Demasiado tarde

Karla Gudiño / @_paper_dreams

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Encendí otro cigarro, ¿qué más da? De algo tengo que morirme. A muchos, con el tiempo el cigarro hace que su voz cambie, que sea más grave y más rasposa pero eso no va a sucederme. Sólo soy un pobre diablo. Un pobre diablo que nunca podrá producir ése efecto de excitación al cantar en el oído de una mujer porque estoy defectuoso, defectuoso de nacimiento.

Nunca nadie escuchó ni escuchará mi voz. Mudo.

Mudo para siempre y vaya que si el decir siempre es algo muy arriesgado en esta ocasión no lo es. Gracias al destino que sí puedo escuchar; no sé qué hubiera sido de mi vida sin la armónica, sin los acordes provenientes de la guitarra de Santana o la bendecida voz de Sinatra y sin la dulce y suave voz de mi Leonor.

Aún recuerdo la primera vez que la vi, tan radiante como siempre, una sonrisa tan transparente y unos ojos que me atravesaron y me mataron.  La primera vez que vi mi reflejo en sus ojos color miel supe que era ella y creo que ella también lo supo, el chispazo que tuvimos fue instantáneo; creo que esperaba que me presentara pero en vez de eso solo pude quitarme el sombrero e inclinar la cabeza, me sonrío y esa sonrisa fue el comienzo de nuestra historia. Después de algunos meses de noviazgo me arrodillé y seguido de esto una lagrima y una cabeza asintiendo me hicieron el hombre más feliz del mundo.

Un año después nació nuestro amado hijo.

Leonor nos dejó muy rápido, todavía no creía que me hubiera elegido a mí de entre tantos pretendientes. ¿A mí? A mí de entre todos ellos.  Un pestañeo, un baile momentáneo, mis brazos entorno a ella y se había esfumando. Se había esfumado de mis brazos. Esfumado para siempre.

Nuestro hijo podía hablar y eso llenaba mi corazón de alegría. Me preocupaba mucho eso cuando mi Leonor lo llevaba en su vientre pero Dios escuchó mis plegarias. Él era muy apuesto, por supuesto lo sacó de mi mujer; ahora es todo un hombre, un hombre de éxito con una familia,  una hermosa esposa y un hijo precioso. Pero, ¿qué les puede decir el abuelo?

Mi hijo y su esposa salieron de viaje, tengo que cuidar a mi pequeño nieto.

Creo que he sido un buen abuelo, jugamos bastante, le he enseñado los nombres de las constelaciones que vemos por el telescopio, hago pancakes para el desayuno, le enseñé a jugar béisbol, nos levantamos tarde por los Domingos y fotografiamos parvadas al atardecer.

Éste fin de semana va a ser genial, iremos a la casa del lago, asaremos malvaviscos, contaremos leyendas no tan tenebrosas porque después le es imposible conciliar el sueño, nadaremos y pescaremos.

Han tocado el timbre, tengo mi maleta lista, las cañas de pescar que usaba con mi hijo y los sombreros especiales llenos de historias a un lado de mi sillón de cuero viejo color marrón  con vista a la triste y monótona ciudad, la ciudad que nunca escucha mis gritos internos en mis momentos de soledad. Cuanta falta me hace mi Leonor y aquellos ojos que me leían en un instante, ahora ya nadie lo logra.

Cierro con llave la puerta blanca que mas que blanca ahora se ha convertido en amarilla con el paso del tiempo, subo al auto y nos dirigimos al lago.

El día es perfecto, la cabaña está bañada por los rayos del sol, el clima es caluroso, el pasto baila con el viento y el jardín está lleno de mariposas. Asamos una carne deliciosa y después de limpiar la cocina  subimos a la canoa para pescar, por supuesto él ganó y mientras me disponía a ir a la cabaña a limpiar y guardar los pescados, unos ojos color miel iguales a los de mi Leonor suplicaban poder nadar un rato en el lago cristalino, las suplicas funcionaron. Lo dejé.

Lavé los pescados, los guardé en el refrigerador y al volver al lago solo vi unas manos blancas y regordetas intentando salir del agua con una desesperación tremenda. Salté.

No lo pensé dos veces y nadé tan rápido como mi cuerpo viejo me lo permitió, no sé cómo describir la angustia que me daba al ver que por más que me esforzaba no avanzaba lo suficientemente rápido, pataleaba y manoteaba lo más fuerte que podía y cada que lo hacía me sentía más lejos de ese pequeño ser que tanto amaba y anhelaba salvar.  Lo atrapé apenas pues su cuerpecito se iba hundiendo en las aguas de este maldito lago, lo saqué con mucha apuración, intenté sacar toda el agua de sus pulmoncitos pero fue demasiado tarde, sus labios morados, su pulso detenido y su frío cuerpo no mentían.

Un gemido salió de mi garganta y entonces escuché mi voz. Escuché mi voz y mi alma gritando con fervor ¡NO! Pero era demasiado tarde. Demasiado tarde para él y demasiado tarde para mis oídos.

Demasiado tarde para mi roto corazón.

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