Perfección…Ahora

Miguel Cortés *

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Recuerdo como fue el fin del mundo, nadie pudo predecir la fecha exacta, y a pesar de que fue uno de los eventos más esperados del milenio, este no fue en realidad tan titánico e impresionante como se había predicho. Sencillamente se presento una entidad celestial y convocó a todos los hombres a una reunión, sus palabras fueron breves: “les daré una última oportunidad de remendar sus errores, mañana será el fin del universo como lo conocen pero hoy, hoy les concedo el poder de arreglar este repugnante mundo que han construido, para facilitarles la tarea solo una persona por país tendrá el poder para moldear la sociedad de su respectiva nación. Esa persona deberá escuchar y organizar las opiniones de los demás y escribirlas en el sagrado libro que les entrego”.

Las personas aún con la mandíbula en el suelo ante la celestial aparición empezaron a preguntarse quién sería el designado. Recuerdo estar con los míos, en México, no me sentí particularmente identificado con el extraño a mi lado en este el “apocalíptico” fin de los tiempos, no fue así porque en nuestro país se acostumbra el canibalismo patriota, no se puede simplemente confiar en una persona que sea de tu nacionalidad, aún en una situación tan crítica como esta. “La persona elegida será escogida precisamente, por ustedes. Tienen hasta hoy a la media noche, entonces evaluaré su trabajo”. Sin más preámbulo aquel Dios desapareció, como si tuviera otra cosa que hacer nos dejó con menuda tarea en mano. Puede parecer no tan complicado, teniendo el poder de armar una sociedad con el funcionamiento y normas que quieres, eso si estas solo, pero esta era tarea de millones.

Para empezar ni siquiera sabía cómo demonios íbamos a escoger a la persona que escribiría. Pronto se armó un revuelo que no sorprendió a nadie y poco después, de la tierra sobre la que estábamos parados, emergió un gran escenario, proyectando algunos cuerpos unos cuantos metros en el aire. Al escenario subieron conocidas figuras políticas de nuestro país, el primer anuncio que se hizo fue que la persona que escribiría en el libro sagrado ya había sido designada por el poder ejecutivo (las primeras líneas del libro dictaban que un escenario emergiera en esta coordenada, este recibió a su vez la función de una secretaría inmediatamente) y se aseguraba que la decisión era benéfica para todos. Nadie dijo nada, tal vez la costumbre, yo con cronometro en mano estaba decepcionado no por los hechos si no porque subieron algunos segundos su tiempo de toma de decisión “democrática” en comparación con su mejor marca.

Naturalmente, me alejé de la muchedumbre con la lógica de que si los políticos que habían gobernado el país tomaron el control del libro, literalmente no iba a haber un mañana. Me dispuse a disfrutar mis últimos momentos en este mundo, me recosté sobre el campo, mire el brillante cielo y empecé a pensar que escribiría yo para mi país (si dentro de mis posibilidades estuviera). Soñé un país sin gobierno, donde las drogas fueran legales y que los criminales fueran tomados en manos de la justicia propia, soñé con la destrucción de todos los hogares y la construcción de eternas fábricas, trabajo para todos y un gran hogar común llenó de maquinaria. Puedo imaginar a alguien vomitando sobre mi visión en ese preciso momento y caigo en cuenta de que lo que parece fantástico para mí es la pesadilla de otros, de que visto de esa forma no había forma de reestructurar la sociedad de una forma “correcta y absoluta”. Ni aunque tuviéramos el poder hoy, en este momento, en la punta de nuestro lápiz, seríamos capaces de hacer feliz a todos en nuestro país. Habiendo pensado esto invoqué aquel Dios con todas mis fuerzas, le exigiría la solución a este imposible acertijo, pude ver su sonrisa burlona reflejada en el cielo, pude ver la bandera, mi escudo, los pude ver como realmente son, una simple identificación subjetiva. Hermanos míos oigan las suplicas de un loco que no pierde la esperanza en ustedes, oigan mi llanto eterno y resígnense a vivir en paz o a abandonar esta comedia caníbal, rechacen nuestra bandera si no son dignos de ella y purifiquen su intoxicado significado, salud por el miembro discapacitado de América, que un día emergerá literalmente de las cenizas restantes de su ignorancia ciega. Acepten nuestra inminente destrucción como nuestra última oportunidad.

*  Este texto fue publicado para Metascopios_No.2, lo puedes leer en nuestra revista digital aquí

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