La nada después de la muerte: Una hipótesis invencible

Juan Gaitán / @FalsoConFalso

Para mi maestra Alejandra, por coincidir en el ser

No llore, viejo –dijo León–. No he conocido a nadie tan valiente como su hijo.

El desafío, Vargas Llosa

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La nada es un concepto traicionero, no es de fiar, ¡se le debe temer! Porque sus cuatro cínicas letras pretenden darle existencia a lo que más bien es una negación lógica, una imposibilidad ontológica. Pero que la palabrería no espante, ya me explico.

¿De qué se compone el universo? Bajo esta cuestión nació la Filosofía griega en Mileto, actualmente en Turquía (si es que aceptamos su inicio con Tales). Ante la –ociosa– pregunta ¿de qué están hechas todas las cosas, cuál es su origen?, los pensadores que nos recuerdan nuestro paso por la preparatoria (Anaximandro, Anaxímenes) esbozaron respuestas probables: agua, una masa informe, el aire.

Pero esos intentos resultaron defectuosos. Especulemos… ¿qué tienen en común la Luna y una hormiga? ¿los dioses y un taco? ¿un picasso y la perversión de un pederasta? Aristóteles, tras lo que posiblemente haya sido una noche de sudoroso insomnio, se exaltó: ¡Todo es! O, dicho de otro modo, el ser es. Mis ideas son. Los colores son. Un tritón es. El Monte Éverest es. Así que si alguna vez te preguntaste qué es la Metafísica, acá tienes la respuesta: La Metafísica es llevar esa afirmación hasta sus últimas consecuencias.

Mas el ser no es lo que nos ocupa, sino el no-ser. La nada no cuenta con ‘existencia’, sino que se reduce a un concepto lógico, creado por la mente como negación del ser. Expliquémoslo con manzanas. La manzana existe; la no-manzana no ‘existe’, pero puedo entender que una no-manzana sea la ausencia de una manzana (lo que queda, por ejemplo, tras habérmela comido por completo). Así pues, la no-manzana existe sólo en la mente como concepto, por lo tanto, el no-ser (o la nada) es un concepto lógico. Es algo. Es. ¿Es? ¡Carajo! ¿No que el no-ser no puede ser? Ya lo advertía, la nada es un término traicionero.

Entonces, ¿qué sucede con la persona tras la muerte? ¿Le espera esa nada que no es? Todas las religiones le apuestan al ser, a que tras la muerte hay algo. Desde antiguo se ha intentado fundamentar esta orientación.

[Nota de la que el lector puede prescindir: El ser y el no-ser de los que hablamos son abstracciones. El verbo ser –yo soy humano– se sustantiviza, pasa de verbo a sustantivo, de ser cópula a ser copulado].

En el terreno de la Ética se ha discutido bastante alrededor de situaciones como la muerte cerebral. ¿La persona ya ha dejado de ser? Los judíos de tiempos Jesús esperaban tres días para asegurarse de que el cadáver hubiera sacado por completo todo aliento de vida. Por eso la insistencia en el ‘resucitó al tercer día’.

Algunos ateos contemporáneos pretenden dar razón de su ateísmo a partir de las ciencias, las mociones de la mente o del alma o de la conciencia o de cualquier entidad que quiera hacerse pasar por espiritual o inmaterial –y que, como tal, no tendría por qué ser aniquilada al momento de la muerte– son explicadas a partir de estudios a las neuronas y el cerebro. Y así se sienten confiados para profesar su credo: La muerte es el encuentro con la nada, sea lo que sea que eso signifique.

Las grandes religiones proponen principalmente resurrección o reencarnación. Piensan que la persona, una vez constituida, no puede desaparecer jamás. Pero es notorio cómo cualquier creyente, por muy místico que sea, alza las manos en actitud humilde ante aquello que se ve en la necesidad de encerrar bajo la categoría de ‘misterio’, es decir, nadie puede explicar con exactitud qué es lo que su religión indica que le espera (¿qué católico puede describir lo que es la ‘resurrección de la carne’ o el famoso ‘cuerpo glorificado’?).

Los credos –aun los ateos–, parece ser, son apuestas basadas, por decirlo burdamente, en probabilidades, en estadísticas. Es decir, ¿hacia dónde apunta la vida? Las pistas –antropológicas, científicas, teológicas (?)–, ¿qué nos conducen a pensar? Sin embargo, como en otras cuestiones escabrosas, lo determinante resultará, a mi juicio, el encuentro existencial:

¿Quién puede saber si está a favor o en contra del aborto voluntario –más allá del elegante discurso–, sino quien encara tal posibilidad? De esta forma, cuando sea el momento, si es que se muestra venir, o cuando le llega el tiempo a algún ser querido, es cuando gritamos: all in! y arrojamos todas nuestras fichas por la opción que miramos más probable, o, quizás, a donde alguna corazonada así lo indique.

Pero volvamos a la nada. Habría que decir que el no-ser es una hipótesis tan científicamente comprobada como lo es la resurrección. ¡Es una hipótesis invencible! Lo que queda es la apuesta antropológica que, considero, debe situarse en conformidad con la dignidad humana, si es que no se quiere rasgar la coherencia, exigida por la propia mente, entre razón y existencia.

La propia conciencia nos exige sugerirle un rumbo, tomar partido. El pensador alemán von Balthasar sugiere: ‘sólo el amor es digno de fe’. Ése es su acto confesional, pero las propuestas abundan. La pregunta nos cae como un yunque de caricatura y nadie se limita a mirarlo descender y ser aplastado, sino que damos un paso y lo damos en una dirección determinada, porque, queramos o no, incluso el apegarse a la hipótesis de la nada al final de los días, es un acto de fe.

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