The act of killing

Alfonso Blanco / @alfonsoblanco

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“No he visto un film tan potente, surreal y aterrador en la última década”

– Werner Herzog

A finales de 1965, unidades militares y grupos de musulmanes, sobre todo en el campo, comenzaron a realizar matanzas de comunistas y de aquellos quienes los apoyaban. Las estimaciones del número de muertes oscilan entre 300 mil y un millón. No hay cifras exactas porque los que ocupaban el poder lo siguen haciendo. Los escuadrones de la muerte que se mancharon las manos de sangre caminan por la calle aplaudidos como si de héroes nacionales se tratase.

 The act of killing (El acto de matar, 2012), dirigida por Joshua Oppenheimer, es un golpe brutal a la conciencia del espectador. Un documental que resulta en un paseo casi surrealista por el fatídico mundo de los perpetradores en el genocidio anticomunista. Se llega al punto de jugar con la ficción, o eso es lo que se esperaría, porque la crudeza con la que se abandona la sala es incómoda y difícilmente se va de la mente.

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Al principio de The act of killing, uno de los documentales más impactantes que recuerdo, un anciano muestra a la cámara cómo solía matar a sus víctimas asfixiándolas con un alambre atado a una pedazo de madera. El anciano se llama Anwar Congo, y él solo asesinó a unas mil personas. “Era rápido y limpio”, le dice a Joshua, y justo después se pone a bailar chachachá. Recuerda cómo al terminar de interrogar y asesinar a sus víctimas en su oficina, se iba de fiesta o al cine para presenciar musicales de Elvis Presley, los cuales lo ponían de buen humor para regresar a cometer más crímenes.

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Anwar y sus más cercanos “colaboradores” dramatizan los crímenes que cometieron en su juventud, inspirados por películas de Hollywood que solían imitar. Al presenciar a estos personajes, verdaderos integrantes del escuadrón de la muerte, entramos al complicado cerebro de los autores de una auténtica masacre en la historia de la humanidad. Ellos intentan desesperadamente de huir de la realidad, celebran lo que hicieron para no tener que mirarse ante el espejo cada mañana.

Es así como inician el rodaje de una película, al estilo de propaganda fascista, en la que juntan a los gángsters para mostrar cómo fueron los métodos eficaces de eliminación masiva. Al principio, con su orgullo hacia lo que hicieron, guían el documental por la ciudad como si fuera una visita a museos, sólo que aquí los recuerdos traen las consecuencias de un genocidio. A primera vista se nota una falta de remordimiento, a pesar de que se esté frente a un signo de su humanidad.

Por momentos el espectador puede perderse y ponerse del lado de Anwar, quien de hecho es bastante “cómico” a la hora de mostrar cómo mataba. Pero detrás de toda esa mentira en la que viven, se encuentran personas débiles a quienes la vida los atormentará siempre por su pasado. Es por eso que la película no planea ser un acto de catarsis ni una forma de meditación personal. Es una muestra atrevida que presenta una denuncia abierta en este mundo tan globalizado, pero que siempre olvida a la primera oportunidad los crímenes que se cometen contra la humanidad.

The act of killing


The act of killing 
deja ver el acto de matar en un ser humano y en una sociedad entera. Y es que los criminales no tienden a presumir sus crímenes, al menos, claro, que nadie los considere como tal. Esto se ha logrado ya que el gobierno provee la excusa como propaganda, y a los asesinos los vuelve adictos a la misma para tratar de justificarse ante sí mismos.

Para el cineasta, el rodaje fue una experiencia terrible y fuerte. Durante más de un mes tuvo pesadillas. Asistió a toda clase de interacción con los responsables, presenció cómo la sociedad puede construirse en el día a día entre mentiras y terror. Oppenheimer tiene toda la esperanza que sea el primer paso de un largo camino, que se produzca una disculpa presidencial y se creen comisiones para esclarecer la verdad. Tras esta gran película, que se recordará en el tiempo, es necesario voltear a ver ese “tercer mundo” tan explotado y olvidado en estos temas. Que el pasado sea un recuerdo constante para no presenciar cómo se repite la misma historia.

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