Tremens

Eduardo López / @Loedru

callesoledad

—¡Lárgate, borracho miserable! —se oyó el grito del viejo, desde la puerta de la cantina por toda la calzada hasta la peluquería; al poco tiempo en un par de casas se encendieron las luces, que instantes después se apagaron. Un poco aletargado, se sentó en la banqueta: puso la cara sobre las manos, los codos en las rodillas. Suspiró unas cuantas veces. Con la visión borrosa intentó ver la hora en su reloj: las 2:49, o 45, o las 3:00, no sabía. El escaso alumbrado público no era un buen aliado en esos momentos. Sentía la necesidad de ir a su casa y dormir un poco, pero con solo pensar en los alaridos de Julia al verlo entrar por la puerta se arrepintió; además, no se arriesgaría a que lo asaltaran por tercera vez en el mes durante el recorrido de al menos nueve cuadras más para llegar a su hogar. Su estado físico era crítico. Se levantó con mucho cuidado de la banqueta y caminó en sentido contrario de Julia. Debo encontrar un lugar dónde dormir, pensaba a cada paso, pero incluso el motel más cercano se encontraba más lejos que su casa. Media manzana después, se topó con una funeraria y la idea de seguir buscando una posada le pareció ridícula. Echó un vistazo a su atuendo: camisa rosa, pantalón de gabardina negro, un bléiser oscuro y mocasines; pasaría desapercibido. Entró a la recepción de la funeraria y, como un hambriento comensal en un restorán, decidió elegir de entre los velorios que se anunciaban en la pizarra. Beatriz Zúñiga, no conozco a nadie con ese apellido; seguro nadie me reconocerá, y se dirigió a la Sala 3 en el segundo piso. Plañideras al costado del féretro, familiares haciendo chistes en una esquina; un par de señores fumando como si no hubiera mañana, y en unos sofás, su utópico oasis: los familiares durmiendo. Se sentó disimuladamente a lado de una señora que mantenía su barbilla sobre el pecho. Imitándola, cerró los ojos.

—¿Qué era de ti, hijo? —susurró la mujer. Apaciblemente, abrió los ojos y volteó a verla con detenimiento. Le pareció más vieja que antes de sentarse.

—¿Perdón? —respondió con cierta indiferencia.

—Sí, ¿qué era Betty de ti? ¿Eran amigos o…—y un silencio incómodo interrumpió la charla.

—No… no precisamente. En realidad…verá…

—Por supuesto, ¿cómo no me di cuenta antes? Eres Joaquín, ¿verdad? —interrumpió la anciana, disimulando un poco su aflicción. El joven se desconcertó y fue hasta entonces que atendió de lleno la conversación—. Nunca olvido una cara, hijo; y menos si se trata de alguien que era tan especial para mi Betty —una lágrima zigzagueó sus arrugas. Jamás había visto a esa mujer en su vida; ella le hablaba con una familiaridad  sobrenatural.

—¿Y usted es…?

—Soy su abuela., Joaquín —lo miró con desconcierto—. Bueno, era —y rompió en llanto. Él no supo cómo actuar; pensó abrazarla para tratar de calmarla, de otra forma no lo dejaría dormir.

—Ya… ya pasó señora. Mire, llorar no le servirá de mucho; mejor intente descansar. No tiene que seguir así.; no tiene sentido, todo estará bien —intentó tranquilizarla.

—Eres un buen muchacho, Joaquín. Por eso mi Betty te quería tanto —tomó una pausa para respirar—. Cada que hablaba de ti, su mirada se llenaba de un brillo tan especial… Y su sonrisa… —y sollozó un poco más.

            Su malestar se había incrementado considerablemente: ahora no sólo necesitaba dormir. Comenzó a sentir escalofríos, mareos y un dolor gástrico profundo. La frecuencia de sus palpitaciones oscilaba peligrosamente; el sudor ahogaba su piel, y su voz era apenas descifrable. Por si fuera poco,  la confusión en esa situación, que se salió completamente de sus manos, lo obligaba a permanecer en el funeral.

—¿Un café? —interrumpió una niña. La había visto cuando entró, andaba de un lado a otro, con vasos en la mano, presumiendo una sonrisa inocente.

—No molestes a Joaquín, Marianita —replicó la mujer.

—No, de ninguna manera, no es ninguna molestia. ¿Podrías traerme uno, pequeña? —aceptó él por cortesía, creyendo inocentemente que aminoraría su desazón.

—Sí, señor —y de prisa, la niña los abandonó corriendo. La anciana se reincorporó.

—No hubo uno a quien quisiera como a ti —dijo la abuela de Betty, mientras apretaba con firmeza la mano derecha del joven—. Deberías hablar con sus padres; están devastados. Tal vez hablar contigo les pueda ayudar, aunque sea un poco,  a aminorar su pena.

En ese momento perdió toda intención y esperanza de dormir. Estaba intrigado e inquieto. Su cuerpo era un templo de culto al sufrimiento; su sintomatología no disminuía, y poco a poco fue cediendo al cansancio. No sabía cómo se había enrolado en ese embrollo. Por otro lado, no podía conversar con los padres de Beatriz, porque de inmediato lo delatarían con la abuela, pero si no lo hacía la anciana insistiría y todos se darían cuenta de su teatro. Decidió acercarse lenta y cautelosamente a los señores, para no advertir su presencia, en lo que se le ocurría algo. En el breve trayecto pudo escuchar su plática:

            —¿Por qué, Matilde?, ¿por qué fue así?

            —Por amor, Octavio —contestó con relativa tranquilidad la esposa.

            —¿Tanto lo amaba? ¡Si es un desgraciado!

            —¿Lo dudas aún? Tenían años sin verse; no estuvieron más de una hora juntos y fue capaz de dar la vida por él —susurró la madre de Beatriz. Un escalofrío recorrió de pies a cabeza el cuerpo del entrometido.

            —Tu café —intervino la niña con dulzura en el momento más inapropiado. Pero para él, su voz era como el grito de mil demonios que taladraban sus oídos. Los padres de Beatriz voltearon, detectando la presencia del joven. La niña con la mirada fija en él extendía la mano con el vaso de café.

            —Muchas gracias, pequeña —se adelantó y tomó la bebida derramando un poco por su temblor generalizado. La niña con un gesto despreocupado abandonó la escena para seguir ofreciendo bebida a los presentes.

            —¿Se te ofrece algo? —anticipó el señor.

            —No, nada particular, sólo quería… despedirme de Betty… eso es todo —tartamudeó mientras se acercó al féretro. Pudo ver el rostro de Beatriz. Es hermosa, y lo repitió cientos de veces en su mente. Era una mujer alta, delgada, con pómulos apenas marcados, nariz respingada, pestañas largas y rizadas, labios anchos y particularmente rojos,  y un pelo castaño claro que enmarcaba su angelical cara.

            —Perdón —interrumpió la madre con un gesto de desconfianza—, ¿eras su amigo?

            —Sí señora, soy Joaquín —dijo por inercia. La pareja se heló: su sobresalto era muy evidente. El párpado izquierdo de la mujer temblaba aceleradamente y los puños de su esposo se hicieron roca.

            —Joaquín… —dijo entre dientes el padre. Un silencio extenso sucedió. El joven se percató que su identidad emergente seguiría funcionando y continuó con un poco más de alivio.

            —¿Nos acompañarás también mañana? Desde donde esté, ella lo apreciará mucho —advirtió la madre con lágrimas en los ojos.

            —Sí, por supuesto. Aquí estaré. Pero por ahora tengo que irme, en casa deben…

            —Quédate a velarla —replicó con firmeza el padre, apresándole el brazo con fuerza—, sabemos cuánto se querían—. Los padres permanecieron a un lado del ataúd y el muchacho regresó al sofá donde estaba la abuela de Beatriz. Se sentó, nuevamente, junto a ella.

            —No pude consolarlos mucho —se dirigió en voz baja a la anciana, pero ya había caído en un sueño profundo.

            No entendía nada de lo que estaba pasando, estaba inmerso en una vorágine de problemas sin razón aparente, salvo la de querer descansar en un lugar tranquilo. En ese momento, la idea de regresar a casa y arriesgarse a que lo asaltaran le pareció magnífica. La situación en la funeraria era terrible. Al parecer todos los presentes creían conocerlo y a él todo le resultaba desconocido. A pesar de eso, sentía cierta compasión por los padres; era una muchacha muy joven y preciosa. No dejaba de pensar que todo ese asunto encerraba más que coincidencias. Deseó haber tenido por lo menos una gota de alcohol en la sangre. Echado a patadas de un bar por no consumir y a dónde vine a caer, se dijo a sí mismo riendo en silencio. La ansiedad lo devoraba y el café había asentado sus gastritis. Su malestar iba a la alza. Sentía que el nerviosismo y la jaqueca lo mataban.  Pasó toda la noche en vela, como Betty, según sus padres, hubiera deseado. El zumbido en sus oídos fue arrullándolo. Debe ser el Tremens, sólo eso, pensó antes de que el sueño se perdiera para esa madrugada. Para ese tiempo su cuerpo era una gelatina y el sudor no cesaba.

            Al amanecer se llevó a cabo la misa de cuerpo presente. No había podido dormir ni un segundo, y junto con los padres de Beatriz había sido el único en vela. En ese momento, cuando el sol apenas se asomaba, tenía el pretexto perfecto para salir corriendo a  su casa a descansar, pero sintió la obligación moral de esperarse un poco más de tiempo. La fatiga física le exigía una tregua. De vez en vez, se acercaba al féretro y se lamentaba al asomarse a ver el tierno rostro de la mujer. Repitió esta rutina hasta que el funeral terminó. Los escalofríos y el mareo iban en aumento; su visión se nubló y la debilidad se apoderó de él.

            —¿Tienes en qué irte al panteón? —le preguntó la abuela. Una vez más, Joaquín se vio comprometido.

            —Preferiría ir a mi casa, es cuestión de minutos y los alcanzaría allá —intentó librarse.

            —No seas tonto, te bañas después; ni modo que andes todo el día lleno de tierra de panteón. Vente conmigo, la funeraria tiene un camión que nos llevará a los que no tenemos carro.— Apenas terminó de convencerlo, vio pasar junto a él el ataúd con el cuerpo de Beatriz. Lo terso de su rostro lo hacía pensar que seguía viva. En cuanto sacaron la urna de la sala, su corazón se estremeció y la angustia lo doblegó.

            Durante las dos horas de camino al cementerio mantuvo la mirada fija en la carroza fúnebre. El camposanto estaba a las orillas de un pueblo colonial de aparente estilo español —con chozas coloridas, pero de tejas inglesas, y un peculiar olor a encino que se filtraba ligeramente hasta el camión donde Joaquín viajaba—, justo en las faldas de un cerro. Las tumbas y capillas iban siendo construidas de base a punta: hacían del lugar una especie de pirámide artificial. Acompañado de la abuela, seguían a los padres y al ataúd. Subían el monte esquivando las ramas y raíces de los árboles, los improvisados monumentos y las imperfecciones del mismo hasta llegar a la tumba justo a la mitad del cerro. Para ese tiempo el clima era espantoso: la neblina impedía la visión a más de cuatro metros y el frío empezó a hacer rechinar los huesos de todos. En algún momento de la subida el muchacho se separó de la anciana y terminando junto a una pareja de desconocidos.

            —Sí,  de veras, fue por ese tal Joaquín —susurró la mujer.

            —Pensé que había sido un accidente.

            —No, no lo fue, ella se sacrificó para salvarle la vida —dijo con menos disimulo.

            —¿Y él dónde está? —contestó con cierto morbo el hombre.

            —No lo han visto desde… , bueno, desde que la atropellaron.

                De pronto las nauseas sofocaron al joven. Su inquietud lo consternó y una cascada de malestar lo paralizó: agitación, irritabilidad; miedo y fatiga; un sinfín de sensaciones que lo tenían al borde del delirio. Intentaba mantenerse ecuánime e imperceptible. Miraba con atención cómo el féretro descendía mientras su angustia le descuartizaba el corazón. Se arrojaron las últimas paladas de tierra; se cimentó la lápida y la gente comenzó a abandonar el cementerio. Permaneció inmóvil, invisible a los demás, hasta quedarse solo junto a la tumba de Beatriz. Se arrodilló delicadamente encima del sepulcro, acariciando el epitafio grabado con el nombre, que hasta hace unas horas, no conocía. Sollozó las palabras más dulces que se le ocurrieron. Había perdido completamente la voluntad de su cuerpo. Intentaba resignarse, pero la desesperación le desató el llanto y, a consecuencia de sus rabietas espontáneas, serió golpes a la lápida con su cabeza. Una espada había partido su alma en dos: el amor de su vida, había muerto por él; y él, ni siquiera la conocía. El sudor de su cuerpo cesó. Quedó paralizado, en posición fetal, sobre la tumba. La sangre, densa como la niebla que lo cubría, salió por su boca. Debe ser el tremens, pensó.

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