La política simbólica de decir adiós sin llorar

Sineàd Marti / @_Macorina *

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De manera recia vengo con estas fuerzas de perro de mercado a entretener a este público con sed de sed. Y es que de México se puede decir tanto, pero sobre todo se puede hablar de nada; porque es ello lo que me orilla a la lágrima seca.

Tenía 32 cuando encontré el hastío de la vida en la desfachatez de la cortina que tenía por puerta en mi recamara; que golpe tan en la cara mi cocinita ajada que no se acercaba ni tantito a la de las películas.

Apenas era un niño cuando México ya me había deshijado. Esa es la verdad, me lo quitó todo. Y no es que yo le haya dado un chingo; pero uno siempre espera premio por el simple hecho de seguir vivo. ¿O es sólo mala suerte? La falta de pericia, la sobra de tequila. El destino me terminó vendiendo como puta a la rutina de la pizza y la nostalgia. Me fui al norte y allá me terminé de joder.

Ojalá pudieras ver cómo he cambiado, paisano. Uniformado con ese cortesito pendejo que traemos todos los mexicanos, hecho por nosotros mismos o por los dominicanos; panzón, pero no por la cerveza, sino por la tristeza, que nos tumba después del trabajo y nos pone a extrañar un país al que no sabemos a qué regresar. Ahora uso unos jeans a toda madre, bien azules; y chamarras chingonas que hasta cansan si te atreves a cargarlas.

Ahí me tienes, paseándome en las avenidas estrechas de los supermercados blancos, buscando como mendigo en oasis cualquier paquete de tortillas o una salsa que prometa la sazón de mi madre cuando era niño. El final es siempre el mismo: llevar a la boca algo que llene el desanimo; lo que sea, da igual si es pizza o un pedazo de hamburguesa. Pero ese es el camino que uno toma cuando no hay a dónde parar. De pronto te encuentras en el desierto, haciéndole al cabrón.

Te voy a contar, compadre, lo que es ese viaje de burro, de pobre, de poco pensante o en el mejor de los casos: de héroe. Uno tiene que apostarle al peor enemigo del hombre: la vida; te juegas lo poco que tienes para confiar en alguien en quien no debes confiar para llegar a un lugar al que no tienes que llegar; lo haces sin nada que beber ni que comer. Porque no tienes ya nada que perder. Y si tienes suerte llegas con quién sabe quién a quién sabe dónde, para hacer quién sabe qué. Pero si la vida se porta hija de puta, pues ya te chingaste; mejor dicho: ya se chingaron los que se quedaron esperándote.

Cuando yo le entré me regresaron la primera vez. Hacía un frío de la chingada cuando cruzábamos el desierto en la noche; en una de esas decidimos gritar para que la migra nos viera y nos llevaran a morir de lo que fuera, menos de frío. Pero la muy pinche se hizo la que no escuchó. Ya después llegó otra patrulla y nos deportaron. La segunda vez lo logré. Y desde entonces llevo más de 10 años teniendo una relación enferma con el teléfono y el dinero. Porque es así; de pronto mides tu vida en horas, y esas horas en dólares. Dices te quiero con el número de envíos que hagas en el mes. Y entonces todo lo que le queda a México de ti es tu voz en el teléfono y la promesa de volver en “un año más”.

Parece cerca la media vuelta, parece fácil aplastar la colilla del cigarro y tomar la decisión de volver. Pero uno llora, llora aquí como llora allá; la diferencia es que acá tiempo falta para berrearle a Dios; allá uno llora con hambre; llora incluso cuando se está yendo.

Y si aún le caben dudas, déjeme terminar hablándole de la nieve. Usted no sabe cómo duele el invierno; que en las películas se ve blanco y suave, pero para uno es un infierno para el que la piel no está hecha. Y así, cada cosita le va arrancando a uno esa pluma que nunca sobra para volar.

Ahí se lo dejo a usted, paisano. Piénsele si se quiere venir para acá. De todas formas tumbas podemos tener en los dos lados.

*  Este texto fue publicado para Metascopios_No.2, lo puedes leer en nuestra revista digital aquí 

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