La ignominia de llegar temprano cuando nadie espera

Sineàd Marti / @_Macorina

Agnes Cecile_martes

Agnes Cecile

-Una alarma de despertador. Un despertador a las 7:38 de la mañana. Un alma de sol recién salido-

Maldito el hombre que ha forjado la primera manecilla del primer reloj; el que ha llegado temprano a la primera cita del mundo. A Isabel se le ha hecho tarde. Se le atascó el jueves en la almohada.

-La pantufla regordeta derecha; luego la izquierda. El gemido del dolor de espalda. La mano en la cintura. La puerta del baño que se abre. El espejo está sucio. Ya casi se termina la pasta dental.-

A Isabel se le hace tarde, deja caer sus senos cuando desabrocha el brasier; toca el agua que está fría. Por un coño; que a Isabel se le hace tarde.

Isabel entiende a estas alturas de las 8 de la mañana que se le ha hecho tarde. Se enfrenta al espejo y se mira en un encuadre que poco deja a la simetría. Qué bonitas cejas; iguales a las de su madre. Los dientes, de nadie más que de su padre. Y según dicen, la frente de su abuela. Con 84 años Isabel parece haber comprendido la vida. Le parece simple. La sostiene altanera como a un tren de juguete en navidad.

Isabel se ha preparado para este día con ahínco. Nada puede salir mal; el comedor está limpio, las calcetas con su par y el recibo de la luz ya fue saldado. Ha pintado las esquinas de todas las habitaciones, ha vaciado el refrigerador y hasta ha combinado el color de sus uñas con el labial.

Además ha previsto el hecho de que se le hace tarde; y con una tonada andaluza, en compás de tres por ocho, atrasa el reloj. Voilá; que incrédulo el que ha inventado el tiempo. De pronto todo se le acomoda nuevamente.
-Los botones que se abrocha de abajo hacia arriba, las medias que se suben, la nariz que escurre y el perro de la vecina que ladra.-

Y es que en lo tocante a la fortuna Isabel encuentra bella la perfección. Por ello ha dedicado estos últimos meses a tan esperado día. Ha planchado las sábanas de todas las camas de la casa e incluso ha mandado traer flores de un solo color.

“Que la vida no se dé cuenta.”, y se unta un poco de rímel en las canas nuevas a las orillas del rostro. Habrá que preparar algo de comer. O mejor no. ¿Para qué?

Han dado ya las 3:43 de la tarde, las 4:43. Y la sonrisa de Isabel ya asoma un tono azul que el mundo aún no conoce. Está nerviosa; se despide de la foto de Alfredo; le da un beso al portarretratos y se sienta a un costado de la cama. “84 años. 84 años de todo y nada.”

Y de pronto la vida que miraba tan entre sus manos parece que se le esfuma; se le va de la punta de la lengua y no puede más que pensar. En su madre, su zapatos favoritos cuando era niña y en la primera vez que vio el mar-

“Que desperdicio de tiempo la vida si cuando se le recuerda todo se ve más pequeño; como cuando uno regresa a la casa de su infancia.” Pero Isabel habla sola.

Es que Isabel tiene miedo. Porque no sabe qué hace con los ojos cerrados. Se ha puesto a pensar si dejó suficiente comida a los gorriones en el patio. Decide imaginar lo bonita que se debe ver.

Isabel espera. Un minuto, dos, después del quinto ha dejado de contar. ¿Qué tanto extrañará la habitación el tono tibio de su dormir?; que aún cuando no era mudo dejaba escapar una pista de la delicadeza del soñar.

En algún lugar, quizás Isabel llegó a tiempo; mientras aquí en casa los muebles permanecen callados. El silencio es diferente, pesa. La cama ha entrado en un trance en el que retumba el aire. Las hormigas parecen percibirlo y salen hacia la alacena. Ya casi son las 6, pero Isabel ya no despierta.

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