Epitafio de una Lolita

Sineàd Marti | @_Macorina

Dibujo

Existen mil maneras de hacer llamar al cuerpo. Hay más atajos para sentirlo en la noche de los que imaginamos. En mi caso muevo los dedos. Llamo con voz ronca a mis senos. Les digo que aguarden.

En la humedad de mi piel y el sudor de mi nuca nacía todos los días la esperanza de ser el conejillo de alguien. De encontrarme deliberadamente a merced de una pinzas que inspeccionaran mis entrañas, que diseccionaran mi cuerpo y lo dieran a los perros.

Pero sólo pedía una cosa a cambio. Manos viejas. Terminarme de a poco entre manos cansadas. Con venas saltonas, señor. Y las canas en la boca.

Esa soy. La niña que no jugaba a las barbies. La barbie que quería que jugaran con ella.

Apenas brotaba de mi pubis la juventud y ya era capaz de identificar con astucia de tigre quien encontraría en mi piel nido a su mordida. Deambulaba con pantaletas multicolores y calcetas largas en los tobillos; era un atuendo que me sentaba bien. Me fumaba el polvo de los gises y exhalaba en los labios de los bobos de mi clase las ganas de algo más. Mascaba chicle color púrpura y caminando meneaba el culo por si alguien miraba.

En mis ratos libres, además de mirar los tonos grises de todo lo nuevo, solía disfrutar de sentarme en las piernas del afortunado que podía tronar mi bomba de chicle con sus labios. Y reía. Reía porque no podía entender el impacto de mi astucia. O reía por tonta. Lo que sí parece quedar claro ahora era que jamás dimensioné el tamaño de mis hazañas: mirarle la cara al mundo en unas piernas que me quedaban grandes, burlarme de los que sentían vergüenza recargada en un respaldo de labios secos con olor a café frío y saliva de minutos atrás.

Siempre encontré en las ojeras de los rostros que ya colgaban una promesa de noches largas; en los ríos de las frentes de hombres cansados sabía que, contra todo dato científico, había mar. Era lo suficientemente ingenua de pensar que en las cuencas de ojos viejos encontraría los dedos que me faltaban. Así parece. Mis afectos eran tan viejos como mis padres.

Entonces me presento: soy una puerca. Y no sé si es pregunta.

Alguna vez cuestioné por mis razones. Nadie supo responderme. Ni siquiera yo. Opté por pensar que mi alma había sido ultrajada por intereses del destino poco benignos que hacían que todo lo mío se tiñera de tiempos más pesados.

De ahí que me declare una amante del tiempo. De lo que hace, pero sobretodo de lo que deshace. Del polvo de lo que solía ser y ya no. De sus juegos histéricos en los que uno debe fingir no darse cuenta de todo lo que le quita. Soy una amante de las ruinas del hombre, de lo que la vida deja como sobras de él; y como buena amante también me dejo querer. Entonces no me queda más y me hago vieja; y las gomas de colores, el labial rojo y los brillos en los ojos desentonan con lo que la vida exige de mí. El disfraz de lolita me viene quedando ridículo.

Ya llega la siguiente estación. Y con un leve tintineo se abren nuevas puertas. A nuevos hombres. Subo un escalón y de pronto estoy a la altura de lo que existe y de lo que puede ser. Dejo de cruzar la pierna en clase; de animar a los amigos de mamá.

Empiezo a ser mujer. Real. No niña. No niña-mujer. No mujer malhecha. No niña hipócrita. Crezco.

Me despido de mi lujuria inmaculada, le doy un beso a mi inocencia soez; me quito los zapatos y fumo un cigarrillo. ¡Alguien que me traiga una taza de café sin azúcar, que estoy ocupada leyendo el periódico!

Señores, me voy que estas trenzas ya me aprietan.

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