El ciervo y la flor

Martín Juárez / @mmmartin26

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Somos del mismo nada. A veces te preguntan quién eres y no sabes quién eres. El tiempo así no funciona del todo bien, porque uno no tiene un concepto adecuado de lo que es y de lo que siente y resulta entonces que la mezcla estúpida e incesante de momentos allegados a la memoria (voluntaria o involuntaria en las ocasiones extrañas del sueño que no me atrevo a referir en estos instantes de mi vida). Hablamos de un rescate. Hablamos de que te rescaten de ser la persona que dices ser, hablamos de dejar de ser quien eres y morir para volver a nacer, buscar nuevas cosas, viajar nuevos mundos, soñar tierras nuevas y vivir los sueños como si fueran reales. Agazapar la sencilla calma de que no hay ningún orden en este lugar que podamos comprender es tal.

Este es el día de la lluvia, aunque no llueva es el día en el que llueve en el corazón de uno y los fuegos incomprensibles, insaciables e indomésticos se hacen una tajante mezcla de mentiras que no tienen nada más amable que el amor que vive en ellos. Llueve y nos llueve a todos por dentro como si alguien estuviera escribiendo un ensayo de cosas que no entendemos (a fin de cuentas todos somos un ensayo que no es precisamente accesible a la mente de nadie, y la agradable connotación de la extrañeza nos queda marcada una vez que entendemos más de nosotros mismos).

Si alguien quisiera tratar de triangular alguna razón de mi escribir encontraría que no hay nada más que alguna inconstante (y a veces infortunada) serie de pensamientos que aquejan a mi cabeza hoy. La idea de la benevolencia de la soledad y el apaciguamiento póstumo a su dolor, como una humareda que viene después del fuego, después del grito y después de la tormenta. Uno no puede escribir en las tormentas porque en ellas se lucha y se navega contra el agua, pero lo que se puede hacer es enfrentarse a ellas, y tratar de sobrepasar a cada ola que amenace la integridad y facultad de un alma para ser. Así, tomar la pluma cuando la ola golpea es inútil, porque solamente emitiríamos gritos que no pueden escribirse. Los gritos que se pueden escribir no son gritos realmente, pues el instante particular en el que se sufre y se está en un pico, en el que se goza; en el que la vida azora y se apodera del individuo, ese instante no puede escribirse.

Uno no escribe durante un orgasmo. Pero puede escribir sobre el orgasmo, anterior o posteriormente, y puede establecerse como su beso, como una ilusión que va antes de un sueño y en el despertar. Vivir, entonces puede ser descrito una vez que no se vive tan intensamente como se escribe, pues escribir es un clímax en sí mismo, y su lenguaje cíclico no describe al escribir mientras se escribe. La música no se determina en el instante en el que es tocado, ni se consolida como tal en tal instante, pues para anidar una nota en particular, es necesaria una nota anterior. Hilar es la clave para poder entender el movimiento que viene inmerso en la búsqueda de uno… Hilar tantos hilos de momentos como para tejernos una cobija para el infierno, una mascada para el cielo, una vela para el viento.

La muerte entonces sería como el nudo para prevenir el desbarate de la fibra, para hacer que el mecate que estamos creando no se acabe. Pero hilar es una estupidez si creemos que estamos hablando de una línea. El hilo tiene la naturaleza de partirse en dos o en tres o en cuatro o en una infinidad de posibilidades y entonces nos percatamos que estamos hilando los hilos de otras personas y que ese es nuestro deber en esta vida tan extraña que se nos ha concedido quién sabe por qué razón. La mente se enferma despacio y va consumiendo a las explosiones que van detrás de nosotros mientras volamos en el espacio. La muerte es una idea en la que se nos acaba la materia prima del hilo y nos brincamos a ver las prendas que tejemos con los hilos, que entre todos maquinamos en telares grandes y enormes para hacer millones y millones de telas a la vez que están bailando allá arriba en un universo de paz, y de caos, de espontaneidad ilógica, y que tiene nombres distintos como las patas y trompas del elefante que tocan los monjes.

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