Nocturno

Martín Juárez / @mmmartin26

A F. Romero

Manuel-Álvarez-Bravo-Castillo-en-el-Barrio-del-Niño-Feux-d’artifice-dans-le-quartier-de-l’Enfant-Jésus-vers-1990-©-Colette-Urbajtel-Archivo-Manuel-Álvarez-image-via-JDP

Manuel Álvarez Bravo

Los rosales de mi jardín quedaban empapados de la lluvia que venía fresca mientras corría el mes más cruel de todos, solo que aquí siempre ha habido agua1. Las ventanas quedaban rociadas en ella y su frescura se esparcía por los vidrios que daban hacia la calle de Yucatán, allá  por donde andaba en la Ciudad de México hace ya mucho tiempo. Ese día mi padre acudió a mí angustiado y altivo a la vez (como siempre lo he recordado) y dijo que yo ya era un hombre y que tenía que hacer algo muy importante. Me entregó una carta  que remitía él mismo y que era para una mujer que no había yo conocido jamás, y me dijo que no debía hacerle absolutamente ninguna pregunta, pero que era necesario que la entregara a tiempo.

Él mismo me ayudó a ensillar el caballo que habría de prestarme, con la angustia bien marcada en toda la cara. Así me mandó lejos sin haber probado algún bocado. Fui hacia donde se pone el sol. Y así hube pasado desde los lugares donde habría de anotarse el Cantar de ciegos2 años después o años antes (que ya realmente no me ha quedado muy clara la verdad sobre estas cosas), y me fui al norte. Y jalé un poquito para el oeste, pero más hacia el norte hasta llegar a la ciudad a la que le crecen espinas en forma de cruz3, y después pasé por los bajíos y tal cual fui encomendado, fui a dar hasta donde jamás había yo pisado más que el mapa. Descansé un día o dos en la tierra de Rivera4 y pasé por cuanto callejón se doblegó ante mis pies. Me salí del valle que es muy forzado y agarré para más al norte. Resonaba la voz de mi padre en mi cabeza, con la premisa de ser ya un hombre y mi deber de dejar atrás al retrato de una madre que nunca conocí para entregar mi carta5.

El camino fue tan altivo como mi padre; pero la comida fue tan rica como la de casa. Y es que por las diligencias de la gente, dormí en buen colchón o buen petate y nunca sufrí de hambres ni me cayó la lluvia durante la noche. Toda la tierra donde anduve está llena de ellos dos y nunca los pasaron por alto mis ojos que ya bien estaban ataviados de duda y de fascinación, tanto como por la carta de la cual era mensajero, como por la fertilidad de la tierra y el azul del cielo. Así fui a dar hasta el sitio que le sonríe bien al occidente7.

La ciudad me albergó en la noche y en la mañana, volví a ensillar al caballo descansado y me dirigí hacia el sur. Recuerdo que la mañana era tan fría que su viento quemaba las manos. Me metí a la sierra que casi ni sierra es porque está bastante baja (de a como estamos acostumbrados allá de por mi tierra), y para entonces el frío se había vuelto el más odioso y respingoso calor que se le hubiera podido ocurrir a cualquier diablo.

Al fin vine llegando a mi destino ya en la tarde del quinto o sexto día de viaje (que los días se me van en los andares y mientras se anda no se cuenta8); cuando apenas vine entrando a la ciudad que estaba próxima al pueblo donde tenía que entregar la carta. Ahí vi que me andaba buscando un amigo de mi padre. Y es que mi padre tiene amigos por todos lados y encargó que se me recibiera con las más adecuadas diligencias. El hombre caminaba vestido con un frac bien obscuro y tan elegante como si fuera yo de las más altas alcurnias. Traía el bigote bien delineado y los ojos belígeramente cafés, y los zapatos muy abrillantados. Bien educados y casi iguales de elegantes venían agarrados de correas dos perros (igualitos en edad y garbo a los que estaban en la entrada de la ciudad donde me encontraba9) bien pelones y muy obscuros. Me miraron serios pero movieron la cola.

Su amo me tendió la mano y me indicó las señas de su casa. Me dijo que ese día iba yo a descansar antes de entregar la carta. Me entregó las correas de los perros y me dejó a mi suerte, con instrucciones de llegar a comer en la noche. Pasé el día platicándoles mi viaje a los perros que escucharon atentamente. Uno era ya muy viejo, tanto que parecía que no se moría por mera rebeldía y el otro apenas descubría el mundo de los perros. Uno era maestro y el otro alumno. Uno enseñaba al universo porque lo traía en su vejez y el otro lo aprendía. Me enamoré de ambos, y de su baile bien risueño y de su amabilidad exagerada.

Llegué a comer, me quité las botas en la noche y me las calcé en la mañana. Salí a la luz de un amanecer que estaba calientísimo y me dirigí hacia el pequeño pueblo que realmente no estaba muy lejos de donde me tenía que dirigir. La tierra estaba húmeda y los cascos del caballo se hundían en el lodo del lugar. Y hacía calor, hacía un calor demasiado fuerte y franco. Doblé una esquina, buscando la calle Mictlan, e inmediatamente me sacudí del gélido frío del infierno en el que estaba.

Me sentí muerto. Y me puse mi cobija10. Traía la carta en mano y miré hacia la derecha y vi a una señora viejísima con la piel muy tostada por el sol y la piel tapizada de arrugas que yacía occisa sobre el suelo, con bordados de aves que se veían igual de muertas debajo del polvo que la cubría11. Me estremecí y con el frío, sentí el miedo más grande que he podido sentir jamás. Luego volteé a ver hacia la izquierda y entonces vi que en todas las fachadas de las casas de esa calle, que eran todas blancas y con puertas viejas, estaban clavados dos perros idénticos a los que habían compartido esa tarde apacible en el parque conmigo. Tenían el cuello tronado y una expresión de dolor sesgado en sus ojos emblanquecidos.

Llegué hasta la última casa de la calle que era cerrada (y que espero que algún día se abra). Toqué, y me abrió una muchacha morena con el cabello arreglado en una sola trenza tan negra como el caballo que me había llevado tan lejos. Mis piernas adoloridas me atisbaron una cándida advertencia antes de abrir la boca. Ella extendió la mano y pidió la carta que hube entregado. Y entonces le pregunté si conocía a mi madre, y sobre qué era la carta; y me respondió que eso es algo que no puedo conocer, que en la carta estaba el porvenir. También me dijo que sí conocía a mi padre porque él también había viajado hasta Mictlan12 para verla y entregarle una carta que su propio padre le había escrito (y fue así que entendí que nosotros somos como esos perros), pero que se asustó demasiado como para quedarse. Y yo también lo hice, corrí sin voltear atrás. Y luego perdí la noción del tiempo sin jamás olvidar a de los perros que ahora están todos muertos y clavados en las fachadas del infierno con su despiadado frío; ni al calor que estaba a la vuelta de la esquina de Mictlan. Y no pienso en nada más que en la carta del porvenir, y en mi viaje. Y cada que me acuerdo, me despierto y corro por un laberinto completamente vacío, siempre a la casa de mi madre y envuelto en lágrimas, porque sé que es la única que me sabrá consolar13.

Notas del autor (recomendadas para la edición).

  1. Alusión a T.S. Eliot y su Wasteland (cuarta parte).
  2. Altavista, lugar cercanísimo a una serie de cuentos de Carlos Fuentes.
  3. Querétaro.
  4. De El topo, Jodorowsky.
  5. Guadalajara
  6. En la entrada de la ciudad de Colima hay una escultura con dos xoloitzcuintles que parecen estar bailando (que es la apreciación más próxima al observador). Sin embargo el verdadero significado de la escultura, esculpida por Guillermo Ríos Alcalá; simboliza la transmisión de las tradiciones y el poder a través de las generaciones. Se hace referencia a la apertura del mexicano para con su igual, a la generosidad de su legado en la descendencia.
  7. Esta y las dos líneas anteriores hablan sobre el profundo calor que se siente en Comala, retratado por Rulfo (en Pedro Páramo): “Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno, regresan por su cobija”.
  8. Otra vez Payno.
  9. Mictlan, en la mitología mexica es referente a la tierra de los muertos.
  10. Se alude al Laberinto de la soledad de Paz.

Este texto fue publicado originalmente en Metascopios_ No.2, pueden leer la revista completa aquí

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