Café Elegans

Miguel Cortés / Youtube: Mike Katz

A rescue official walks through Minamisanriku days after the area was devastated by a magnitude 8.9 earthquake and tsunami.

Alguna vez conocí aquel hombre, su cara el cansancio de sus escasos pero duros años denotaba. A pesar de ser joven él ya era un hombre moralmente hecho, con experiencia en muchos ámbitos, tanto de relevancia humanística como en artes banales. Podías sentir su sabiduría llenando la habitación, su luz era clara incluso en el día, su frustración era perpetua y acompañaba su ser a donde fuera que iba.

Me conto lo que era, “un hombre congénitamente condenado” decía él; sus lamentos no fueron oídos en vano de la mano de mi pluma: siempre se sintió diferente, tal vez no lo era pero le molestaba la idea de no poder ver el mundo como sus amigos, de tener que fingir risas estúpidas para hacer contacto social porque después de todo “necesitas a veces hasta de la gente más idiota”.  No pudo comprender jamás la ingenuidad con la que las personas llevaban su vida, sin detenerse a pensar por un momento que somos tan pequeños, que no importa si este mundo es soñado, una ilusión, que el resultado es el mismo, que nuestra existencia guiada por el placer no es diferente a la de un insecto guiado por su instinto vital. Pensaba que la sociedad podía mejorarse con educación, “debería ser un delito de pena de muerte dejar que tu hijo no reciba educación”; sin embargo, él consideraba esto una utopía ya que la educación gratuita jamás será preservada como una identidad incorruptible y sagrada, “el conocimiento de los hombres debería ser alabado como Dios, debería ser eso Dios en nuestra mente, estoy seguro de que a él no le molestaría, es más, puede ver una gran sonrisa en su rostro al ver convertidos a la sabiduría a los muchos hijos ignorantes que lo han defraudado”. Me conto sobre su maldición, a pesar de odiar el mundo también amaba ciertos aspectos de su contenido, decía disfrutar de muchas cosas, de disgustar de otras pero dijo “no puedo amar, no puedo odiar”. Mi alma vacía es incapaz de sentir pasión, pasión por algo terrenal, ya sea una pasión de amar tanto que obtenga una cálida obsesión o una pasión por destruir que acabe fríamente con lo que repruebo de mi existencia. “Estoy disperso, disperso entre mis falsas fijaciones y mis falaces estandartes”. Puedo hacer todo, se hacerlo todo, pero no puedo interesarme en algo particular, no puedo olvidarme de todo y dejarme absorber por el momento, mi mente omnipresente ve todo… todo el tiempo, y como consecuencia jamás descansará ni por un momento de recriminarse errores y por sobretodo que nada de esto tendrá sentido cuando me traque la tierra.

Aquel hombre no duró mucho en nuestro mundo, ¿Cómo podía ser un humano tan incompatible con la vida? Con su planeta…Pude imaginar sus restos entre miles de ideas brillantes, todas enterradas a los pies de nuestra sociedad, pude verlo emerger de la tierra en una noche lluviosa y ascender a un nuevo hogar. Contagiado de su angustia infinita empecé a dudar, ¿Realmente lo que siento es tan fuerte como para justificar mi vida? ¿Mi propia existencia? Tal vez mi egoísta ser amplificó esta dimensión de ilusión en contra mía, tal vez he estado ciego, para ver mi propia ridiculez, quisiera que pudiéramos todos sentir esto un momento al mismo tiempo, entonces podríamos acabar con todo lo que hemos creado de una vez.

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