VIOLENCIA Y ENTRETENIMIENTO, CINE GORE Y CINTAS SNUFF PT.2

Itzia Sánchez / @ItziaRoxer

PARTE I

Y la ficción se transformó en realidad…

Videodrome (1983) David Cronenberg

Videodrome (1983) David Cronenberg

De acuerdo a las investigaciones del cronista y crítico de cine, Rafael Aviña, nos dice que en los años 70 cuando el gore se empezaba a establecer como género,  el mercado del cine porno aún se encontraba tambaleante debido a que sus consumidores ya conocían todas las rutinas de las escenas carnales, no encontraban nada novedoso e intrigante en lo que veían y lo fueron dejando de lado. Esto llevó a los realizadores del género XXX más extravagantes a comercializar cintas más violentas con cortes sadomasoquistas que incluían azotes, dolor a través de perforación cutánea con objetos ardientes, etc. Sin embargo el público solo quedó satisfecho por un tiempo pues al estar expuestos a este tipo de imágenes que en la época eran el mayor de los tabúes, desarrollaron un hambre por seguir consumiendo una violencia gráfica realista.

Las cintas de pornografía hardcore se siguieron produciendo pero, en un círculo más cerrado, se empezaron a distribuir clandestinamente las llamadas películas snuff que eran grabadas en un formato pequeño de 8 mm y extraídas principalmente del mercado brasileño, guatemalteco y estadounidense. En estas cintas oscuras se presentan filmaciones reales en que se tortura, mutila y asesina a seres humanos con el único objeto de ser comercializadas entre el público más morboso que no se complacía con la ficción del cine gore. El periodista catalán Jaume Balagueró define al snuff como “película, en formato cine o video, en la que se perpetran actos de violencia y de muerte con el exclusivo objeto de ser grabados. Un registro visual de violencia y asesinatos reales, sub-género audiovisual del gore que lo convierte en una práctica (real o mítica) execrable y ubica a sus autores en el singular rango de psicópatas audiovisuales”.

Tesis (1996) Alejandro Amenábar

Tesis (1996) Alejandro Amenábar

Los primeros rumores de la existencia de estas películas nacieron tras los crímenes de La Familia Manson, una fraternidad de asesinos liderada por Charles Manson quien dentro de su larga lista de crímenes fue acusado de haber realizado varias cintas, y aunque no fue comprobado, sirvió para que esta leyenda urbana fuera tomando fuerza debido a su naturaleza truculenta. El teórico español y especialista en snuff, Gonzalo Abril afirma que este tipo de cine al haberse originado en rumores, perdura y crece suscitando interés en la gente con la promesa de encontrar sexo, violencia, humillación y abuso sobre los débiles, temas que la naturaleza humana termina reclamando para ser vistos.

El cine comercial ha tomado el boom de la leyenda para crear dos vertientes: una donde se aborda al snuff como temática, divulgando la definición y características del género como en Tesis de Alejandro Amenábar 1995, Videodrome de David Cronenberg 1983 y 8mm de Joel Schumacher 1999. La otra vertiente esta formada por películas que retoman la dinámica del snuff y dejan la duda en el espectador sobre si aquello que observan es real o ficticio. Unos ejemplos son Holocausto Caníbal de Ruggero Deodato 1979, Snuff de Michael y Robert Findlay 1974 y la serie Guinea Pig 1988. Sin embargo estos filmes siguen siendo producto de grandes cantidades de maquillaje y efectos especiales, siguen siendo parte de la ficción. Las verdaderas cintas con el mítico material no han caído en manos ni de autoridades ni de grandes directores que han ofrecido grandes recompensas a cambio de una copia. David Cronenberg dijo “todo el mundo cree que existen, pero las snuff movies son un invento de unas personas que querían ganar dinero, pero luego, este invento fue utilizado con motivos políticos por grupos de presión anti pornográfica.”

Cannibal_Holocaust_1

Holocausto Caníbal (1980) Ruggero Deodato

Las filmaciones violentas muy pocas veces salen a la luz y se distribuyen comercialmente, por lo que no es de extrañarse que la existencia de estas películas se mantenga en un mito, pues tanto para los realizadores como para los consumidores es una ventaja ocultar, de primera mano, el delito cometido contra las victimas en la grabación, y por otra parte, la carga moral que sus clientes puedan tener al experimentar esa necesidad por consumir violencia en su máximo esplendor. Sin embargo existen muchas películas que realmente han registrado actos de violencia y muerte pero que no necesariamente son “cine”.

Existen videocintas de imágenes registradas por muerte accidental o testimonial. Las más comunes son aquellas realizadas por asesinos que realizan la filmación como complemento de su delito. Hoy en día, cientos de sitios en Internet publican material que registra ejecuciones, suicidios, masacres, accidentes y otras situaciones reales cuya principal característica es la violencia explícita. Desde material histórico y científico hasta atrocidades de criminales y dementes son hoy del dominio público. Sin embargo, su naturaleza nada tiene que ver con la propuesta de características que se le han atribuido al cine snuff.

Desde la violencia gráfica, la existencia del snuff y el gore, el cine jamás volvió a ser el mismo. El gore excedió las perversiones humanas y las mostró en la pantalla, como nadie se había atrevido. Se burló de la muerte y la banalizó, la convirtió en un chiste, en un espectáculo, en un día de los muertos. La violencia es algo inevitable, como la muerte, es parte de la vida, es por ello que nos atrae, como si cayéramos al fondo de un abismo al que tenemos que llegar tarde o temprano. Este cine rozó los extremos más intensos, fiel heredero de los filmes eróticos, su herramienta era enseñar todo, entre más grotesco mejor. La audiencia seguía pidiendo más y más. Así las técnicas se fueron sofisticando, engañando hasta al más escéptico y asustando hasta al más valiente. Los realizadores dicen que la violencia es algo innato en todos nosotros, no podemos estar siempre censurando todas las películas. El realizador hace lo que el público le pide, es el principio básico de cualquier espectáculo. Así que, ante cualquier queja de la sociedad contemporánea respecto a la existencia de estas producciones ¿a quién se debe culpar? ¿Al artista por la creación de su arte o a las circunstancias sociales por crear la necesidad de este arte? He ahí la cuestión.

 Este texto se publicó en la edición 4 de la revista Metascopios_

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