La grande belleza

Alfonso Blanco / @alfonsoblanco

La grande belleza (2013) es un paseo por Roma, como en su tiempo lo fue Fellini y su clásico La dolce vita. Paolo Sorrentino compone una compleja vista a través de la que reelabora una reflexión personal y colectiva de Roma.

Un verano con todo el esplendor; justo cuando el Sol indica el ritmo de vida, el movimiento de tintes orgásmicos y la fiesta desenfrenada, nobles decadentes ven pasar ante sus ojos el hastió de la vida; políticos que mueven al pueblo con una mano; artistas e intelectuales critican a la sociedad desde la comodidad de sus asientos. Todos ellos, personajes que tejen tramas y relaciones desarrolladas en palacios milenarios y villas bañadas por el fastuoso paisaje italiano. El centro por el cual convergen las historias de medianoche y las fiestas hasta el amanecer, es Jep Gambardella (Toni Servillo), un escritor de 65 años autor de un solo libro y que ejerce el periodismo. Dominado por el declive y hastió de su vida, asiste al desfile de una generación en el que los personajes se creen poderosos pero resultan insustanciales, sin convicciones y solitarios ante el día que sigue a la fiesta.

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Jep Gambardella camina por el territorio del tiempo perdido donde la inactividad es una paradoja de una vida dirigida a lo imprevisto. Jep es interpretado por Toni Servillo, un tipo quien se mueve con velocidad y fuerza en la sátira que La grande belleza nos regala. Es el orquestador de las noches y sus luces de fiesta en Roma. Ve amanecer, junto a sus acompañantes, el día que precede a una noche en la que la fiesta se convierte en una catarsis completa.

El arte es un viaje que transita por la senda que va de la vida a la muerte. El arte se rinde a la belleza, únicamente descifrable por el artista, y ni el artista puede tomar posesión de ella. Gep, como periodista, cubre el arte contemporáneo y conceptual. Conoce a Talia Concept, artista quien encarna el exhibicionismo y se ahorra el dolor al proteger su cráneo y simular que se estrella de lleno con un muro. Y es que ella – al igual que el arte contemporáneo, en lo que es una clara reflexión -, no quiere dejar nada que perdure o algo “bello”, sólo alcanzar una gloria transitoria: el aplauso efímero que brinda el público.

Se ha redefinido el concepto de “cultura” poniendo el acento en la formación de la misma a través del capitalismo, del imperio del hiperindividualismo como lo llama Lipovetsky. De esa forma, Gep se encuentra con ideales construidos a base de conveniencias, con intelectuales que claman por un cambio desde el cómodo asiento de la burguesía. También está el cardenal – al cual recurre para aclarar sus dudas existenciales y al mismo tiempo resulta una representación del papel actual de la iglesia-, quien trafica con la esperanza y habla de pobreza mientras come en una terraza frente al coliseo Romano. Es una unión entre lo mundano y lo sagrado, una crítica a las comodidades del clero y su papel tan importante en un país como Italia.

Paolo Sorrentino logra apropiarse de una historia trasladándola hacia los años recientes. Muchos hablan, me incluyo, de su semejanza con el clásico de Fellini, La dolce vita; en su tiempo fue un paseo al mundo cómodo de la clase alta en la Italia de posguerra. El mérito se concentra en presentar una historia y convertirla en algo actual en la que los temas y el contexto representen el paseo de una generación: la decadencia cultural, social, religiosa y política junto con la desgracia del hombre miserable.

De igual forma, Gep es una búsqueda de los fantasmas del pasado, los amores imposibles y la banalidad de la existencia, temas centrales a la hora de desarrollar esta película que resulta en una oda y un lamento que raya en lo romántico. Porque Gep estaba condenado a renacer tras cada fiesta para volver a ser partícipe de una nueva en la que el colectivo social y los personajes tan peculiares regresarán a su encuentro. A esto se suma una fotografía reñida con lo convencional que muestra los tintes de la noche y la belleza de una ciudad donde todos los caminos se cruzan. La música está puesta en el momento preciso; es adecuada ante los requerimientos.

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La grande belleza 
fue la favorita en los premios de la cinematografía Europea, ganó el Oscar a mejor película extranjera. Es una película que quisiéramos acabara ante las constantes muestras de belleza, pero nos quedamos hasta el final de la misma, conscientes de que con el mismo ritmo que comenzamos terminaremos.

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