Besar a un ave

Sineàd Marti / @_Macorina

MASONS_ROBIN_ROB

Pero qué modesto puede parecer, señorita Greenwood, ese gesto amaneradamente caritativo el de usted. Podría yo dedicar noches enteras a admirar su gran corazón. Debe usted sentirse orgullosa: a su edad y con esa vitalidad loca de compartir su amor con el cielo.

Jamás he entendido porque la calidad de mi tedio puede sorprender tanto al odioso cuarentón que tengo por vecino. Pareciera que jamás había conocido a alguien capaz de pisar tan fuerte a mi edad.

Tengo 53 años, pero aparento unos 60. Puedo presumir que tengo el porte de una mujer que vivió lo suficiente para no desgastar su piel, pero el cabello es el que me difama esos 7 años extras. Lo dejo por todas partes, gris, blanco, marrón. Un arcoíris en luto que se mira auxiliado siempre por alguna peluca.

Verás; los hombres encuentran en mí una figura fantástica; encuentran a su esposa cuando tenía los veinte; a su primer amor de la preparatoria o hasta a la esposa de su mejor amigo. Yo en ellos también encuentro algo: la oportunidad de volar. Las ventajas de ello radican en no necesitar alas; y eso es un lujo que no cualquiera puede darse

Jamás me casé, ni tuve hijos. Nunca tuve el interés de encontrar en el amor un pretexto para aferrarme a la vida. Desde que murieron mis padres cuando cumplí los 21 me dediqué en cuerpo y alma a la soledad. Y no puede haber tomado una mejor decisión. Pero a pesar de haber sido ello una elección es sano arrepentirse de vez en cuando, tan sólo para pensar en lo que hubiera sido de haber hecho las cosas de otra manera.

Cuando cumplí los 34 sentí que en mi vida faltaba algo más; algo que combinara con las cortinas y mi tono coral 19 en los labios. Y me di la oportunidad de Frank; mi compañero de oficina. Era un tipo engreído, pero con un gusto exquisito para la música. En su apartamento me sentí tan cómoda como pocas veces; me quitó el abrigo, el collar, las bragas; y volé.

Fue la primera vez que besé un ave. “As time goes by” sonaba en el fondo; y usando mi lengua medía sus alas y mientras abría más los labios más cerca estaba del sol. El futuro no era más que una postal con retraso; conté todas sus plumas mientras le gemía al azul del cielo el placer de tenerme colgada de su pico. Para el último suspiro expiró su canto más espeso y salió de mi boca dejando un calor que agradecía el asilo.

Desde entonces supe que quería vivir en ese cielo, con sus propias nubes líquidas y su sabor repentino a mar. Muchos piensan que las ligeras arrugas en la periferia de mis labios se deben al cigarro, ¡no señores! Se debe a mi compromiso con mis avecillas con corbata.

Dejé de contar mis horas de vuelo por modestia. Intento encontrar en la sencillez expiación a mi falsa caridad. No creo que pueda cansarme pronto de esta idea de volar; la posibilidad de sentirme libre incluso de cuclillas o intentando bajar una cremallera con los dientes. Porque no es sexo oral; es hablar la lengua de la quietud; cenar sin invitación. Es besar a un ave.

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