El existencialismo de Taxi Driver: Parte I

Anaid Galvez / @Perita3

taxi-driver-picture Recuerdo la primera vez que leí el monólogo del empleado civil en Memorias del subsuelo escrito por Fiódor Dostoyevski como también la primera vez que dedique una tarde a ver al personaje de Robert De Niro llamado Travis en Taxi Driver del director Martin Scorsese; y si no logro equivocarme el contagio de una sensación de angustia sobre una alienación con la sociedad en la que se supone uno se debe desenvolver sin un esfuerzo más allá de lo normal, era muy similar.

Nuestros dos protagonistas son personajes llenos de una infelicidad provocada por el sistema absurdo en el cual tratan de llevar una vida. De Niro representa al civil distanciado de los comportamientos sociales proclamados como normales, Travis Bickle un hombre que ejerce el oficio de taxista y se desenvuelve en las calles más bajas de Manhattan -donde los anti-valores sociales, prostitutas y drogadictos son parte fundamental de esta escenografía-, un individuo con poca convivencia social y sin lazos afectivos cerca.

Después de un rompimiento amoroso con la mujer que suponía volverse un lado optimista de su vida. Travis refleja su desprecio hacia la sociedad ante la figura de Palentine, un candidato a la presidencia quién representa el clásico discurso del buen gobernante y decide asesinarlo en un mitin político. La secuencia de la planeación de este asesinato consiste en una especie de ritual en donde se rapa y empieza a trabajar en un vestuario conformado de armas y pistolas para matar a su enemigo, pero el desenlace no es el esperado ya que es reconocido por los guardias y huye.

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Es aquí donde parece ser que veo al protagonista de Memorias del subsuelo quien se lía en un pleito interno con un oficial que tal vez nunca supo de su existencia y aún así se ensaña en demostrarse superior a él; presenta al igual que Travis un ritual del buen vestir con el traje de Gonstinyi Dvor económicamente prestado para presentar su venganza ante el “sistema” que desarrolla la sociedad en la que vive.

Dos hombres, anti-héroes de mediana edad, un taxista y un empleado civil con una cosa en común: el mismo miedo quien los lleva a una misma resignación ante la imposibilidad de encontrar un sentido a su vida y descargan toda su ira con el sistema proyectándose en lo más cercano que tienen como figuras políticas; ante esta comparación me ha asombrado ver reflejado que una pistola y un traje terminan siendo la misma cosa: intimidan, nos pone en pie de igualdad con el gran mundo.

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