El vals de los monstruos

Sineàd Marti | @_Macorina

Dibujo

En las piernas de papá comienzo a contarle lo bien que estoy. Le hablo de mis amigas, de mis juegos de palabras y de lo que pude leer en el periódico de hoy. Me pregunta si estoy feliz.

-Mucho.

-¿Y por qué ese tono agotado? ¿Te has cansado ya?

-Pasa que jamás había estado todo en orden. Pasa que cuando todo está en su lugar parece que no hay en donde esconderse.

-¿Y de qué huyes? ¿Jamás habías sido feliz?

-Sí, pero jamás con la promesa de serlo el día siguiente, y el que sigue. Y seguir siéndolo incluso hasta el viernes de la semana que viene. (Papá tengo miedo)

-Jamás habías sido tan feliz. (Por favor no llores)

Papá sí lloró esa noche. Pensando en la enfermedad de su hija; en una que no necesita de penicilina ni dientes de ajo.

-¿Temes que te lastimen?

-Mucho peor. Tengo miedo que ellos se enteren.

-¿Quiénes?

Él no sabía mucho, quizás lo suficiente.  Jamás quise preocuparlo. Desde pequeña (a pesar de ello y por ello) fui arrasada por una plaga de monstruos. Por las noches salían de la almohada y me hablaban del futuro: historias malhechas que me hacían quedar ridícula en situaciones poco tiernas.

Siempre me entendí enferma. De a poco me fui acostumbrando a las mañanas de fiebres con sueño, al engaño de cualquier color que prometía un buen día. Para la tarde me dolían todos los huesos como presagiando una muerte en vida. Y en la voz se anidaba el miedo que hoy ya conoce incluso más idiomas que yo.

Con el tiempo aprendí a domesticarlos; haciendo treguas y tratados de paz logré llegar casi entera a estas lluvias de mayo.

-¿Y mamá?

-No me cambies el tema.

-Tú ya sabes.

-¿Te han molestado?

-No mucho desde hace tiempo. Pero deben estar hambrientos.

-Apenas veas uno avísame. Habrá que empezar a poner las trampas y preparar la carnada.

Cuando papá se percató de la plaga hizo de ello su hobby de verano, que en poco tiempo se convirtió en un deporte que lo colmaba de pasión.

Papá no era el tipo de sujeto que le lee un cuento a su hija antes de dormir; él era diferente. A las siete, cuando comenzaba la noche, colgaba por toda mi habitación pequeñas sardinas que sacaba de latas siempre abolladas, con la esperanza de que fueran alérgicos (papá, eso no va a funcionar); maquillaba el suelo con una fina capa de harina, por si había que seguir alguna huella (¿y si quiero ir al baño por la noche?); y ponía un vals. Para que bailaran, tanto que se quedaran dormidos justo en medio de la habitación; entonces papá entraría con una red, los llevaría en auto hasta el aeropuerto y los convencería de ir a probar suerte a París. (Ay papá. ¡Cómo te quiero!)

Él creía firmemente de que se trataba de monstruos mansos que habían encontrado en mí el nido perfecto ya que compartíamos muchas cosas en común.

En un principio, y bajo esa teoría, papá me obligó a dejar las cosas que más amaba. Me prohibió leer, saltar en los charcos, reírme con la boca llena o enredar el cable del teléfono en mis dedos. Pensó que quizás así los monstruos se aburrirían y buscarían a alguien más. Así que lo hice, pero un fuerte resfriado que acabo con mi gusto de dibujar las ramas de los árboles fue lo único conseguido.

Más tarde intentó todo lo dicho por la abuela. Desde tés, hasta ajenjo inyectado en las venas. Nada parecía funcionar; los tratamientos pseudomédicos de papá terminaron por acabarme. Un jueves por la mañana, cuando intentaba encontrar a una bruja que serviría de intermediario en un trato que incluía varios millones de dólares, me vi nostálgica. ¿A dónde irían a parar?

_ ¿Y tú? ¿Tienes hambre ya?

–          Sí.

–          Anda, prepara la mesa. Yo cocinaré algo.

-¿Por qué tantos platos? ¿Tenemos visitas?

-Los he invitado a cenar.

-¿Por qué haces esto?

-Porque son míos.

Papá sonrió y miró al suelo. Creo que me escuchó diferente, porque en su sonrisa había algo más. Me vio grande; me vio más lejos, pero a su alcance.

Sirvió un poco de vino en dos copas, me dio una. Puso un poco de música, está vez era polka.

-No creo que les importe tomar de la botella. No tenemos más copas.

Y echó a reír.

Una respuesta a “El vals de los monstruos

  1. El final de El Vals de los Monstruos es lo que eres ahora, así eres tú para tu papá. No he leído algo mejor.

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