El gigante egoísta

Alfonso Blanco / @alfonsoblanco

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De acuerdo con el crítico inglés Terry Eagleton, buena parte de la teoría literaria que toma como punto de partida diversos enfoques, tiende a considerar el texto literario bien como espejo o símil de la sociedad, puesta en escena de la experiencia humana, encarnación de la intención del autor o quizá como reproducción de las estructuras de la mente humana. Sin embargo, estos cuatro objetivos o abordajes del texto artístico resultan un tanto insuficientes, máxime si se toma en cuenta que la obra de arte tiene su nacimiento a partir de ciertas pulsiones no siempre reconocidas como tales.

En ese sentido, el psicoanálisis aporta, gracias a una sospecha hermeneútica, una posible descripción de los procesos mediante los que el escritor (o el artista) metamorfiza elementos inconscientes en un texto determinado. Sin entrar en dilemas sobre las teorías psicoanalíticas, algo es claro: el hombre oscila entre dos pensamientos antagónicos y su conducta, aunque insondable, pretende evitar el dolor. Visto desde una perspectiva freudiana, el texto wildeano se convierte en un texto rico en simbolismos y significaciones atinentes, sobre todo, a la naturaleza humana.

Clio Barnard adapta el cuento en un filme notable. El gigante egoísta (2013) propone una adaptación contemporánea, una muestra de la Europa –la ciudad Huddersfield, en West Yorkshire, Inglaterra-,  y su clase media, que no muy a menudo es retratada por el cine. Lejos estamos del hermoso jardín de Wilde.

Arbor (Conner Chapman) y Swifty (Shaun Thomas) son dos niños de 13 años, inseparables cómplices en el día a día. Sus familias se desquebrajan, Arbor tiene un hermano que huye de la policía y de la gente que lo acusa de ladrón; Swiffty es parte de una familia numerosa que se ve en la necesidad de empeñar hasta el último objeto de su casa y un padre que bien podría o no estar. Los dos niños son suspendidos de la escuela por su falta de disposición a acatar órdenes y por los problemas en los que se ven inmiscuidos. Deciden trabajar para ganar dinero para sus familias, conocen a Kitten (Sean Gilder, el gigante egoísta), un recolector de chatarra que posee un caballo con el cual sus empleados recorren la ciudad en busca de desperdicio; Arbor y Swifty poco a poco se van mezclando en los negocios de Kitten, los cuales rayan en lo ilegal, pues se dedica a robar el cobre de las vías férreas y de otros sectores, en los tiempos libres apuesta su caballo en carreras contra los otros recolectores de la ciudad.

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Swifty expresa una conexión entrañable con el caballo, es tachado de “blando” en un mundo rudo, en el que los hombres desde niños saben que tienen que hacerse duros para sobrevivir, pues quien no logra esto está perdido. Poco a poco la pareja de buscaproblemas se va ganando la confianza de Kitten, quien los deja utilizar a su caballo para buscar desperdicio, promete de igual forma convertir a Swiffty en el conductor en la revancha de una de las carreras que perdió.

El gigante egoísta se teje entre las líneas de un drama protagonizado por los niños, quienes toman actitudes de grandes ante la dureza y las desventajas con las que se le presenta la vida. Al estilo de El niño de la bicicleta (2011), Barnard explora a sus personajes en ambientes y momentos que exigen madurez: niños que carecen de toda figura paterna, que han crecido en ambientes hostiles; a diferencia de los hermanos Dardenne, aquí no podremos alejarnos de la tragedia ni encontrar un punto de sensibilidad entre los hombres que se aprovechan de Arbor y Swifty; la similitud entre las dos cintas proviene de la forma en la que se trabaja con los jóvenes actores, quienes de una forma perfecta entienden las posturas dramáticas y actitudes que quieren reflejar sus personajes, dando la impresión de no estar actuando. Arbor padece de un descontrol a la hora de obedecer órdenes por lo que tiene que medicase, caso parecido a Cyril (Thomas Doret) quien pasaba los días tratando de convencer a un padre que lo quería fuera de su vida, y que al ver fracasado sus intentos explotaba en cólera. Un reflejo de violencia en adolescentes, que no es más que la catarsis de sentirse solos y traicionados en la vida por sus seres cercanos.

El acercamiento con el mundo de los caballos, animales nobles que parecen compartir el sentir de los hombres que los rodean, sirve a Swifty para encontrar una válvula de escape a los problemas que a tan temprana edad se le presentan; el éxito o reconocimiento momentáneo que adquiere es envidiado por Arbor, quien parece destruir todo lo que toca, está convencido de que el dinero y la búsqueda del mismo es lo que importa y no entiende los sentimientos que su amigo expresa ante los caballos.

Una respuesta a “El gigante egoísta

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