Rojas

Eduardo López / @loedru12

*Este texto fue publicada originalmente en Metascopios_ No.3, pueden leer la revista digital completa aquí o encontrarla gratuita en los puntos de distribución.

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Conquístala con rosas rojas, decía mi padre, y tal vez todos los padres del mundo dicen lo mismo. Ningún otro color es igual de atractivo para ellas, caerán a tus pies. El rojo las identifica: es sinónimo de pasión y atrevimiento, pero a la vez de elegancia y discreción; un halo de misterio sucedido por la inefable atracción de resolverlo. Fue con un ramo de rosas rojas que me presenté con Lucía. Ella frecuentaba el Café Central de la avenida 22 los primeros martes de cada mes. Un día de la nada llegué con el ramo de flores, lo puse en sus manos y comenzamos a hablar. Me enamoré de ella con una resignación inimaginable. Con esa disposición de abandonarlo todo por ver florecer en su rostro una sonrisa todos los días. Todo en ella era magnífico y me fascinaba. Un año después nos casamos.

Nos mudamos a Capital apenas pudimos. Mi experiencia en el rubro me aseguró un gran empleo en la editorial. Ahí conocí a Pablo. El hombre tenía una tremenda habilidad para leer y detectar incongruencias en los textos. Tenía unos cinco o seis años menos que yo y por lo tanto su experiencia era reducida, pero con prontitud su colaboración dentro de la oficina se volvió fundamental. Los demás no fueron tan empáticos conmigo al principio pero de a poco fuimos integrando un buen equipo de trabajo. Todos los viernes, Pablo y yo salíamos por cervezas al Deluxe, en el centro. En alguna ocasión me comentó que Paula, la becaria de periodismo, le encantaba pero no hallaba la forma de acercarse a ella. Sugerí que cualquier vez que nos encontráramos en la oficina les propondría salir, para que con naturalidad tuviera un pretexto para acercársele, yo llevaría a Lucía y sería una especie de cita doble. A Pablo le pareció excelente idea, tomó el resto de su cerveza de un solo trago y sonrió con nerviosismo. Jamás lo volvía a tomar tanto como esa noche.

Se rumoraba mucho la llegada de un autor del sur a la editorial. No queríamos especular de más y fue hasta la primera semana de octubre que supimos que Jean Baddou publicaría su tercera novela con nosotros que la oficina explotó en alegría. Había dejado Ediciones IG tras los supuestos rumores de arreglos en los premios literarios de esa editorial. La mañana del anuncio oficial el mismo Baddou nos visitó, encomendándonos un trabajo impecable y recalcando la importancia de esta obra en particular. Pablo y yo coincidíamos, como seguidores de Baddou, que “Matadores de Brújulas” iba a ser un hito en la narrativa actual. El resto de la semana se nos dio para que nos preparáramos a trabajar de lleno la siguiente semana. Aún con la inercia y emoción de la noticia expliqué con dificultad a Lucía la situación. Lucía jamás demostró sensibilidad para la literatura, y en cierta manera mi trabajo le era indiferente. A mi parecer intentó mostrarse entusiasmada. Para mí estaba bien. Esa misma noche, con el pretexto de celebrar, salimos con Pablo y Paula a Le Jardin. La noche fue completamente insípida. Pablo y Paula no hablaron entre ellos en toda la cena, y Lucía por educación terminaba riéndose de los grotescos chistes de Pablo y yo por ratos platiqué con Paula. Era una joven brillante y hermosa con un olfato privilegiado para la noticia y con una carrera prometedora; apenas termináramos “Matadores de Brújulas” se iría al extranjero. Paula se fue en taxi, y Lucía y yo llevamos a Pablo a su casa. Nunca más volvimos a salir

No me explicaba cómo Pablo fue rechazado antes siquiera de que lo conocieran. Era un joven alto y bien parecido, con una facilidad del habla poco común y con un buen trabajo; un caballero en toda la extensión de la palabra. Paula debió ignorarlo por sus planes a corto plazo. Sin embargo, después de la cita y recién comenzamos la edición de Baddou, Pablo comenzó a portarse extraño. Su rendimiento no disminuyó, pero constantemente solicitaba permisos para ir al doctor hasta que después de un tiempo acordó con el jefe un horario de trabajo más flexible. En consecuencia, su entrada era a primera hora de la mañana para cumplir con la jornada apenas comenzara la tarde, un par de horas después de que yo entrara, él cubría la mañana y yo la tarde. Pablo y yo dejamos de salir los viernes. Además, apenas supo del cambio Lucía, las cosas empezaron a andar mal entre nosotros.

Durante la última parte de “Matadores de Brújulas” no supe de Pablo más que por las revisiones que dejaba en mi escritorio para que transcribiera y confirmara. El día de la presentación ni se presentó. Jean Baddou quedó complacido tanto con la edición que prometió al menos un par de libros más con nosotros. Al brindis después de la presentación tuvo que acompañarme Paula, ya que Lucía sufría una jaqueca terrible y sin omitir la pequeñísima voluntad de hablarme. Paula estaba a días de irse a Europa a continuar sus estudios y la euforia del éxito la hizo tomar un par de copas más. No sé si Paula poseía una empatía envidiable o mi tristeza era muy evidente, pero tomó de mi hombro y con un aliento poco agradable me aseguró que no tuviera miedo al cambio. Apenas la prensa se fue, presenté mi renuncia a la editorial, el término de la edición de Baddou era suficiente pretexto para el jefe. Mandé un mensaje a Lucía que llegaría a las 6 a casa, que se alistara porque saldríamos a cenar. Ella sólo contestó con un “ok”. Compré un ramo de rosas rojas en el camino y manejé con rapidez hacia mi casa. Estaba dispuesto a recuperar el tiempo con Lucía, y seguro mi renuncia le entusiasmaría; pasaríamos más tiempo juntos como siempre insistía. Llegué a casa justo a las 6, intentando no sorprender a Lucía arreglándose aún, y justo cuando abro la puerta del cuarto encuentro a Lucía montada sobre Pablo a lo largo de toda mi cama.

Conquístala con rosas rojas, decía mi padre, y tal vez todos los padres del mundo dicen lo mismo. Ningún otro color es igual de atractivo para ellas, caerán a tus pies. El rojo las identifica, su sangre hervirá por dentro cada que, sin que se lo esperen, llegues con un ramo de rosas rojas. Caerán a tus pies.

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