Tejer como un acto guerrillero

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Transformar la ciudad, apropiarse de un espacio que debería de diseñarse para ser público. Buscar la forma de que el mensaje sea visto, que genere una reacción incomoda, de humor, de paz dentro del caos desatado de las ciudades.

Se ha mencionado el papel que tienen los museos en el siglo XXI, su capacidad – o falta de ella-, para incluir a los sectores populares. El museo es una institución consolidada en el mundo del arte, hoy en día – en la mayoría de los casos -, busca cómo llenar a sus espectadores, quienes están hambrientos de experiencias y de cómo poder validarlas en la sociedad.

Es por eso que el arte urbano resulta una propuesta fresca – la cual no está exenta del mercado, recordemos cuanto se paga por una obra de Banksy-; un aliciente para las ciudades, pero sobre todo para sus habitantes.

El panorama de la rutina dentro de las metrópolis es asfixiante. Se debe empezar a reflexionar sobre el tiempo que pasamos de nuestras vidas en el tráfico, en el camino a la escuela o el trabajo. Los espacios de recreación y las viviendas no cuentan con la implementación adecuada de válvulas de aire – llamemos así a la correcta distribución de vías vehiculares, parques para la familia, centros culturales.

El arte guerrilla y el Yarn bombing

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El arte de guerrilla es una iniciativa artística urbana, que surge espontáneamente en las localidades de todo el mundo. Se genera de la mano de personas anónimas o de artistas profesionales que intentan reinventar los espacios cotidianos con ánimo de transformarlos en lugares donde hacer reflexionar, sorprender, divertir, restaurar o dar un nuevo uso o significado a las cosas.

El Yarn bombing o guerrilla crochet es un  movimiento de arte urbano que se inició en 2004 en Holanda que consiste en cubrir todo tipo de superficies urbanas con elementos tejidos con lana.

La primera comunidad de la que se tiene registro es Knit the City en Londres, sus proyectos e instalaciones tuvieron una repercusión tal que realizaron grandes proyectos. Todo inició cuando Lauren O’Farrell comenzó a tejer durante sus tratamientos para el cáncer que padecía. Luego de entrar en remisión ella festejó colocando una bufanda de alrededor de 168 metros a los leones de la Plaza de Trafalgar.

Otras comunidades y corrientes se fueron formando en diversas partes del mundo. Con la herramienta de las redes sociales y las comunidades virtuales, el fenómeno del yarn bombing, consiguió aún más público y muchos adeptos que retomaron el tejer como forma de expresión.

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Las intervenciones aún no se encuentran fuera de lo legal en muchos países. El mobiliario no es dañado, ya que la mayoría de las “fundas” sirven como una capa. Los yarn bombers, en general, usan nicknames para identificarse.

A pesar de que el movimiento se ha expandido alrededor de todo el mundo, existen ciertos prejuicios de que es una actividad sólo para mujeres mayores o una respuesta del ocio. Sin embargo, las comunidades de yarnbombers se han identificado tan bien que hasta tienen su día internacional, el 15 de junio. Muchas de las tejedoras son artistas o intelectuales que defienden con conocimiento de causa lo que hacen.

“Soy escritora y tejedora. Tejo historias y estambres. Desbarato y borro. Monto puntos y hago esquemas. Trazo narrativas con palabras y con texturas. Construyo personajes, creo genealogías de derecho y revés. Ambos quehaceres los practico orgullosamente. Se entrelazan y me entrelazan. Son mis oficios.” Miriam Mabel Martínez en Yarn bombing: la rebeldía de tejer

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