Good Old New York

Sineàd Marti / @_Macorina

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Esta semana nuestro querido director editorial me sugirió escribir una crónica acerca de los días gastados en la ciudad de Nueva York. Como pocos saben, mi padre eligió esta ciudad para pasar el verano conmigo y mi hermano.

Poco me entusiasmaba la idea de hablarles acerca de lo que hice y de los lugares que visité. Entonces se me ocurrió contar una de mis historias contextualizada en los lugares que visité; con la esperanza de resolver el problema de que a nadie le interese lo que yo pueda estar haciendo.

 

  • Tómamela acá…pero que no se vean mis zapatos…
  • Tres…dos…ya está
  • Tómame ahora una así
  • ¡Venga ya! ¡te he tomado como siete ahí!

Edith siempre era así; siempre buscando la perfección hasta de una fotografía; quizás por eso me enamoré de ella, o más aún quizás por eso algún día dejaré de quererle.

  • ¡Mira, Marc! ¡Podemos escribir nuestros nombres acá!
  • No traigo nada…¿tú traes un lapicero?
  • Aquí lo tengo.

Marco y Edith han visto juntos el Hudson; se han besado a las afueras de Manhattan y lo harán llegando al otro extremo del puente.

Julio 2014

¡Ay Edith! Tus maneritas de predecir el futuro me parecen burdas porque siempre haces trampa. No logro aceptar tus artimañas para eternizarnos, de decir en dónde he de morir y en dónde me han de enterrar.

Voy a dejarte Edith, pero antes quiero amarte como nunca. Que se me acabe el corazón para cuando tenga que marcharme.

  • Te amo.
  • Te amo también.
  • ¿Qué quieres hacer ahora?
  • Tengo hambre; busquemos un lugarcito
  • ¿Regresamos a Manhattan o vamos a Brooklyn?
  • Vayamos a Brooklyn, ya estamos casi cerca…

Llegamos a un lugarcito poco modesto pero barato, “Clark’s”, en donde todo el personal parecía entendernos, pero decidían siempre optar por el inglés. Cuando fui a los baños pude corroborar que, en efecto, todos hablaban español, y que su acento no era otro que el de los salvadoreños. Sonreí poco mientras lavaba mis manos con jabón de frambuesa. Al salir del baño la observé: estaba toda mona, tomándose una selfie para que la gente pudiera mirar que estaba en un restaurante en un país que todos conocen, aunque nadie haya estado aquí.

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– ¿Ya sabes qué pedir?

– Sí. Salmón con espinacas. ¿Tú?

– Una hamburguesa con queso

– Ay, amor. Pides eso en todos los restaurants a los que vamos. No estás dándote la oportunidad de conocer nuevas cosas.

Por supuesto que sí, querida. He conocido tanto: las medias de Sandra, la sala de Melissa, las pantaletas inmaduras de algunas de tus amigas; incluso los tonos altos de Sara cuando finge un orgasmo. He conocido tanto, Edith, pero jamás el fondo de tus copas, ni las fotografías que escondes de la secundaria; nunca abrí los ojos para explorar todos los pliegues de tu entrepierna; ya olvidé tu saliva. Te has vuelto desconocida, Edith.

  • Me encantan las hamburguesas. Cuando me canse de ellas pediré otra cosa.

Era eso. Estaba cansado.

Después de la comida caminamos hacia la calle Fulton para tomar el metro que nos llevaría de regreso a Manhattan, en la calle 42. Hacía un calor tremendo fuera de los vagones, casi no había gente ya que las líneas del metro en Brooklyn no son un destino buscado por los turistas, eso me ponía nervioso.

Entramos a uno de los vagones de la línea A que se dirigía a Uptown Manhattan. La muy puta de Edith no podía evitar ver a cualquier gringo que se le pusiera enfrente: les veía el rubio del cabello y enseguida miraba su paquete; pobrecita, siempre pensando en buscar su brillo en el de cosas con más suerte.

Al llegar a la calle 42 caminos hacia Times Square y de pronto la vi. Edith retocando sus labios con ese carmín que tantas veces se ha quedado impregnado en mi cuello; es mi cortometraje favorito: primero pone labial, después bálsamo, toca debajo de sus ojos con dos dedos… ¡Y voilá!, toca sus oídos. Es tan bella cuando toca sus oídos. Lo hace sólo cuando tiene miedo o cuando algo la pone nerviosa.

Quizás ya lo sabe todo. Sabe que he planeado este viaje para despedirme de ella. Seguramente ha dejado todo ese montón de teamos a propósito, para que tropiece con uno y me vaya cojeando. No Edith, yo me voy sin piernas, amor.

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  • Yo me voy sin piernas.
  • …tómame una… foto acá.

Le he tomado doce. Y en todas luce delgada, con el perfil perfecto y los ojos abiertos.

 

  • …¿quieres que te… tome una?
  • Edith…
  • …Anda…párate ahí
  • …Edith
  • … Entiendo que debes irte…sólo dame unos minutos más

La fotografía que tomó me mostraba frente a un anuncio de la nueva (en ese entonces) película de Cameron Díaz, sonriendo y con las manos en los bolsillos. Esa foto aun la conservo junto a mi cama; sólo la guardo cuando recibo visitas que terminan durmiendo en mi cama.

Después de la foto todos mis recuerdos parecen haberse encogido. Caminamos muchísimas calles en silencio; no volvió a pedir que le tomara una sola foto. Llegamos al Museo de Arte Moderno; paseamos por las más de ocho galerías y llegamos: “La noche estrellada” de Van Gogh. Era una trampa.

Cuando conocí a mi Edith ella intentaba pintar ese cuadro; su imitación era tan precisa que tuve que enamorarme de sus manos. La invité a salir y ese mismo día tuvimos sexo. Como si fuera algo mágico el hecho de no tener que invertir en otras dos citas.

Y nos dirigimos al hotel.

*If I can make it there. I’ll make it anywhere. It’s up to you. New York, New York.                     New York, New York. I want to wake up. In that city that never sleeps. And find I’m a number one, top of the list. King of the hill. A number one*

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