La sobremesa

Miguel Cortés

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Alguna vez creí saber que cambio, creía saber cómo fue que en un pestañeo este mundo se cambio de galaxia, creía saber porque las penas de la gente acontecían. Y vaya que duele, que duele saber que en realidad no sabes nada, que todo lo que para ti está bien se hace al revés y que si lo haces al revés no está bien. En este mundo el bien no hace feliz a todos, es un juego relativo en el que jamás seremos felices juntos, de hecho la felicidad siempre se logra a costa de otros directa o indirectamente.

¿Y qué si te dijera que hacer lo correcto condena a medio mundo? ¿Y qué hacer lo malo salva al resto? Maldigo las reglas de esta imposible existencia, maldigo el frasco vació en el que se nos ha impuesto vivir, sin esencia,  sin sentido, sin objetivo, existir por existir y comer por comer, cada movimiento aparenta llevarnos a un lugar diferente pero nada es real, es solo un espejismo mientras nuestra moral, nuestra alma y nuestro intelecto no podrá moverse de lugar jamás; lo único real y absoluto es la incapacidad para mejorar esta tragedia que llamamos humanidad.

¿Pero como podría ser nuestra realidad una mera tragedia? Si somos nada más y nada menos que la máxima creación de algún dios o dioses según su lugar de nacimiento decidido totalmente al azar en el globo (aun así creeremos ser un poco más sabios que el resto en cuanto a religión).  ¿Es acaso nuestra creación una equivocación? Si lo fuera dolería aceptarlo, dolería no por el hecho en sí, dolería porque hemos pasado los milenios creyendo que el universo se hizo para nosotros y solo para nuestros egos de mil colores. Existe el consuelo por lo menos, de que de ser esto verdad, nuestra existencia como un error sería menor, tan solo un pequeño tropiezo de los dioses, incluso tal vez un experimento enriquecedor en materia del estudio de las sociedades complejas, sin ningún sentido para nosotros pero de alguna manera arroja la esperanza de que algo superior aprenda de nuestra destructiva naturaleza.

Y es difícil estar aquí en esta mesa sentado rodeado por la multitud, y saber que todos en el fondo lo saben, que no somos más que una gran falla, que los que han tocado fondo han sido ayudados pero que cuando han estado a punto de salir del hoyo han sido jalados de vuelta por las millones de manos siniestras mientras sus respectivas diestras dan saludos en nombre de la paz. La hipocresía no puede criticarse en estos tiempos porque ha pasado a ser una herramienta de sobrevivir contra enemigos y amigos. ¿Y que más me queda? Que reírme de la desgracia de otro, que simpatizar con los que me dan de comer, que no impresionarme ante el hermoso canto del pájaro, que condenar a mi prisión mental lo que de verdad pienso de todo este ridículo teatro.

Yo sé que lo intente, intente conservar la esperanza, pero esta atrajo a los cuervos que viven de ella, y yo sé que lo intente, que intente olvidar que ya no existo, porque no estar vivo es lo mismo que la idea de saber que al final no existirás, sé que esto sentiría alguien que ya ha muerto conociendo el destino que a todos nos espera. No hay arrepentimientos esta vez, si acaso unos cuantos pero nada que no pueda componer en la vida que me espera, solo espero que si he de renacer de nuevo, que mi hogar sea en otro mundo, otra dimensión, incluso otra gran explosión, porque sé que de volver aquí solo viviría un minuto, el minuto infame que me tomaría volver a juzgar está vacía existencia.

Tengo un remedio temporal, podría dejar de pensar por un momento, me levanto de esta mesa y salgo del restaurante. Los rostros de la gente, los he visto antes, se cómo reaccionaran a cualquier circunstancia, sé que en sus mentes somos arrojados a los lobos, pero eso ya no importa, ya no importa nada, solo importa saber qué es lo que nos espera. Las hojas de otoño crujen en el suelo al pasar los fantasmas tratando de advertirnos, así que estemos preparados para el momento, no, no para evitarlo, solo para ir en ese momento a un lugar lejano en nuestras mentes, y entonces cuando la resignada anestesia recorra nuestro cuerpo, dejaremos que suceda, no perderemos nada, porque ya nada queda.

 

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