Lucía

Saúl Placencia / @zaulühart

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Cuando éramos niños, Lucía y yo jugábamos juntos en el jardín de la casa de mis abuelos, salíamos corriendo uno tras del otro y antes de acabar el juego de “los montones de árboles”; su madre le llamaba para que asistiera a sus clases de música. Yo la esperaba siempre sentado en el sofá negro de mi padre, dibujando retratos de ella, los hacía porque su rostro era lo que más recordaba durante su ausencia, sus cándidos ojos y sus labios delgados; también hacía ocasionalmente dibujos de mis abuelos cuándo dormían, mientras yo me entretenía leyendo las raras revistas de mi padre, que tenían fotos de mujeres que mostraban su piel y escondían su sexo, una vez encontré una foto de una muchacha que se parecía mucho a Perla, la sirvienta de la casa y madre de Ana, amiga de Lucía; pero los que más me gustaban, eran los de Lucía.

Cuando Lucía llegaba por la noche, yo me emocionaba y ella preguntaba si la había extrañado, y naturalmente, como responde un niño de 9 años que está enamorado, le contestaba que sí. Luego Ariana su madre nos llevaba a la casa de mi padre. Pasábamos el día en casa de mis abuelos porque ambos trabajaban todo el día y mi padre siempre dijo que prefería que la educación de familia fuera precisamente eso, de familia y no de nanas como pasaba con algunos compañeros. Creo que Ariana le metió eso en la cabeza cuándo fue mi maestra del jardín de niños.

Lucía siempre dibujas a Lucía, me decía Stanislav el chofer que nos llevaba y nos traía a todos lados, era casi como un padre para mí sus ojos mediterráneos me recordaban a los de mi abuelo. Stanislav, mi amigo, tiene 57 años, bueno, los tendría si el cigarrillo no le hubiera privado de respirar eternamente aquella tarde invernal que Lucía se comprometió con el idiota de Carlos, pero me gusta pensar que sigue vivo, después de todo, sigo sin ver a mi padre. Nunca me agradó Carlos desde que lo conocí en la clase de dibujo del profesor Mota, Carlos es un tipo arrogante, correoso y de poca monta, tan sólo recordar su rostro meprovoca náuseas.

Crecimos y todos los días después de los once, cuando ella estaba ya dormida en el cuarto que está junto al de mi padre y Ariana, yo iba a visitarlo; le pedía que dejara la puerta entreabierta, para que yo, pudiera abrir sin hacer ningún ruido más que el susurro para despertarla. ¡Luci! ¡Lucía despierta!

Lucía era hija de Ariana y mi padre, era una año menor que yo. Mi padre se casó con ella 3 meses después que Carolina, mi madre, muriera. A veces le pedía a Stanislav que me llevara al panteón a visitar a mi madre, al principio siempre le llevaba flores, pero empecé a perder el hábito en cuanto dejé de encontrarle el sentido. Lo que nunca dejé de hacer, fue hablarle, le platicaba todo, yo sabía que el pequeño mausoleo apretujado entre todas esas cruces de madera y mármol, era como una pequeña casa con todo lo que le gustaba y en ese lugar sentía como si me escuchara. Fantaseaba con que ella escuchaba los mismos comentarios, de como no podía negarme cuando Lucía me pedía que le hiciera los dibujos de biología en la secundaria, y los de arte en la prepa, de cuándo me ponía celoso por que la veía con algún muchacho en el colegio, de cuándo se enfadaba y me hablaba en italiano, ya cerca de los dieciséis.

Lucía es una magnifica pianista, pero ella ya no toca, porque Carlos dice que la música que ella toca, no tiene cojones, pobre imbécil. Cuando venimos a la capital a estudiar la carrera, yo: Arquitectura y ella: Música, me hacía llorar cuando tocaba a Rachmaninnoff o a Ray Charles, y entonces yo entregaba mis mejores proyectos y recibía alabanzas de mis catedráticos. Lucía era mi musa. Musa en esas noches largas y durante el día también, sólo pensar en ella facilitaba todo. Cuándo Inés Sandoval nos enseñaba alguna técnica de pintura, y nos pedía un retrato, yo hacía uno de ella, había aprendido cada detalle de su rostro, desde el pequeño lunar que tiene debajo de la barbilla, hasta el último cabello oscuro y delgado que cubría su cabeza, y ofuscaba hasta la más remota fibra de mi cuerpo, cuando repentinamente caminaba contra el viento.

Ana una vez me dijo. Ella te quiere mucho, no te ve como hermano, sino como hombre, te admira, hasta hizo que yo me enamorara de ti de tanto que habla de ti. No hice caso de esa madeja de palabras, no podía; regresé a la casa de mis abuelos y por primera vez la quise, Ariana había salido al supermercado por café y yo fui a la biblioteca, dónde, no sé porque habían puesto el piano, ella tocaba una pieza rápida, de esas que te aceleran la respiración cuando las escuchas, aunque siempre se me agitaba cuando ella estaba cerca; la tomé de un brazo, la levanté con cariño, y le di un beso en la mejilla, intercambiamos miradas, sus ojos parecían tiernos y ansiosos, luego me besó por toda la cara, se detuvo un momento, separó las cejas, los ojos llenos de asombro, esbozó una sonrisa, me besó suavemente en la mejilla y me dijo. Yo también te amo. Y regresó al piano para cambiar de melodía en la partitura y empezó a tocar. Corrí a decirle a Stanislav, él soltó una carcajada y me dijo casi comprensivo. Mira hijo, si realmente la quieres será mejor que dejes esto por la paz, no vaya a ser que los dos terminen lamentándose y llorando por amores imposibles. Pero como yo veía las cosas con tremenda insipiencia, no vi que debía detener eso, resignarme a verla como lo que es, mi hermana, pero eros puede más que psique. Y mi amigo también lo sabía.

Ni mi padre, ni Ariana sospechaban que yo amaba a Lucía, en su cumpleaños diecisiete, le regalé un disco de Miles Davis, la besé levemente en la boca frente a todos, y estos, fuera de armar un escándalo, lo tomaron normal, después de todo ellos no comprendían nada.

Cuando mi abuelo murió, perdí la cabeza, durante el funeral la llevé atrás de la barda que divide al memorial y al cementerio común y la besé tan intensamente que me temblaron las piernas y el corazón casi se me salía del pecho. Cuándo caminábamos de regreso, uno al lado del otro, los pálidos rayos del sol rebotaban en un manzano y sus frutos parecían desteñirse en un fulgor dorado que encandilaba los ojos, giré la cabeza para ver a Lucía, parecía taciturna y pensativa, el brillo de sus ojos desapareció durante unos minutos al mismo instante que sus ojos fijos en el manzano dejaban ver una pesadumbre, mi cuerpo se erizó al verlo. A esa tarde le siguieron varias noches sin dormir, la imagen de sus ojos diáfanos no salía de mi mente, y revivía la sensación a cada instante, sin agotarse, fue agonía infinita. Quería hacerles saber a todos que la amaba, que la habría seguido hasta el más lejano lugar dónde ella estuviera, y hubiera abierto todos los caminos que ella quisiera recorrer a como diera lugar, pero me entristecía darme cuenta que ella quizá tenía tanto o más miedo que yo a reconocerlo, ¿Cómo reaccionarían Ariana y mi padre ante eso? Mi abuela diría. Eso que ustedes quieren es un pecado y va contra las leyes de dios ¿Pero quién era él en todo esto? ¿Un titiritero? ¿Un narrador omnisciente de alguna novela oscura? ¿Qué?

Las circunstancias poco a poco fueron empeorando, Ana le había dicho a Perlita que entre nosotros había algo más que amor fraternal y no sólo eso, Carlos visitaba la casa con mucha frecuencia, en las comidas de los fines de semana, incluso en las vacaciones de abril, siempre estaba ahí, Lucía nunca sonreía a su lado, parecería conformada a una vida de hartazgos y una que otra serendipia que iluminara su existencia.

Perlita se convirtió en el ama de llaves e iba incluso con nosotros cuando salíamos, Lucía se convirtió en concertista, la filarmónica de la universidad le ofreció una presentación y nosotros la celebramos, fuimos a La Xunca, el rancho que mi abuelo compró cuando joven y mi padre revivió cuando pudo. Recordé cuándo jugaba entre los limoneros con Lucía y después de la comida seguí a Lucía que iba por un poco de helado a la cocina mientras Carlos soltaba una soez risotada; no percibí la presencia de Perlita que estaba sentada comiendo sola, yo sólo veía a Lucía, la abracé muy fuerte durante varios minutos, luego le dije que la amaba, la miré a los ojos y Carlos volvió con la carcajada, ella me soltó y se fue de la cocina. Al paso de la tarde, el vino se iba terminando y mi mirada no soltaba a Lucía. Perlita estuvo toda la noche llenando las copas de vino y al percatarse de mi estado ermitaño, me dijo. Joven Perico (hablaba mucho de niño) ya no hay vino, ¿me acompaña al sótano para abrir otra caja? ¿Por qué no te llevas a Lucía? Ella tiene mejor gusto. De eso precisamente quiero hablarle niño Perico, acompáñeme. Bajamos a la cava, el ambiente fresco y el polvo se metían en los ojos y olía a nostalgia.

Mire joven, los vi crecer a usted y a la niña Chía, les he dado de comer y a veces jugado con ustedes desde que eran así. Estiró la mano derecha y puso el índice en forma de garra. Desde que eran unos enanos, y he visto lo que pasa entre usted y la niña y pienso que debería poner un alto a tal pecado, imagínese, que va a decir dios, no joven, además sus hijos saldrían con cola de cerdo. Eso es un sólo decir eso no puede ocurrir, nadie nace con cola de cerdo. Sí joven, mire, mi prima Anastasía… Nada de eso Perlita, mira sé que estamos haciendo mal. La tome de las manos y le dije mirando su rostro añejo a media luz. Te prometo que esto terminará muy pronto. La besé en la mejilla y la abracé. Subimos. Carlos hacía un brindis celebrando su noviazgo con Lucía. Mientras yo imaginaba una escena en la que mis manos rodeaban el cuello de Carlos, un silencio se encerraba en las paredes. Silencio. Lucía rompió esa ausencia de sonidos. Hermano,¿no vas a decir nada? ¿Yo? Si tú, mi papá acaba de pedírtelo. Por ti Lucía, la mujer más hermosa del mundo, a quien seguiría hasta en el más duro viaje, te quiero; no, no te quiero, te amo, mucho. Se puso nerviosa, quizá pensaba que revelaría nuestro idilio y continué. Por todo lo que hemos vivido.  Por Carlos, el idiota más grande del mundo, pero por más idiota que sea, no dejará de ser mi amigo y no lo digo de dientes para afuera. Por su brillante vida juntos, santé. Tomé todo el vino que había en mi copa.

Lucía salió llorando con gran desesperación. Yo me embriagué, salía al jardín con botella en mano y bebía de su cuello, aparecieron los fantasmas de la niñez, lloraba sentado en el pasto húmedo, bajo la luz de plata, soltaba unas lágrimas y bebía, entraba por más vino, pedía algún cigarrillo y volvía a salir. Bebía. Alcohol, luz de plata, humo de cigarrillo, llanto. Luz de plata, alcohol, llanto humo de cigarrillo.

Poco después, alienado por el alcohol, entré de nuevo, rodeé a una chica, Sofía creo se llamaba y le hablé de amor, la llevé a los limoneros y me insistí en quitarle la ropa, en descargar la pena entre sus piernas, ella decía. Quique, Quique, vamos a hacer bien las cosas, espera. Yo pensaba en Lucía, así que me detuve y me besó, suave, fríamente. Sus caderas fueron en un vaivén quemante, tan doloso que al terminar en su vientre furioso, gemí en catarsis, al tiempo que Sofía dormía entre el pasto, esperaba que Lucía me pidiera una explicación de algo, lo que fuera, nunca llegó, no hemos vuelto a hablar y desde entonces me consumo en miseria solitaria, cadáver ermitaño he de ser, al menos hasta que ella regrese.

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