Mosaicos

Martín Juárez / @mmmartin26

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Me senté sin mayor queja sobre el concreto frío de la pequeña celda y miré alrededor. Los muros se extendían inmutables y el aire entraba más o menos fresco por la puerta de hierro. Las cárceles tienen más de esta parte directa y limitante en cuanto a los movimientos, pero resultan de alguna forma aflorar los recuerdos y deseos más grandes del ser humano. O esto es al menos lo que tiendo a imaginarme cuando pienso acerca de las cualidades determinadas de las personas que se encuentran esclavizadas y detenidas por un muro más grande que ellos.

En esta celda se escuchaba una ligera canción triste cuando se metía alguna corriente de viento por debajo de la puerta. Alrededor de la tarde media, la canción pequeña se atisbaba por encima del aire y caminaba despacio hasta el oído. Ella se trababa, según yo, sobre la ligera nostalgia de los tiempos pasados. Aunque algunos reímos con una estrofa y otros lloramos con un estribillo, la música es siempre la misma. Esta breve canción que traía el viento de alguna memoria que seguramente tenía bien grabada en la cabeza, cantaba una tonadita sobre el recuerdo, y sobre el dorado de las tardes que se iría perdiendo para hacer de la noche una mujer más amarga, una calma más fluente.

El hombre cargaba su guitarra y se ponía a cantarle a las masas y las masas lo escuchaban. Y cantaba sobre canciones de olvido y nostalgia y le tenía esta veneración extraña a las hierbas verdes y al color azul. Azul, hierba azul, comida, caminata azul. La dureza es la de la lluvia que nos va a caer a todos encima. Puntuación. No puntuación. La vida tiene siempre un exceso de comas. El tiempo moderno se metía por la puerta y la puerta lo aplastaba y dejaba pasar un suspiro que se metía en el oído, y entonces el dolor se volvía dolor y el color lo avivaba, y además lo mataba. El sol, la ventana, el viento, canción, masas; prisiones, dureza. La lluvia tenía algo extraño que venía de sí y que se hacía una negación de los tiempos, una muerte de la historia, un llanto escondido en una canción que yo escuchaba en el viento.

Enfrente de mí estaban unos mosaicos muy graciosos. La cuadrícula era de 12 cuadritos de alto y de 17 de ancho. La primera hilera de cuadritos era azul, y después se iban alternando entre el verde seco, y el azul más obscuro, algunos eran púrpuras y otros eran completamente negros. A veces cuando me sentaba, la ligera canción me

hacía recordar la idea de los cuerpos muertos afuera, en la guerra; y entonces entendía por qué el hombre con su guitarrita los cantaba a todos. Pero a veces también veía el azul. Y ese azul era diferente porque traía consigo un mensaje cargado de una teñida alegría, del deleite de la ruptura; traía el azul de los pies cuando corren.

El agua, ella cubría los pies. Los mosaicos hablaban. Los mosaicos traían adivinanzas. La canción se metía, y se metía despabilada y triste y cadenciosa y necia y cantaba. La canción era de los tiempos de los padres, y los padres eran la canción que traían los cantares del pasado, los pasos, las eternidades allegadas entre el amor al pasado, la añoranza de lo que nunca fuimos (ni somos ni seremos) y lo que viene: muerte, tiempo, azul, agua, andares corriendo. ¡La lluvia que caerá nos caerá como piedras sobre las espaldas!

Si vi algo en los mosaicos, si vi muertes y mil suertes mezcladas en la imaginación de la libertad roñosa y despótica; ocurrió porque la canción me las trajo. Si vi algo en los mosaicos de mi prisión, y de mis deseos más prolíficos y enfermizos, le quiero contar al papel que fue porque aprendí a leer los mosaicos y las canciones que traían las tardes de oro. Las tardes de oro que son todas que no traen nubes en ellas y que dejan que el sol se meta, y las canciones se canten. Y es que todos traemos agua, canciones, agua; tardes donde corremos, muertos, en la hierba y el polvo que son verdes, y atonales, y que nadan como peces en el más tórrido de los ríos.

Así mataba mis tardes. Haciendo como que soy menos hijo del tiempo que de las memorias y deduciendo que a fin de cuentas, la memoria pare al tiempo como una madre exhausta y asustada. El hijo no puede ser mucho mejor. El hijo es la guitarra, el hijo es el hombre que la toca, el tiempo es el padre que se larga; el hijo es el dorado de la tarde. El tiempo es la canción que se mete por debajo de las puertas de los hombres aprisionados por la ignorancia y la fortaleza de sus palabras. La escuchamos como cantos de guerra y de fe, de paz y de sosiego. La canción nos canta como la mentira más cierta de todas; la música de los tiempos nos grita en los estómagos, para que se mojen nuestros pies y besemos al jardín austero que aún no nos da frutos, pero que yace ahí. Ella es el dolor que nos cargamos muertos, imbéciles, genios, borrachos y arteros en el bien del ensalzado deseo meloso de ser buenos y malos a la vez.

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