Petit chien

Sineàd Marti / @_Macorina

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Esta semana  vengo con elucubraciones de segunda mano. Verán, esta semana pretendo hablar de mi mascota favorita. Vengo a decir lo que sea acerca del mejor amigo del hombre.

No fue hace mucho cuando recibí en casa al pobrecito. Recuerdo como si hubiera sido ayer (¡ja!) haberlo encontrado frío, perdido desde hacía quién sabe cuánto; con sed demente. Para mi sorpresa no padecía de pulgas y, contra lo que podría pensarse, en su andar parecía conocer caminos que tenía predichos: apenas encontró la puerta y entró corriendo sin importarle el lodo que traía con él, su poca estética, su olor bizarro y su falta de maneras.

Petit chien; eras tan sólo un cachorro apenas un tiempo atrás. Con tu emoción rimbombante que hacia ruidos por doquier. Tu poco conocimiento de la vida y las cosas que pasaban a tu alrededor; la falta de pericia con tus maneras de dejarte querer.

Mi pequeño no tiene cuatro patas; en realidad no sé cuántas tiene; importa poco cuando se le ve veloz emprender sus vuelos. Su saliva despide olores fortísimos que hablan de todos los lugares que ha recorrido.

No hizo falta ponerte un collar. No te puedes perder. Nadie busca robarte porque todos tienen un amigo como tú.

Tenía quince cuando llegaste a casa. Evocarlo es tan fácil como mirar una fotografía: estaba ahogada en mi sudor, con mi cabello a la altura de los hombros, el flequillo empapado,  las piernas mal abiertas, encima de una cama arrasada y con el miedo más grande que he sentido atorado en la garganta.

Apenas tuve tiempo de mirarte moviendo esa cola tan tierna cuando Maic me embistió; todas mis entrañas parecían haberse movido para hacer un lugar a su “big-friend”, como solía llamarlo él. Cuando comenzó el vaivén tosco de su pene te escuché ladrar, que ansioso parecías.

Desde ese momento y hasta ahora no me quejo de lo que implicas, mi petit chien.

Aún te dejo agua antes de ir de vacaciones con ternura materna; te saco a pasear incluso en días lluviosos. Limpio resignada tu mierda cuando ensucias mis cosas favoritas. Y sobo tu lomo para que duermas cuando te duelen las patas de tanto trotar. Cuando el amor no está en temporada busco con gusto lo que pueda para alimentar esa barriga enorme que tienes ya: mensajería instantánea barata o la prestidigitación hábil que heredé de mi poco talento para tocar el violín.

Con los años he aprendido a jugar contigo: comprando condones baratos, evitando revisiones innecesarias con el ginecólogo, aprendiendo  de a poco el arte del sexo oral.

Pero ambos sabemos que no todo nos ha sido fácil. ¿Recuerdas, petit ami, los minutos insoportables que pasaba en el inodoro esperando que chorreara la orina sobre la prueba de embarazo? ¿O los tragos amargos que Robert me hacía tragar cuando terminaba sus trabajos sucios en mí?

Soy una buena ama. Lo puedo presumir. Tú también puedes hacerlo. Todos deberíamos serlo. Porque no es difícil querer a algo como tú.

Creo, incluso que debería ponerte un nombre.

 

 

 

 

 

 

 

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