Muerte en la calle Guerrero

Sineàd Marti | @_Macorina

Dibujo

Espero que se me perdone el atrevimiento de esto que voy a decir. Se trata de unos cuantos renglones que dedico a mi Guerrero de hace 20 años, a los que lo han dejado y a los que vienen llegando, pero sobre todo se lo dedico al hombre que solía barrer la banqueta a eso de las 11 de la mañana, con su bata azul y sus tonos plata en el cabello.

Desde pequeña me crié entre las viejas y tradicionales calles que se cruzaban con la aún más grande calle Guerrero. Crecí en el departamento #4 de un edificio en la calle Rosales. Cuando cumplí los cuatro era capaz de divisar con precisión de reloj cualquier sonido típico de esos rumbos: el claxon de los autos cuando la pipa de gas decidía impedir el paso, el señor que vendía garrafones de agua, la vecina encolerizada por la constante falta de agua en la colonia, los fuereños con acentos raros que llegaban al motel de quinta al fondo de la calle.

El adoquín mal logrado hace por esas calles un camino directo a las más viejas generaciones de pachuqueños. Guerrero es hogar de una diversidad cruda de personajes tristes y otros no tanto. Como aquel hombre que fuma una cajetilla de Delicados a diario, el que perdió todo en la inundación de 1949, está la anciana con su esposo ciego que esperan vender chocolates, el “español” que apenas sale el sol y toma el café en un hotelillo cercano con sus amigos, el payaso con disfraz y a veces sin él, los viejos de la tienda de Rosales.

La pollería que antes solía ser una nevería, una pizzería, una panadería. La paletería que en el pasado era una Kodak, que antes era una zapatería. La mercería, ahora una tienda de ropa. El puesto de periódico. El estacionamiento de “Polo”. Cada parte de esa calle tenía su encomienda, su estrategia de estar ahí, como la cocina, los dormitorios, el balcón.

Pero el tiempo hace lo suyo y pasa. Estos últimos años pasó mil veces por cada lugar; arrasó con todo. Se comió las palomas, los postes de luz, el desfile de los reyes magos. Se llevó a la mujer vieja que caminaba a paso casi nulo para llegar al mercado, se llevó a Cuca con su cabello blanco y su empleo en la tienda de tejidos, desapareció al hombre sapo que tomaba coca-cola a primera hora de la mañana. Incluso sospecho que el hombre de los Delicados ha dejado de fumar.

Mi calle Guerrero ha cambiado de una forma tan pronta que apenas he tenido tiempo de extrañar. Pero fue hace pocos días que me ha llegado la noticia que derrama un vaso que no creí ni siquiera medio lleno. Hoy se fue uno de los hombres que fundó mis recuerdos más antiguos, el señor que se daba a la tarea de palomear en mi lista de útiles en la primaria, el que surtía con lápices de colores y estampas mis tardes más aburridas. Pero no quiero hacer de ello un circo; tan sólo darle la importancia que su partida merece. Porque su vaivén en el oficio de nuestra rutina Guerrerense y el rumor de haber sido un buen guitarrista deja un hueco en el día a día.

Lo que quiero decir es que su partida ha inaugurado la presencia de ese preludio que habla del futuro. De los próximos adioses. Pronto las caras nuevas serán mayoría, y los adoquines serán reacomodados.

Ya puedo notar con mayor facilidad que las calles se llenan de niños nuevos, de mujeres que se vuelven a enamorar; llegan nuevas generaciones y va desapareciendo el guerrero de mi infancia.

No faltará mucho para que las mismas calles viejas alberguen nuevos “suyos” que como yo cuentan su historia.

Yo le deseo a mi calle Guerrero el mejor de los tiempos. Que no se aburra nunca de lo que mira de día y lo que envidia de noche. Que cuente historias de amor; que mire como acto heroico la marcha nupcial que hacen las prostitutas para llegar a los hotelillos de Rosales. Yo le pido que envejezca.

Pero sobre todo le pido que recuerde a los que moriremos lejos.

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