Impacto

Eduardo López / @loedru12

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Para él, el transporte público era despreciable. Era un instrumento más de opresión que el gobierno tenía para amedrentar a las masas; un medio para la obstrucción del libre tránsito, del convencimiento del movimiento colectivo resignado, de la insípida aceptación de la rutina. Pero era su única alternativa. Las interminables vísceras de la ciudad lo obligaban a convertirse al pequeño engranaje de esa maquinaria opresora. Tomó uno de los trastes viejos de la ruta 12, que iban del centro hasta el deshuesadero, justo a un lado de la universidad. Pagó sin fijarse, malabareando un par de monedas que sacó del pantalón y pisando otra que había tirado. ¿Ocho pesos? La última vez que se subió costaba siete. Ni modo de bajarse, los reclamos de su madre de cuán desgastadas estaban las suelas de sus tenis y la llanta ponchada de su bicicleta no le dejaban opción. Además su mesada era insuficiente para pagar un taxi. Trastabilló un par de asientos cuando el conductor arrancó. Fetidez. Olor a muerto, pensaba.

Alcanzó un lugar pegado a la ventana, y apenas tomó asiento, desenredó los audífonos. No había disgusto más grande en el transporte público que tener que soportar las recopilaciones de sonideros que torturaban a todos dentro de esas latas oxidadas. So, so you think you can tell, heaven from hell, blue skies from pain: maldecía cada tope o bache que resquebrajaba sus vértebras.

Rojo.

Cuadras después, un alto interrumpió la improvisada carrera entre un taxi y el camión, situación que aprovechó el chofer para intimar. Esta vez, como muchas otras, era una niña de bachillerato, con una falda de tabla cuadriculada —que pendía desde el ombligo para poder enseñar más arriba de sus rodillas desechas—, con la blusa desabotonada simulando un escote pronunciado y con un vaivén vulgar que sin duda complacía al conductor. How I wish, how I wish you were here. We’re just two lost souls, swimming in a fish bowl. Decidió voltear hacia los de afuera y evitar a esos dos.

La vio.

A través de la ventana rayada de un microbús. Iba en el asiento del pasajero de una camioneta blanca tremenda, con fauces cromadas en la parrilla. Aunque polarizados con un tinte oscurísimo, ella llevaba su vidrio abajo, mientras ocultaba sus ojos detrás de unas gafas que ocupaban la mitad de su rostro. Él supo que era Ella porque usualmente dejaba las decisiones importantes al azar y a las coincidencias. Year after year, running over the same old ground. Lo supo porque un instante después de verla volteó al reloj que marcaba las 12:35, correspondiente a un fragmento de la sucesión de Fibonacci; porque en sus manos llevaba una antiquísima versión de “El elogio de la locura”, que al momento decidió que era su libro favorito desde siempre; porque llevaba en su pecho, en tonos mate, al hombre en llamas saludando de mano; porque creía en todas esas cosas, que para muchos eran ridículas, pero para él —y esperaba que para ella también—, fueran importantes.

Por unos instantes más, su cabeza iba y venía, como tratando de evitar un contacto directo con ella. Pero fue inútil. De pronto, con sutileza, la mujer retiró las gafas de su rostro, descubriendo la mirada que al parecer atravesaba la misma ventana rayada. Él ya había hecho miles de cálculos mentales y suposiciones, que a partir de los pocos rasgos visibles, intentaron predecir el color de sus ojos. Acertó: ese color que describe la tinta en un sinfín de títulos. Más teorías lo llevaron a pensar que su voz era irreproducible en la memoria, y por más que lo intentó no pudo imaginar una sola palabra saliendo de su boca. Era una más de esas relaciones atípicas a las que se aferraba y que de pronto parecían inventos o fijaciones repentinas que lo ataban a su enamoramiento fugaz.

Sonrió.

Las pausas para respirar se volvieron breves. Orquestados por el silencio que precede al rayo, los de enfrente se volvieron a un juego delicado, sinfónico. Con agilidad de colibrí agitaban sus brazos uno alrededor del otro. El aroma coqueteaba su rostro. Delicioso, pero muy distinto al de la primavera. Era olor a carne. Su carne. What we found. Seguía enganchado a su mirada. La impotencia derivada del deseo de tocarla le crispaba los nervios. Patéticamente frotaba el vidrio que aislaba a los de adentro. Del otro lado ocurría todo lo que alguna vez se sueña y jamás se obtiene. Desesperación. Con fatiga sigue sosteniéndole la mirada. La idealización de todas esas coincidencias que convergían en unos ojos. Una playera. Un libro. Un número. Una mujer. Todo parecía ridículo ahora. Todo había perdido importancia a través de la inmunda barrera que los separaba. El sinsentido predominaba.

Rompen las miradas.

Verde.

Regresa la incomodidad del asiento. La escalofriante música que traspasa los audífonos. El espectáculo sexual detrás del volante. Y el olor; que en realidad es olor a muerte. Reanudan el viaje. Libre de incertidumbre. Aquellos instantes pudo jurar haberla encontrado pero ahora estaba seguro que, como siempre, se equivocaba. Lo supo el mismo instante en que sus miradas se perdieron para siempre. No eran los ojos. Ni los números. Ni todas las demás coincidencias — siempre ridículas, reiteró en su mente— en las que siempre creía. Lo supo después del rayo. Del trueno. Del impacto. En que su pelo, su cuerpo, el libro y la mujer, salen disparados con la inercia del desenamoramiento.

What have we found. The same old fears. Repite. Wish you were here, y no deshecha en el pavimento, ensangrentada. Del otro lado del vidrio rayado.

Este texto fue publicado originalmente en Metascopios_ No.2, pueden leerla completa aquí

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