Arquitectura mexicana: Agustín Hernández

Lesli Bautista | @LesliBautista

Como en la mayoría de sus obras, Agustín Hernández se basa en un diseño analógico. Sus creaciones surgen de la inspiración al apreciar algo natural que impacte la intención del usuario; con este tipo de diseño se crean estructuras que tienen un cierto parecido o una semejanza al objeto original. Con el Centro corporativo Calakmul, logró que su obra se convirtiera en una de las más extrañas y vanguardistas del país. “Es de los pocos edificios que no tienen reja por fuera, se incorpora a la calle”, dice su autor.

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El diseño arquitectónico de este Corporativo sigue los principios artísticos que predominaron en las realizaciones mayas: equilibrio entre las edificaciones y su entorno natural, uniformidad y precisión de las formas, funcionalidad, orientación, ritmo y simbolismo. La estructura metálica del edificio corresponde a cuadrados, triángulos y círculos, por lo que el montaje requirió de un manejo especial de las piezas, así como de analíticos procedimientos constructivos. Este tipo de figuras, están basadas en las formas sólidas platónicas básicas, creando un diseño simple en cuanto a trazo, pero complejo en cuestión de diseño.

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Observando el edificio, notamos tres puntos clave: el primero serían los muros de concreto con un orificio circular, que rodean al primer cuerpo de forma cúbica. Lo segundo a notar, sería la forma esférica o “cúpula” que sobresale en la parte superior del edificio, haciendo una especie de ilusión óptica, como si una esfera saliera del cubo; y por último pero no menos importante sería el cuerpo prismático ubicado a un costado del edificio principal, lo interesante de este elemento, sería que al verlo de distintos puntos, podemos notar cada vez más cosas. Por ejemplo, visto desde enfrente –la calle– sólo veríamos una pirámide, pero si lo rodeamos son visibles los otros tres elementos que pareciera, salen del primer cuerpo.

Calakmul

Hernández simplifica la explicación diciendo: “En realidad se trata de un edificio con cuatro ventanas circulares”. Sin embargo, la realidad va más allá: es un cubo de cristal contenido en cuatro muros. Al centro de cada uno de ellos se abre un gran orificio circular enmarcando el contenido.

Los muros aíslan al cubo del ruido exterior y lo protegen del sol; además, son contenedores de espacios útiles y de elementos rígidos que a manera de contrafuertes o arbotantes góticos trasmiten los esfuerzos hacia el exterior. Proporcionan así estabilidad sísmica al edificio y dejan la planta arquitectónica libre, sin columnas, para una mayor flexibilidad de los espacios. Así mismo, los muros separados del paramento del cubo plantean una circulación perimetral con perspectivas monumentales.

Las relaciones visuales, en las que impera el espíritu geométrico, imprimen al conjunto un simbolismo que se refleja en la proporción y la armonía, entre las partes y el todo. Así, emergen los volúmenes del ideal platónico: la esfera, el cubo y la pirámide.

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La mayoría de las personas, por su forma conocen este edificio como “La Lavadora”, aunque realmente tiene otro significado según su creador. Este corporativo da una imagen de un simbolismo fabuloso: El cuadrado es la tierra, y el círculo, el cielo. “Son símbolos que han existido a través del tiempo y el espacio: desde época de Zaratustra, en los países islámicos, entre los mayas, los chinos, los aztecas, etc. Es increíble la abstracción de esa unidad, pareciera incluso que a veces hay una esfera dentro de un cubo.

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