Sebastián, parte I

Montserrat Yáñez / @nosoyroomie

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El reloj marca las 11:40 am, dentro de la sala el bullicio de la audiencia es clara señal de impaciencia y ansiedad; dos hombres que vigilan la puerta dejan entrar a otro más, esposado. La sala, dividida en dos por un cristal, queda hundida en un perpetuo silencio, el sonido del plástico de las suelas de los zapatos del hombre sobre el mosaico es el único sonido audible dentro del lugar.

De tez pálida, cabello rebelde, ojos avellana y un cuerpo marcado por el ejercicio es el hombre esposado, toma asiento frente a la audiencia y entre ellos busca con la mirada a alguien.

Sus extremidades son aseguradas a la silla, el aprieta los labios y sólo voltea a ver por unos instantes a quien será su verdugo. La búsqueda de ese alguien continúa.

Los guardias comienzan a murmurar entre ellos el procedimiento a ejecutar, tras el cristal el público observa atento, algunos con rostro de angustia, unos más con cierta satisfacción y sólo dos con morbo.

El hombre atado a la silla sigue buscando en aquellas 4 paredes ese rostro que querrá recordar por siempre, escanea cuidadosamente entre la gente, de la primera a la última fila; no encuentra nada y con un leve desvió de mirada  se decepciona.

A punto de dar las 12 pm entra un alma más al lugar, su rostro era enmarcado por una larga cabellera negra,  su piel morena casi pegada a los huesos era portadora de moretones y una cicatriz en cada muñeca se ocultaba bajo vendas. A ella era a quien buscaba.

Las pupilas del hombre se dilataron en cuanto hizo contacto con su silueta, ella busco un lugar lejos de los morbosos pero cerca de los satisfechos. Tomó asiento y sus miradas se cruzaron por segundos.

11:58 marcaba el reloj. Nuestro hombre sabía lo que le esperaba, no tenía miedo. Miraba fijamente a la mujer última en entrar. Pasó su lengua sobre sus labios resecos y tras una ligera sonrisa, inclino su cabeza hacia tras a la vez que cerraba los ojos en una expresión de completa serenidad.

En su mente ligaba varios momentos de su vida haciendo remembranza de cómo es que había terminado sentado en ese lugar. Eh aquí la conclusión:

Sebastián había asesinado 32 mujeres en  los últimos seis meses en Denver, Estados Unidos. Fue capturado, interrogado y juzgado la semana pasada gracias a su arresto voluntario. Cinthya, la última chica en entrar, fue su última víctima.

Sebastián confesó matar por placer, amaba ese olor de óxido que la sangre tiene al ser derramada, el ver como “los cuerpos se quedaban y las almas se liberaban”; disfrutaba la sutil sensación de empuñar un cuchillo desde la garganta hasta la cadera, destazar a cada una para luego conservarlas.

Las elegía sin alguna cualidad en especial, bastaba con que al viajar en el transporte público alguna se atreviera a mirarlo a los ojos para que el la siguiera algunos días, la acorralara, durmiera con cloroformo, la llevara a su “hogar” y diera por finiquitado su trabajo.

Como lo dije, él gustaba de conservar a sus víctimas. Tras ser vaciadas de todo órgano, eran embalsamadas y rellenadas con algodón hipo alergénico. Los “desperdicios” eran donados a los perros callejeros de la ciudad después de ser molidos. Las vestía, peinaba y maquillaba para después colocarlas en una sala especial en su casa haciendo alusión a una fiesta de alta sociedad.

Todo marchaba con completa normalidad y sin sospechas. Cambiaba de ruta de vez en cuando, era un empleado de oficina productivo y eficiente, vida social activa y una agradable personalidad. Era un hombre promedio con vida promedio que gozaba de una extraña obsesión y compulsión por el homicidio; era un hombre que al parecer, nunca estaría en la mira de la policía.

Un 28 de Octubre las cosas cambiaron.

Cinthya era una chica que había visto con anterioridad en alguno de sus viajes; sin embargo, ella nunca lo había visto a él hasta ese fatídico día. El aroma de la loción de Sebastián llamó su atención, provocando que utilizara su vista y olfato para buscar la fuente de aquel fresco aroma a maderas y naranja. Sus ojos se fijaron en Sebastián al descubrir que era él quien portaba tan embriagante olor, no pudo resistir el analizar y observar aquel sujeto a detalle. Su delgado pero marcado cuerpo se veía más que atractivo en unos pantalones de vestir negros, botines, camisa blanca abotonada hasta el cuello y un saco azul marino con el elegante detalle de un pañuelo rojo en el bolsillo. Su cabello alborotado pero estilizado a su vez, daba la impresión de ser alguien relajado. Su rostro era afilado, con labios de un tono rosa natural, nariz afilada y largas pestañas en el contorno del cambiante color avellana de sus ojos. No lo pudo evitar, lo miro a los ojos.

El asesino lo notó y se dispuso a manejar la situación tal y como lo había hecho anteriormente.

Todo se hizo conforme al modus operandi habitual hasta que una vez más la miro a los ojos. Ella no reflejaba miedo como las demás, no había lagrimas ni suplicas; en realidad estaba callada e hipnotizada con cada movimiento de él. Esto logró despertar su curiosidad y postergar la intervención del cuchillo.

Le retiró la mordaza y comenzó a platicar con ella, su ligera personalidad de él se acoplo rápidamente a la de ella. Comenzó a tener una charla con ella igual a la que se tiene con un amigo que no has visto en años; le contó de las demás y ella suplico le mostrara aquella habitación de la casa.

Al poco rato ambos estaban jugando e imaginando historias para sus “muñecas” de Sebastián, él ya no quería matarla, él quería que se quedara.

Como buena mujer, Cinthya manipuló a Sebastián ese día para así sobrevivir; basó su técnica recordando el cuento de “Las mil y una noches” pero, en el fondo sabía que no duraría mucho tiempo y que lo único que deseaba era irse.

¿Cómo postergar su homicidio?, ¿Qué otras cosas podían tener en común?, ¿Era el sólo un alma perturbada por un hecho pasado o en verdad gozaba ver la sangre correr?, ¿Hasta cuándo se aburriría de ella y todo terminaría?…Estas y otras preguntas más agobiaron a Cinthya el día siguiente, había logrado sobrevivir a una noche pero, aún no había sido liberada. Seguía amordazada y amarrada por el tobillo con un grillete oxidado al piso. La habitación despedía un hedor a putrefacción, ventanas tapadas por periódicos, bolsas negras y largas cortinas oscuras bloqueaban cualquier rayo de sol que quisiese entrar. Frente a ella, una silla negra de oficina; un escritorio con computadora, impresora, libros de la filosofía humana y algunos otros discos de grupos y bandas de rock de música en inglés de los ochenta. A su derecha, un enorme librero vacío, acumulando polvo y con una nota amarilla pegada justo a la mitad del mismo. Al lado contrario, la puerta de la habitación en color rojo con un reloj blanco colgado justo de lado derecho a la puerta; toda aquella habitación tapizada con un verde botella y molduras al estilo de los años cuarenta, no parecía un lugar de tortura, parecía una habitación de estudio.

Sebastián entró al lugar irrumpiendo el silencio con sus pasos sobre la duela y el asqueroso olor con su loción. Entregó una sonrisa a Cinthya acompañada del desayuno, huevos estrellados y tocino. Sentados en el piso Cinthya desayunó mientras el analizaba a detalle cada movimiento esbozando de vez en cuando una sonrisa con labios apretados.

Muy serio y con ojos de impaciencia esperó a que terminara cada bocado para después preguntarle a dónde es que se dirigía el día que la abordó, ella contestó qué iba caminó al funeral de su abuela y en lugar de una lagrima derramar; una sonrisa apretada salió pegada a un “Gracias, de verdad no quería asistir a ese lugar, ese tipo de eventos me ponen en verdad mal”. Él hombre de ojos avellana se mostró atónito, no esperaba aquella respuesta y menos de una chica que lucía dulce a la vista. Su largo cabello negro se hacía resaltar en un tono de piel canela, ojos pequeños y expresivos acompañados de pestañas abultadas entre rímel; mejillas rosadas y labios del mismo color simplemente no encajaban con el estereotipo de chica ruda e insensible. A simple vista era todo lo contrario.

Tras un momento de silencio, él preguntó a ella por sus razones de renuencia a el funeral de su abuela, pensó que cualquier persona quisiera estar presente en el momento de dar el último adiós; a lo que ella fríamente contestó con “¿No es irónico que tú lo digas? Digo, al asesinar y quedarte con cada una de aquellas mujeres estas privando a alguien más de ese ‘último adiós’; ¿Gozas con el sufrimiento ajeno pero a la vez te acongoja?…”. Siendo sarcástica y burlona dejó abierta aquella pregunta, no solicitó ninguna respuesta más que el rostro desencajado de aquel hombre.

Los platos se retiraron tras ese incomodo silencio. Sebastián prometió volver después de trabajar con una respuesta, salió de la habitación de la misma manera que entró y sólo se pudo escuchar el sonido de las llaves al entrar por la cerradura privando de la libertad nuevamente a Cinthya.

Las horas transcurrieron tal cual miel entre dedos, por más que Sebastián miraba a su alrededor no podía concretar un argumento lo suficientemente bueno como para poder contestar la pregunta de su huésped. Había momentos en los que la locura parecía convencerlo sin embargo; sacudía la cabeza y le venía otra cosa a la mente, nada lo ayudaba, todo lo contrario.

En casa, Cinthya no la pasaba de lo mejor, la hostil decoración y el olor sólo la ponían de mal humor cada vez que pensaba en el sol y esa sensación de calor  sobre cada centímetro del cuerpo; lo único que mejoraba la situación era el hecho de no estar en un lugar rodeado de gente hipócrita bañadas en lágrimas alrededor de algo inerte que no hacía más que estorbar y ocupar un espacio en el mundo que ya no le pertenecía. Buscó entretenerse contando grietas en el techo, el número de telarañas en las esquinas y calculando cuántos meses tendrían que pasar para adelgazar lo suficiente y poder zafar el tobillo del grillete.

Al término de la jornada laboral, nuestro hombre se dirigió directo a casa; ansiaba poder tener esa conversación en la cual él podría decir lo que le llevó más de medio día en resolver. El trayecto lo hizo de la manera habitual, observaba a la gente de su alrededor a la vez que repetía en su mente palabra por palabra el discurso que pensaba dar.

Cinthya estaba en la grieta 322 después de 23 intentos fallidos de contar cada una, cuando se percató del sonido de la puerta principal, el azotar del portafolio sobre el suelo, la gabardina colgada en el ropero y los pasos sobre la duela cada vez más cercanos al cuarto en donde permanecía.

La puerta se abrió y detrás de ella la silueta de un hombre ansioso y desesperado entró, camino con la mirada fija en sus ojos hasta el lugar donde ella estaba, jaló de manera violenta a Cinthya por el cuello de la blusa hasta tenerla a milímetros de su nariz…

Espera la continuación de “Sebastián” el día de mañana en metascopios.com

Una respuesta a “Sebastián, parte I

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