Yo caigo en primavera

Sineàd Marti | @_Macorina

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No soy un hombre de noventaiún años. Soy noventaiún años que se permiten estar en la espalda de éste que escribe. Hace poco más de medio siglo aprendí a hablar el idioma de la vida, lo que pudo haberme dado ventajas, pero no.

Heredero desde muy joven de una fortuna que consistía en marcos rotos, una casa agrietada, problemas de personalidad y una insatisfacción increíble con la vida que me había tocado, decidí probar mi suerte en terrenos que imaginé menos áridos: el amor.

A mis veintiún años amé. Amé tanto que jamás pude volver a amar. Fue en otoño que los viernes me descubrieron escribiéndole a la que fue mi niñera. Que se piense mal de mí; ella ya tenía los cuarenta cuando yo cortejaba esas caderas que me hacían sentir ajeno a mi propio cuerpo. Era mi niñera y yo era su niño no suyo; apenas entré a la pubertad y ella podía adivinar que debajo de mis pantalones ya se sabía de la presencia de sus piernas, y eso no parecía molestarle. A partir de ese momento juré ser para ella por siempre. He ahí el meollo del asunto.

Después de entender que las herramientas con las que me había provisto el destino no eran suficientes para tener lo que ella quería, le renuncié; no olvidé jamás su rostro, pero en venganza dejé de recordar la ubicación de aquel libro con sus fotografías.

Quizás ese es el único dato que vale la pena en mi mohosa biografía. Lo demás se puede resumir en deudas, una dieta a base de café, bolillo y mortadela, y un bien abastecido cuarto de tiliches. Con ese paisaje pasaron mis años; sin darme cuenta ya tenía los sesenta, y el color de todas las cosas era de ese tono amarillento de fotos de la infancia. Llegué a pensar que ello se debía a mi afán de sentirme menos ‘ahora’, de estar mucho antes de esos sesenta años; al final comprendí que era sólo el reflejo de la nostalgia. Que ya me había resignado.

Pero he de ir al grano: vengo a hablar de mi caída; de mi caída en primavera. Aunque siempre he creído que la caída no está en la piedra, sino en las ganas de ser levantado, me opongo a que de eso se trate lo que aquí pretendo exponer. Pues bien, ésta es mi nota del adiós, mi tumba sin lodo. De eso hablamos, de sucumbir a la gravedad y festejar que se estuvo vivo, y qué mejor manera que muriendo por elección, porque se está listo.

Estoy seguro que se me preguntará por qué escogí semejante víspera como la primavera. Pues he decir que ello se debe simplemente a que en invierno no; en verano tampoco. A que en otoño menos aún. En otoño es cuando me recuerdo enamorado, y en esas condiciones se muere sólo en vida, jamás se habla de una muerte absoluta. Ambos conceptos no pueden coexistir en un mismo momento. La vida no suele ser tan justa.

En otoño mis tristezas, mi amor frustrado y todas las ambiciones que alguna vez tuve se hacen un fénix, vuelan y comienzan a sentirse como en ese entonces. Es como si volviera a tener esos veintiuno y me siento otra vez fuerte, miserable. Vivo. Por lo tanto en otoño me niego a morir.

Caigo en primavera, cuando la tierra florece, porque quiero refutar de lo que nace mientras yo no. En primavera porque no sé seguirla amando cuando todo está verde. Sólo sé ser suyo cuando todo se seca y se me permite pensar que soy yo el que le quita la vida a esos meses.

Ya llegan los noventa y dos y comienzo a poner las manos en el suelo, el polvo en la barbilla y la sangre en las rodillas. Llega la muerte porque es el único fin del que me hablaron. No me resisto. Caigo en primavera con mis años, mis errores y mis esperanzas de que más allá del suelo encontraré mi recámara azul, mis juguetes viejos y su falda larga.

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