La devoción no se paga

Sineàd Marti / @_Macorina

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Del primer paso a la poesía hay tan sólo un asalto que toma por sorpresa, no al poeta, sino al amado; que se verá en la penosa necesidad de ser enterrado a medias en un poema que no le dejará morir.

La devoción no se paga. Y eso es algo que he venido entendiendo con el tiempo; que la repetición de la oración no siempre lleva a lo divino; que los mantras de la vida se dicen en idiomas aún no creados para el hombre corriente.

Pero parece que el término no cabe cuando se trata de justificar la derrota de todos los tiempos y de todos los hombres. Se mira débil y delicado el esmero en vestir con mejores ropas a nuestros héroes de la cama; es de poca elegancia el tiempo que toma arreglar su cabello y lustrar sus pocas virtudes. Lo difícil de contar las aventuras que hubieran deseado tener.

La devoción no se paga y como fe de ello está el mar; que aún cuando se le bautizó el azul, decidió no saciar ninguna sed. Y entonces lo que trato de exponer con pericia de pez es el mal salario por los servicios de idealización prestados al ser amado. Que no encuentra en su perímetro más próximo la majestuosidad de los monumentos hechos con los muros que tocó.

No se trata de una elucubración cualquiera. Es, en todas las aristas, un problema serio que requiere de la intervención de todos los involucrados, desde las moscas que merodean las comidas podridas, hasta la madre que engendró al primer perdedor de la historia.

El amado deberá entonces estar obligado a ser el superhombre de la mitología que se le escriba; deberá sentarse en el trono que sostenga la espalda del que lo ama. El amado deberá darle un beso en la frente a su esclavo y librarle después revelándole su más aparente verdad: yo no soy lo que soy para ti.

Dejemos entonces que el que ama pueda con el viento. Y decida si quiere confrontar al mundo a partir de entonces.

La devoción no se paga. Sin embargo es posible distinguir un goce en el deseo, mayor que el producido por la satisfacción del mismo. La devoción no se paga porque el amado no sabe qué moneda espera aquel que le ama.

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