Sebastián, parte II

Montserrat Yáñez / @nosoyroomie

Puedes encontrar la primera parte de “Sebastián” aquí

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…Con la mirada aún fija en aquellos ojos oscuros, buscó en el bolsillo su navaja, tomó la muñeca de ella, la empuño y la clavo firmemente.

De Cinthya salió un grito rasposo desde la garganta acompañado de una lágrima, la sangre comenzó a derramarse y Sebastián sacó el metal de su cuerpo a la par que ella nuevamente gritaba de manera desgarradora, era casi posible escuchar la vibración de cada cuerda vocal en compás a las gotas de sangre. Un charco se formaba a sus pies, Cinthya estaba desconcertada y su rostro lo reflejaba, él no dejaba de mirarla y sentir la tibia sangre caer; guardo la navaja, colocó su rostro a las de la mejilla de ella para susurrarle con una voz aterciopelada: “Este sufrimiento es el que disfruto, no el de tus padres buscándote o el de tus amigos extrañándote… Estos gritos involuntarios y el desconcierto de tu rostro resultan placenteros pero, tu sangre resbalando entre mis dedos es extasiante. Este sufrimiento no es ajeno, es tuyo y se convierte en mío cuando yo soy la causa.”

Finalmente soltó la mano de la joven y ella cayó sobre sus rodillas sobre el charco de sangre, sus ojos comenzaron a parpadear de manera desigual y cada vez con menos frecuencia, sus respiraciones dejaron de acelerarse y su cuerpo se fue debilitando hasta caer inconsciente.

Una canción de los Beatles podía escuchar de fondo, reconocía la letra y comenzó a tararearla; giro la cabeza y sintió algo que estaba sobre algo suave, dio una vuelta más e intentó estirar los brazos, al hacerlo sintió un fuerte jalón en el brazo derecho. Cinthya abrió los ojos, estaba recostada en un sofá con una sonda en el brazo conectada a un suero. Su muñeca ya no sangraba, había sido cuarada.        -¿Qué demonios pasó?- pensó mientras miraba por la habitación buscando a Sebastián, sabía que sólo él podía haberla salvado y herido en ese lugar.

-Perdiste mucha sangre, afortunadamente despertaste. No me lo agradezcas, aún me arrepiento –escuchó a Sebastián decir detrás de ella. Con cierto grado de desesperación preguntó  por lo sucedido, él le contó que después de caer inconsciente un deseo en él lo impulsó por ser humanitario y ayudarla; así que salió del cuarto para buscar entre sus utensilios algo que la pudiese ayudar, lo más que encontró fueron gasas para hacer un torniquete así que después de eso salió corriendo a buscar a su vecina que era enfermera, le explicó que había llegado a “detener un suicidio” y que necesitaba de su ayuda. La mujer la atendió, explicó a Sebastián que lo conveniente sería trasladarla a un hospital para su observación; esas fueron sus últimas palabras antes de que se uniera a la lista de “trofeos” en la otra habitación, ella sabía demasiado y él no podía arriesgarse. Para terminar, le dijo Cinthya que había permanecido inconsciente 3 días y que por la pulsera de tela atada a su mano con la leyenda “The Beatles”, resultaría un buen estimulo su música.

Cinthya escuchó atenta cada palabra de la anécdota mientras su cuerpo era recorrido por un escalofrío y una sola pregunta crecía dentro de sí: “¿Por qué impedir aquello que amas?”.

Seis días ya habían pasado desde que ella vivía con ese hombre, su pie aún seguía atado a aquel grillete, y comenzaba a adelgazar a consecuencia del suero; aquella pulsera que él mencionó siempre le había quedado ajustada hoy, pudo sentir como resbalaba en unos centímetros de su brazo.

La primera semana terminó con un día más de suero y la constante vigilancia de Sebastián, había dejado de asistir jornadas completas para poder cuidar a la chica de cabello largo y oscuro que ocultaba dentro de su casa.

A la siguiente semana, le retiró la sonda y comenzó con alimentos sólidos. Cinthya había llegado a la conclusión de que la única manera de poder salir de ahí era manipulando a Sebastián y con inicios de anemia en el cuerpo; así que cuando él estaba en casa lo escuchaba, preguntaba por las chicas que a veces oía que traía, le contaba algunas cosas y comía todo lo que traía en las bandejas. Cuando él salía a trabajar, todo vomitaba. No tardó en ganarse la confianza del multi-homicida, a mitad de la tercera semana esperó tener el peso suficiente para escapar sin embargo; el proceso era demasiado lento y aún no lo lograba. Revisó su herida y vio que estaba próxima a sanar cicatrizar completamente, buscó a su alrededor algo con lo cual abrir la herida, nada.

Por aproximadamente una hora estuvo tratando de estirarse al escritorio de enfrente, todo desde el piso. Se desesperó y decidió ver si podía ponerse en pie con aquella cadena tan corta, lo logró. Estiro su cuerpo lo más que pudo para alcanzar un bolígrafo a la orilla, completada su hazaña regreso al suelo, era una pluma fuente. Pensó que aquello era perfecto, buscó con la mirada el reloj de la puerta, eran las 4:30 pm, Sebastián saldría de trabajar en media hora y llegaría a casa en otros 30 min más.

Al llegar a casa la encontró más quieta y en silencio que de lo normal, pensó que ella se había quedado dormida; así que fue a la cocina a preparar algo de cenar para ambos. Aproximadamente, 15 min después decidió ir a preguntarle a Cinthya si tenía algún problema de alergia con la canela, entró a la recamara e identificó ese olor de hierro y oxido de la sangre al instante. Corrió al final de la habitación donde estaba ella e intentó repetir lo del torniquete junto con lo que había hecho la enfermera la primera vez. Gracias a que el conservaba a sus víctimas contaba con el botiquín y el bolso de la enfermera, repitió lo más exacto que pudo cada uno de los pasos, corrió por lo que le hizo falta a casa de la misma. Justo antes de colocar la sonda dudo un par de segundos en hacerlo, el sentir todo aquel líquido carmesí entre sus dedos lo descontrolaba y excitaba de una forma inexplicable.

Cinthya logró sobrevivir una vez más, esta vez no habían sido sólo 3 días, ni una muñeca nada más; había permanecido inconsciente casi dos semanas y había cortado ambas muñecas esta vez. Por la gravedad del asunto, Sebastián había acortado aún más sus horas de trabajo pero, no podía dejar de trabajar el hacerlo sería morir de hambre y perder la oportunidad de seguir haciendo crecer su colección.

Al día 16 Cinthya ya estaba completamente consiente y alcanzó a oír la ejecución de la más reciente víctima; lo cual le planto otras dudas más en su existencia: “¿Por qué si ya tiene a alguien en casa sale a buscar a alguien más?, ¿Qué es lo que tiene reservado para mí?, ¿Un altar?”. Al haber estado tan delicada y sin transfusiones de sangre disponibles se encontraba muy débil, se limitaba a asentir con la cabeza escuchando a Sebastián contar sobre su jefe o sobre la nueva chica que asesinaría, lo único que le importaba era seguir adelgazando para zafar su tobillo del grillete.

Una semana más pasó y Cinthya volvió a desangrarse. Se arrancó la sonda y con la aguja abrió una vez más sus heridas; nuevamente él llego a tiempo sólo que esta vez pensó en más de una vez si salvarla.

El ciclo se repitió con más frecuencia hasta llegar al punto de ser cada tercer día en un mes, Sebastián tardaba más cada día en salvarla pues pasaron de ser segundos a 1 o 2 minutos; tiempo que él disfrutaba viendo aquel espectáculo.

Todo se volvió rutina hasta el día en que llegó a casa y encontró la habitación vacía, el grillete a un lado del librero y la pulsera de The Beatles que ella portaba.

Había logrado escapar, su cuerpo había perdido el suficiente peso para poder ser libre. Quitó aquello que bloqueaba las ventanas para después con la silla de escritorio romper después de varios golpes el cristal. La falta de fuerza hizo que le callera encima la silla varias veces, que al salir corriendo tropezará con sus propios pies y al saltar una cerca de 1.50 que rodeaba el jardín; su cuerpo recibiera varios golpes de alto impacto para su condición.

Por su parte, Sebastián se dedicó a buscar en el librero la nota amarilla, sonrió, tomó una fotografía y la despegó. Limpió un poco el desorden que ella había dejado, guardo la nota en su bolsillo y se dirigió fuera de su casa.

Cinthya fue encontrada a punto de desmayarse en el estacionamiento de un centro comercial cercano a la zona, se reportó su hallazgo a la policía y trasladada a un hospital. Mientras tanto, él homicida se entregaba a la policía y confesaba cada uno de sus delitos.

Tras un mes de recuperación en el hospital, Cinthya estuvo lista para declarar y se llevó a cabo el juicio por el delito de privación de la libertad e intento de homicidio en su contra. Durante ese tiempo, Sebastián no pidió ser defendido, el abogado de oficio no hacía más que hablar en una que otra ocasión y sólo para protestar por la poca consideración que el jurado pudiese tener al tiempo que Sebastián cuido de Cinthya; él homicida se limitó a asentir con la cabeza, aceptar toda culpa que se le imputaba, confesar los múltiples homicidios y la ubicación de cada uno de los cuerpos.

La corte dictaminó pena de muerte al acusado próximo a ejecutarse en una semana, el acto sería público y no se tendría consideración alguna con el determinado “Monstruo” por el jurado.

11:59 marcaba ahora el reloj. Sobre su cabeza había sido colocada una esponja húmeda y asegurado una vez más sus extremidades. El público esperaba impaciente que la corriente eléctrica corriera por su cuerpo. Sebastián no apartaba la mirada de Cinthya, ella tampoco lo hacía de él.

Faltaban segundos y él chico de ojos avellana, cabello desarreglado y aroma a naranjo saco de su manga un pequeño papel amarillo, se lo entregó al guardia y suplico se lo entregará de inmediato a la chica escuálida de cabello largo y opaco, argumento ser de vital importancia. Aquel guardia era primerizo así que intimidado por el tono de voz y la expresión de desesperación en el rostro del condenado accedió a realizar la petición de la manera más pronta que pudo.

El papel llegó a manos de Cinthya, escuchó la explicación del guardia y acepto el papel. Desconcertada, desdobló el papel y leyó lo siguiente: “Estírate, alcánzalo y serás libre. Es una promesa.” Su rostro se desfragmentó en ese momento, recordó que era el papel del librero que siempre estuvo a su lado, volteó la mirada a Sebastián; él vio todo, no hizo más que reír.

12:00 pm en punto, el verdugo realizó su encomienda. Más de 1,000 volts pasaron por cada milímetro del cuerpo de Sebastián, Cinthya seguía desconcertada, la audiencia impactada por el fenómeno, los guardias pendientes al cuerpo y Sebastián, después de unos minutos, había dejado de existir.

Cinthya no lograba explicarse la existencia de aquella nota o su contenido, sentía una necesidad de buscar esa respuesta y no se quedaría a esperar que le llegara del cielo.

Al salir de la sala de ejecución, buscó al guardia que le había entregado la nota; le hizo creer a base de lágrimas y una historia trágica que era la “viuda” del homicida y que sólo quería ver si le era posible recuperar las pertenencias de su “amado” difunto. El hombre inexperto en el campo se vio conmovido y accedió a cumplir la súplica de la chica; le entrego en una bolsa de plástico su navaja, su reloj, unas cuantas monedas y una fotografía del librero, nada que le pudiese ayudar.

Resignada, se dio la vuelta y caminó en dirección a salir de aquel lugar. Iba a mitad de camino cuando la voz del guardia primerizo le gritó, dijo que habían encontrado una carta en su celda y que de seguro la había escrito para ella; ella agradeció y la guardo en su bolso argumentando que la leería más tarde.

Rumbo a su casa en el coche de sus padres sacó el sobre, lo abrió y leyó las palabras de Sebastián:

“Cinthya:

Mujer, has perdido todo.

¿Recuerdas lo del dolor ajeno?, ¿Recuerdas que tu dolor era mi dolor cuando yo lo causaba? Pues déjame decirte que tu dolor no fue mío sólo la vez en que mi navaja se enterró en lo delicado de tu cuerpo. A partir de ahí, te cegaste por el dolor pensando que sería la única forma de escapar, no te diste cuenta que tú eras mi entretenimiento.

Dejé que te lastimaras y que estuvieras a punto de morir para que tu dolor siguiera siendo mío.

No te diste cuenta que con sólo una vez hice el bastante daño en ti como para desangrarte todos los días y regalarme ese placer sin esfuerzo alguno. Cada vez que te encontraba bañada en sangre me era más difícil resistirme a lo tibio del líquido a mí alrededor y a sentir como la temperatura de tu cuerpo descendía, debo confesarte que varias veces dudé en salvarte sin embargo; si no lo hacía dejaría de disfrutar esa sensación.

Contigo no tuve que ocupar más que mi cerebro para asesinarte todos los días.

Ahora que me eh ido y haz visto la nota puedo decirte que no paré de reír por horas en mi celda, todo el tiempo tuviste el boleto de salida a tu alcance pero, como te la pasabas en el piso buscando la pluma fuente y cortándote nunca mirabas arriba de tu cabeza y mucho menos a un lado.

Este daño que te eh hecho jamás, escúchalo bien, JAMÁS alguien podrá quitarlo; por más psicólogos o cirugías que te hagas llevaras la marca de cada cicatriz que tú misma te hiciste, recordarás como te la hiciste y los momentos de dolor que pasaste por tu estupidez.

Por si aún no te queda claro, a ti no te mate porque eres el daño permanente que quiero que siga latiendo; eres la prueba viviente de que TU dolor fue, es y seguirá siendo MÍO.

Gracias mujer, me hiciste el hombre más feliz. Nunca te lo podré decir pero eres lo mejor en mi vida, ojalá y hubiese más mujeres ingenuas y torpes por ahí para las siguientes generaciones.

Te deseo una larga vida, llena de lujos y comodidades; pues no quiero que mi daño latiente carezca de alguna necesidad. Se despide de ti Sebastián, el hombre que recordarás por el resto de tú vida al acariciar tu piel, al sangrar, al oler naranjos, al desayunar y en las noches de insomnio.

Por siempre mía.

 

P.d. Si decides suicidarte de nada servirá, solo terminarás de manera apresurada lo que ya habías empezado.

 

Atentamente.

Sebastián, por siempre en ti.”

Cinthya terminó de leer la carta sin expresión alguna en su rostro, sus argumentos para cada palabra eran válidos así que creyó cada una poniendo un peso extra del que se merecía cada letra. Visitó tal y cómo lo dijo la carta a psicólogos y cirujanos, la exactitud de la predicción aterrorizó a la pobre mujer creando en ella un sistema de bloqueo a su entorno.

Dieron el diagnostico de esquizofrenia tras 4 meses de fallida terapia, los expertos recomendaron internarla pero, sus padres se negaron; pensaron que sería una forma cruel de “deshacerse” de ella.

Para su mala suerte, los deseos del texto se hicieron efectivos, vivió varios años alternando en la realidad y otros 5 agonizando en cama tras 6 intentos fallidos de suicidio. El 9 de mayo, su vida culminó con un grito amargo y entre cortado por el acero inoxidable de la navaja de Sebastián en su cuello sobre su yugular.

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