas esquinas y esos vértices los eligen los otros, algo fuera de uno, algún ente voraz y sin forma; algo como el capital y la crisis, el estado, la empresa constructora o en última instancia ese semi-dios autoproclamado y arrogante que es el arquitecto.

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    La casa está ahí y uno dentro de ella como algo más, sólo se la habita con una resignación tibia y trágica. Por supuesto uno puede (o no) tener el titulo de propiedad y eso no hace una gran diferencia, el “diseño” (si es que es pertinente llamarlo así) fue hecho según la norma y los estándares, las estadísticas y los estilos de vida promedio ¿promedio de qué? De uno no, eso es seguro. Afuera el paisaje lo azota a uno con una hilera ridículamente larga de casas exactamente iguales; es el paisaje del interés social, de los presupuestos bajos, es el paisaje de las personas como números; y no es como que estén vivos o tengan aspiraciones distintas o una personalidad propia; al fin y al cabo son el promedio ¿no?.

    No, las casas de interés social  (esas que uno termina pagando en un lapso de 5 a 20 años) no son fabricadas para la gente, sino para los institutos del gobierno que son los que en última instancia ponen la lana.  Pero claro, en un par de años ya terminamos de cubrir el déficit de vivienda en México ¡Bien, démonos un abrazo todos! No importa que esas casas ni siquiera se adapten a las necesidades de sus habitantes, o que se ubiquen hasta la quinta chingada y no estén contempladas dentro de un plan que las integre a las ciudades; o sea ni que uno tuviera que ir a la escuela o al trabajo, o tener acceso a cualquier servicio. Tampoco importa que un tercio de las viviendas del país tengan algún tipo de rezago habitacional y que encima buena parte de estas hayan sido fabricadas con materiales con una duración no mayor a 30 años; de todos modos el chiste es buscar en dónde meter a tanto canijo pues.

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¿Y los arquitectos? Pues acá echando el diseño de calidad, proyectando en terrenos enormes y con presupuestos igualmente grandes (o de lo contrario soñando con hacerlo); o sea ¿qué van a estar diseñando “pichoneras”? ni de chiste, eso sería una deshonra y obviamente uno no puede hacer arquitectura en 90 m2 y sin gastar millones de pesos, eso es herejía.  Tampoco se les ocurriría ver a los habitantes de estas casas como personas y no como “usuarios” anónimos e hipotéticos; ya saben acá los únicos que tienen acceso a un buen diseño y a una buena calidad de vida son los que tienen la lana.

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    De cualquier forma el que pierde es el que adquiere estas cajas para autómatas y se enfrenta al reto de hacer encajar su vida dentro de ellas, modificándolas tímidamente con la esperanza de hacerlas un poco menos ajenas, menos insensibles, menos pálidas, sin saber nada de leyes, ni estadísticas, ni funciones y sin poder hacer gran cosa por integrar completamente su vida periférica con el centro de las ciudades. De cualquier forma las constructoras le seguirán dando duro al negocio, fabricando como si la demanda fuera infinita y no hubiera otra forma de vivir fuera del estándar.

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