El niño romántico

Martín Juárez | @mmmartin26

Suave brisa, de sol artero,

Cuantiosa libertad holgada

            De viento frío,

Aires de cuando era niño,

Tierna paz, tierna ausencia,

Sobrio amor, amorosa afluencia.

viajero

No fue hace mucho cuando la Sierra Madre Occidental se extendía por debajo de mis ojos y la ventana del auto me hacía sentir como si el mundo estuviera dentro de laguna vitrina (o al revés). Tal vez haya sido porque el mundo contenido en la sólida y necia construcción aflorada del silencio es para un niño, lo que para un hipopótamo es el ballet.

Mirar hacia abajo y percatarse de una altura enorme cuando a una edad, todo parece particularmente grande, y la catalogación de la pequeñez del ser humano; son estas cosas que destapan a la mente. En cierta forma, siento que fue de las primeras ocasiones en que tomé la semblanza de una consciencia sobre la contemplación. Se trata de mirar hacia abajo y no poder ver ningún suelo, sentir un vacío; sentir algo lleno, completo.

La idea de mirarme a mí mismo como un niño mirando a las montañas, me recordó a las pinturas del período romántico cuando un personaje se encuentra al frente de un paisaje más grande que toda la humanidad en sí misma. Es la misma contención de esta fascinación por la grandeza y los efectos que tiene esta sobre el futuro del ser humano que es cambiado y transformado por la consciencia de ser nada. O de tender a la nada. Aunque el hombre esté por encima de la naturaleza y sea necesario para el conocimiento, tenemos entendido que aquello que tiene metido en la sangre es algo más grande que sí mismo.

Contemplar es fascinarse por un algo, es quedarse adscrito en una afluencia, en la mera esencia de la observación.

“Entiende a una flor, y entenderás a todo el universo”.

Decía algún dicho moderno. Escuchar y abrir los ojos es entonces el primer paso para dirigirte hacia ir a un camino que depara ignorancia y tristeza, y grandeza y sabiduría. Conocer más es conocer poco. La ciencia y el arte tienen un origen común en la traslación del deseo humano en su generalidad más rasa. Es casi certero (y curiosamente, indemostrable) que poseemos una necesidad periódica por observar lo que alrededor del pensar y la búsqueda de la admiración.

friedrich-voyageur

Es raro que suela escribir sobre experiencias personales. Sin embargo, creo que no me llega mejor ejemplo para poder tratar de recordar mi  primer contacto con una tendencia romántica del método de la evaluación de lo cognoscible. Soy (y en cierto modo, por eso se comenzó hablando de la mente de un niño) un fiel de un Hegel que escribió que nada grandioso en este mundo pudo haber sido hecho sin pasión. La adoración por cualquier cosa en este siglo viene de una costumbre ya intrínseca y necesaria (muy a pesar del período posmoderno) en la consciencia del día a día. Es la pasión misma el carbón que mantiene a los trenes y barcos de la mente andando, actuando, soñando.

Mi consciencia (y hablo de ella para poder ejemplificar algún caso), o parte de ella, llegó a mí en algún punto de la tierra fértil de esas altas montañas vestidas con bruma y el más profundo silencio. Moverte a través de tanto camino es como andar.

Y andar es ciertamente una manera de volar. Y ser libre es entender algunas de estas cosas y el proceso necesario de la autoconsciencia de estas capacidades más allá de los ataúdes o los orígenes. Pero este mundo provee en el pensar diario de un niño, adulto o viejo, la oportunidad de quedar completamente anonadado por algo que está muy por encima de su raciocinio. Y es que así nos pintamos todos de un color y muchos. Y así nace el conocimiento de que se quiere conocer. Se infunde y se acaba de construir en la más trémula duda, el instante que regala la llave a un hombre a ser libre. El hombre se rescata entonces, a sí mismo de su propia ausencia. El hombre es dialéctico y pulcro, sucio y apasionado.

El hombre (se dio cuenta el niño) está hecho para andar para ver flores y montañas; aunque lo más probable sea que nunca jamás entienda nada de ellas.

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