Asistentes indeseados

 Alfonso Blanco |@alfonsoblanco *

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Llegan por grupitos, se esperan unos a los otros en las escalinatas, como si de la entrada a la primaria se tratara. Bolsas de chicharrones con salsa derramándose por el plástico, latas de refresco que crujen al abrirse para dar pasó a un sonoro trago de burbujas.

Irrumpen justo cuando el proyector despide las primeras imágenes. Pensaba que sería otra función vacía de cineclub, con las caras conocidas de siempre, esas que no se dejan llevar por un 2×1 en “la capital del cine”.

Se presenta la película – como se espera que suceda en un cineclub -; diapositivas que corren enumerando los logros del director en turno, una breve sinopsis de la película. Se advierte a los asistentes que la película dura dos horas, una vez iniciada la proyección no se podrá salir. Se pide por favor guardar silencio, esta última petición es básica para la contemplación, degustación o lo que usted guste dentro de las salas de cine. Comienza la película junto con los cuchicheos que no pararan hasta terminar la película; uno que otro celular deja sonar sus ridículos tonos. Ante la transgresión que presenta la película, las risas se dejan oír; uno ya no sabe si son nervios ahogados que se dejan liberar o simplemente la inmadurez de tres filas completas.

Termina la película, me quedo con las ganas de maldecir a uno que otro inoportuno. Corren con sus libretas por el sello correspondiente, han asistido para cumplir con una tarea; ya de un debate o comentarios, mejor ni hablamos.

La entrada a estos lugares es gratuita, y si se llega a cobrar en alguna ocasión es para poder traer películas actuales. Alejados de la publicidad masiva y el público numeroso, los cineclubes representan una alternativa a las cadenas nacionales y su oferta complaciente. En Pachuca, los proyectos son cesados de las forma más ridículas -como les había comentado en un texto anterior- y si siguen existiendo, es gracias a un público escaso, pero que siempre está ahí, semana con semana para deleitarse con el cine. Habría que revisar las estrategias para su promoción, para aumentar el número de espectadores –aunque en mi gusto lo masivo no siempre arroja buenos resultados-.

Lo mismo es en los cines comerciales. La mayoría del público no sabe lo que va presenciar en la pantalla, lo que deriva en una experiencia igual de frustrante. Camille Claudel, 1915; una película que desde la primera vez que la vi en cartelera me sorprendió por el simple hecho de estar ahí. Planos largos, Juliette Binoche abarcando con su hermosura la cámara, otra vez planos largos. Definitivamente una película cargada de dramatismo que no tiene otra forma de ser narrada, simplemente debe presentarse como una tortura. Una tortura que puede desembocar en el público acostumbrado a efectos por borbollones y actuaciones esporádicas. Diez espectadores entramos a la función, de esos diez, sólo quede yo.

Otro ejemplo, Amor Índigo de Michel Gondry, en la que se hace evidente el desmedido uso de ingeniería visual hecha a mano. Imaginemos que nunca hemos visto una película de Michel Gondry. Traten un poco más e imaginen que sólo ven películas de la talla de “Solo dios perdona o “Iron Man”; por asares del destino, estamos presentes en el estreno de la película. Viernes por la tarde, la mayoría de la gente ocupa el cine como mera sala de espera para al salir desfogarse en los bares y antros de la ciudad. Si lo vemos de esta forma, la experiencia puede resultar aburrida y desastrosa. Más si eres el tipo que le tocó sentarse atrás de Alfonso Blanco. No dejas de decir sandeces acerca de lo que pasa en la película, te parece simple cursilería el uso de ciertos aspectos visuales y justo cuando la película se extiende en planos largos, te pones a roncar. Es casi seguro que Alfonso despida una que otra grosería sobre tu existencia. No lo dejas contemplar una película que creía jamás llegaría a Pachuca, y para empeorar las cosas, no le salió barato invitar a su amiga al cine.

Soy enemigo de la división en el cine. Si algunos enuncian el cine de “arte”, hay otros que reaccionan agresivamente ante la idea de que este brinda películas aburridas. Están los otros, que se ponen su pose ofenden y actúan como verdugos ante todo lo que sea comercial. Hay que desmitificar estas dos opiniones sobre el cine, lo que llamamos “cine de arte” no debe ser siempre aburrido, y no todo el cine comercial es malo. De igual forma habría que formar una mente crítica en los espectadores y de esa forma crear un público capaz de elegir lo que quiere ver.

En el debate que parece nunca acabar entre que si el cine es arte o es entretenimiento, me gusta concluir con una reflexión de la crítica de cine Pauline Kael, donde afirma “todo arte es entretenimiento –Si no, ¿qué es? ¿Castigo?

*Originalmente publicado en por el mismo autor http://revistasurtidorico.blogspot.mx/

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