Le Corbusier y la Carta Atenas en nuestros días

Alfonso Blanco / @alfonsoblanco

En nuestros tiempos las figuras públicas o los artistas consagrados son comercializados en todos los productos – sirve como ejemplo la mercancía ilimitada de Frida Kahlo -, sin que el consumidor sepa de su vida y obra. En las academias de Arquitectura existe una constante intención por cultivar en los estudiantes una idolatría por las grandes figuras. Los estudiantes lejos de cuestionar a esos grandes personajes y sus teorías o tratados, los aceptan como universales e incuestionables. La adoración no se queda ahí, existe una parafernalia por la adquisición de productos que validen la exaltación.

En la última semana de Arquitectura, en la universidad “X”, se organizaron una serie de conferencias y talleres por parte del consejo estudiantil; paralelo a lo académico existió la venta de playeras, calcomanías, tazas y demás productos. Dentro de dicha fiebre por el festejo, la playera más vendida fue la de un arquitecto con una singular apariencia. Los lentes redondos, el moño y sombrero son reconocibles, nos han sido mostradas sus obras, sus fotos y todo lo que existe alrededor de su pedestal en el olimpo de los consagrados.

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Considero que una buena universidad debe tener una buena biblioteca. Y si los estudiantes se mostraban tan entusiasmados al portar sus playeras, no había razón por la que los estantes con libros de Le Corbusier no estuvieran vacíos, o esa era la idea de un iluso como yo.

Carta de Atenas: alrededor de 120 páginas cubiertas por una pasta dura, un libro ya viejo y con pocos sellos de préstamo. En ellas el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM) se dedica a cuestionar el estado de las ciudades, y junto con Le Crobusier, generan una serie de puntos que importantes para el Urbanismo. Si es que se quiere conocer la obra del arquitecto más influyente del siglo XX, este libro es la mejor manera de acercarse.

El espacio destinado dentro de la metrópoli a la vivienda se ha visto afectado por motivos económicos y por el sector influyente, pues estos son los beneficiados a la hora de que la planificación tiene lugar. Los cinturones o las zonas marginales de la ciudad se ven mermadas en su infraestructura, en la densidad de la población que vive prácticamente hacinada y en las condiciones de salubridad en las que existen.

Aunque el libro fue publicado en 1942, Le Corbusier ya visualizaba el auge indiscriminado del automóvil, es por ello que plantea el hecho de desconectar la convivencia directa entre el peatón y el auto; era consciente de que las velocidades a las que se circulaba la gente no debían de ser condicionadas, y que el ser humano no debía vivir cerca de las grandes vialidades.

El diseño de los distritos o ciudades debe estar adaptado para que los obreros puedan tener una idónea movilidad: que puedan llegar en poco tiempo al trabajo y a su casa, pues el tiempo de esparcimiento debe ser idóneo para el descanso de la mente,  porque la ciudad mal planeada repercute directamente en sus habitantes.

Otra de las cuestiones en las que el arquitecto francés  hizo hincapié fue en el manejo del medio ambiente, planteó la posibilidad de que las viviendas fueran construidas en vertical –como el mismo lo hiciera con el conjunto habitacional de Marsella-, para que se evitara el exterminio de las zonas verdes. La ecología ya era un punto importante dentro del libro, así como el adecuado uso del suelo. La naturaleza y sus virtudes fue reconocida: la adecuada iluminación natural permitía las condiciones ideales de higiene. El hecho de que el proceso urbano fuera realizado indiscriminadamente y se quisiera construir más en un lugar pequeño, le quitaba completamente los rayos del solo a las viviendas.

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Lo urbano debía estar fuertemente conectado con la forma de vivir en las regiones en las que se quisiera construir. La estructura de la ciudad debía ser ideada para el encuentro de los habitantes, quienes debían de sentirse descentralizados de sus problemas.

Habría que cuestionar la apropiación de las ideologías en los jóvenes. Hasta cierto punto, y perdónenme por la comparación, encuentro semejanzas entre el Che Guevara y Le Corbusier como figuras apropiadas por la juventud. Si bien en su tiempo sus propuestas propusieron aspectos interesantes, no llegaron a concretarse por completo y su vigencia está más que demostrada.

Ejemplos que se vieron influenciados por los tratados y por Le Corbusier abundan en el mundo contemporáneo, algunos con presentes prometedores, otros con pasados obscuros. La ciudad de Brasilia y su arquitecto Oscar Neimayer o el Conjunto Habitacional Nonoalco-Tlatelolco de Mario Pani, son los ejemplos más cercanos que tenemos en América Latina. Si fueron bien asimilados o no, los tratados de aquellos arquitectos repercutieron directamente en las ciudades del siglo XXI.

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Como padre de las teorías de urbanización, vale la pena conocer más sobre Le Corbusier, ya después podremos ponernos la playera. Es cierto que como jóvenes debemos ser revolucionarios, ya lo dijo Salvador Allende, pero de igual forma tenemos que poner atención a las ideologías que decidamos seguir, pues nos encontramos en una edad peligrosa para adquirir ideales.

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