Tim: dos hombres en un cuerpo

Laura Espinosa / @etilirica

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¿Cómo describirme?  Soy Timothy: un hombre tranquilo, tímido, sin afán de contacto con los demás. Las mujeres de mi vida me llaman encantador teniendo bases poco firmes como el color claro de mis ojos, mi barba color miel, y mi “fascinante” sonrisa. No soy un Don Juan. Soy escritor; divorciado. Tengo un gato, “Toto”. Mi vida se reduce a los clásicos de películas y a cocinar lo que queda en la alacena.

Tim; en el porche de su casa, viendo a la deriva, pasaba sus horas contando a las personas que iban y venían. Se preguntaba miles de cosas mientras hacían su transcurso del día, (preguntas absurdas desde luego) después se percataba de estar sentado en el porche sin hacer nada y pensaba en ella.

Una tarde (poco importa si era de otoño o invierno) llegó a su vida Ana. Con cinismo poco estético se quedó en su vida. Apenas pudo parpadear para percatarse de haber aceptado darle un lugar que ni siquiera había preparado. El tiempo con ella parecía dividirse en dos: cuando se reía y cuando se lloraba. Cuando se lloraba no había más que atenerse al silencio y  a las disculpas; no importaba si Tim era el del problema, importaba encontrarle paz al caos tímido de su vida.

Después de meses de convivir con ella, Tim no había cambiado mucho: seguía con los mismos hábitos que los demás llamaban extraños. Cuando había que enfrentar al mundo lo hacía tan sólo para llenar todos los cajones de la cocina; tomaba su carrito y recorría el súper; Ana lo tomaba del brazo. Todos parecían ignorarla, pero no era así. Ana no agradaba; Tim entendía que era su temperamento tan pasivamente odioso el que la alejaba de ser lo que él hubiera querido. Era siempre tan pesada, con sus tics en los labios, su olor suerte a agua de baño barata y las plastas de rímel en sus ojos. No lograba tolerar muchas cosas de Tim, y podía fácilmente externarlas. Algunas veces intentó deshacerse de Toto.

Pasado el tiempo, Tim no lograba encontrar la vida con Ana. No lograba ponerle un nombre, una imagen, un rostro. Era siempre una sombra. Se resignaba a los pequeños detalles en conversaciones en donde encontraba a su ex esposa. Para Ana ese tiempo sólo la volvió más apática y el sillón se volvió su único lugar, con la misma cara triste frente al televisor. Necesitaba encontrar algo que le hiciera feliz, algo que no hiciera de su presencia un fastidio.

No sé por dónde empezar. Ana llamó a Tim para que la ayudara con lo que sea que ello fuera; bajó lentamente las escaleras con un bulto a rastras. Tim no lograba divisar qué era; pero cada escalón hacía frío en las entrañas de Tim. Y ¡pum! Pareció ver sangre, después a Ana, las escaleras, sangre, Ana, más escalones, las casas del vecindario borrosas, una idea: debo pedir ayuda.

Tim había llegado a la estación de policías de una tan pronto que no recordaba haber dado un paso. ¿Y qué iba a decir? Apenas vio sangre. ¿Estará bien Ana? ¿Era sangre? ¿qué hago?. Sin pensarlo mucho volvió a recorrer su camino ansioso.

Cuando regresó a casa, paranoico y con disculpas, no encontró nada más que silencio. La buscó sólo para no encontrar nada; ni aquel cepillo que solía dejar en el baño con sus cabellos enredados. Nada, toda su vida se había ido con ella. Con el impacto aún en las manos, fue a investigarle, pero no encontraba rastros de ella en cajones o Internet. Cansado fue buscó en la idea de un baño una explicación.

A Tim jamás le agradó mucho el cartero, era grosero y entregaba la correspondencia siempre maltratada; pero no le hizo desear nunca encontrarlo muerto en su bañera. ¿Qué diablos hacía el cartero en la tina? Pero la media vuelta que dio hacia su habitación no parecía hacerlo entender. Y ahí, encima de la mesita de noche estaba uno de sus aretes; lo tomó y lo paseó por las yemas de sus dedos. Parsimonioso se dirigió a la cocina, tomó un puño de bolsas de basura, un cuchillo de cocina, unos guantes y toda su valentía: habrá que limpiar la casa.

En el baño todo olía a ese perfume que antes odiaba, y no se había sentido tan en paz como ese día. El cuchillo de cocina no podía cortar los huesos del pobre hombre, pero sí el corazón de Tim: Ana los compró en oferta en una tienda de segunda mano. Cómo la quería Tim, cómo la extrañaba. Sentía muchísimo no haber sabido darse cuenta de cuánto la necesitaba.

¿En dónde estás Ana? Tim no pudo encontrar otra forma de quererle que limpiando su suciedad y su nombre. El cuerpo era muy pesado para salir de la casa; y muy duro para cortarlo en pedazos; el reguero en el baño era muy rojo para salir de las baldosas. No habíaotra manera.

Apenas se cumpla la sentencia Tim pretende invitar a salir a Teresa, la cajera.  Aunque duda mucho que los vecinos vean prudente que pase a casa a recoger sus caquis. Lamenta mucho que Toto haya desaparecido y que en la columna del periódico no hablaran de su talento en la cocina.

 

 

 

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