El arquitecto como ornamento

Luis Xocoyotzin / @LuisXoco

Rocinha-Favela-5

El 90% de las construcciones contemporáneas no involucran la participación de arquitectos, mayormente las edificaciones de orden particular habitacional. El arquitecto, como profesionista, se ha convertido en un objeto de lujo, un producto de superfluo, que sólo está ahí donde hay dinero.

La participación de las firmas arquitectónicas y los negocios dedicados al diseño y construcción se centra en los grandes proyectos, en la competencia por obtener un puñado de clientes que son los únicos dispuestos a contratar arquitectura, ya que su plan necesita delegar ese trabajo ante la magnitud del asunto, ya sea un centro comercial, un edificio de oficinas o una masificación desmesurada de “casas” en conjuntos habitacionales de clase media baja.

La casa habitación que no está en una conglomeración absurda de multifamiliares ha dejado de estar en la mira y en la acción de los arquitectos, a menos, claro, que se trate de una casa que supere cierto monto y sea de cierto cliente (dispuesto a contratar los servicios).

Es claro entonces el porqué la gente pretende “ahorrarse” los gastos que implican la contratación de servicios arquitectónicos, prescindiendo de un profesional que al final les aportaría más bien poco y es incapaz de conectar con un presupuesto bajo.

Aunque claro, también existe el arquitecto mediocre, aquél que termina siendo un esclavo de la corporación y es incapaz de seguir aquella voluntad que lo impulso a estudiar un arte (sea lo que sea lo que aparece en su cheque mensual).

Todo esto nos ha llevado a tener un sinfín de construcciones pobremente construidas, con métodos casi obsoletos para la edificación y planeación para la habitabilidad verdaderamente denigrante y contraproducente, desde casas con iluminación hacia la colindancia, habitaciones definitivamente sin iluminación ni ventilación, hasta construcciones que se caen ante la falta de noción básica de la física y los materiales.

Ahora bien, este problema bien puede atribuírsele al cliente que prefiere ahorrar unos centavos sin darse cuenta que a la larga involucrará una perdida mayor de dinero, pero está también el arquitecto que no trabaja por la arquitectura, sino por el negocio. Y más allá de moralismos baratos, estamos ante la contradicción de dedicar la vida propia a una disciplina dedicándonos a otra.

Se ha logrado transformar los servicios que en esencia buscan mejorar la calidad de vida de la humanidad en un artículo sólo a disposición del dinero, para que después ni si quiera sean capaces de verdaderamente enriquecer la vida de los que habitan lo que creado, únicamente favoreciendo la continuación del proceso, atentando contra el propio mundo y la gente.

Se cobra caro –cuando se hace-, se diseña mal y no se mejora la calidad de vida cuando se construye, pero se logra “algo bonito”.

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