El réquiem

Luis Raygadas |@Estupro_blema

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Alguna vez ella y yo estuvimos enamorados, ella era los filamentos de mi armónica, la boquilla de mi trompeta, era el marco de mi harpa, las teclas negras en mi piano, la bombilla incandescente más brillante en el firmamento… En fin, estoy seguro que todos comprenden el sentimiento; todos hemos tenido a esa persona. Tristemente yo para ella no era más que el grillete que la impedía saltar a los brazos de su nuevo amor.

Las estrellas fueron mi público y estoy seguro de que las escuché aplaudir después de que terminé de presentar mi obra maestra. Con un cuchillo, con mucho ritmo y con mucha fuerza, transformé la hermosa figura de una afrodita en tierra en un montón de pudín irreconocible. Lo recuerdo, el ritmo, la suavidad; era como un violín tocando las primeras notas que abrirían un gran concierto. La ira sacó lo mejor de mí y continué. Crescendo, crescendo. Los hermosos ojos que me miraban con amor e ilusión, ahora me miraban con desdén, fuera de sus cuencas, desde el frío, frío suelo.

Arrastré el cadáver hasta mi auto, fue nuestro último paseo por las calles que tanto amábamos recorrer. Cuando la metí a la cajuela de mi auto noté que había pintado un rastro sangriento hasta mi posición. El rastro, para mis ojos y mi mente eufórica, en el momento, bien pudo haber sido la alfombra roja que llevaba hasta mi obra maestra, exhibida en un altar poco ostentoso.

Me deshice de su cuerpo. La usé para alimentar perros callejeros. Cada vez que me acercaba a un perro, él ladraba y aullaba, me clamaba porqué sabía que venía algo bueno; podía sentirlo, podía olerlo. Así debe sentirse el público cuando llega a la sala de concierto a presenciar la dirección de un gran maestro, temblando con emoción, esperando lo que solo él puede darles; perros callejeros en expectativa de carne y hueso.

No fue hasta que me deshice de todos sus restos cuando me di cuenta de que al deshacerme de ella, había dejado a mi guitarra sin sus cuerdas.

Todas las noches pienso en aquel movimiento en la sinfonía que conforma mi vida. La entrada de los violines, piano, piano; el cuchillo apenas rebanando. ¡Ah! ¡Y cómo crecía! ¡Forte! ¡Forte! ¡Forte! La intensidad aumentaba y mi cuchillo chocaba con sus huesos. Golpeaba con locura las teclas de marfil que causaban que cada fibra dentro de ella se estremeciera y con esto gritaba. ¡Oh, cómo gritaba! Nunca lograré sentirme como aquella noche de nuevo.

Mi vida no tiene sentido si no la puedo matar de nuevo, lamento no poder volver a amar con tanta pasión, lamento no poder deleitar a las estrellas de nuevo, lamento no poder volver a ejecutar una pieza de tal magnitud. A veces temo que aquel fue el cuarto movimiento en mi sinfonía. Cada día de mi vida se siente como la última pieza del encore; solamente aplazando el inevitable fin del concierto. Cada noche anhelo volver a recibir el ramo de rosas que fueron teñidas en su blusa por la sangre que brotaba de su pecho.

Hoy en día el cuchillo con el que la asesiné, no funciona más que como un arco que toca en las cuerdas venosas de mis muñecas. A veces no puedo evitar pensar que mi sinfonía terminó y ahora estoy viviendo el réquiem que ella escribió para mí justo en el momento en el que murió. No soy más que un violonchelo siendo tocado por la muerte a través del filo de mi propia navaja, cada vena reventando con cada corte, cada acorde acercándome al final, cada nota marcando mi destino; tocando el réquiem que ella escribió para mi entierro.

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